Un análisis inmoral, qué significa

Por: Carlos Ávila Villamar

Hace poco publiqué un artículo donde exponía mi opinión acerca de Corea del Norte, lo publiqué en el recién abierto blog La Trinchera. El artículo fue reblogueado en La Joven Cuba  y naturalmente fue recibido con una ira casi unánime, cosa que me esperaba y que no me quitó demasiado el sueño. Un comentario, sin embargo, llamó mi atención: la breve respuesta de Yassel A. Padrón Kunakbaeva, en la que tildaba mi artículo de inmoral, adjetivo que siempre me ha parecido interesante. La verdad Yassel, como él mismo declara, ya había leído el artículo en La Trinchera, pero por razones misteriosas prefirió comentarlo ahora: aprovecharé entonces para continuar, por escrito, una conversación que empezamos hace tiempo.

Es curioso que un artículo que esencialmente constituye una disección moral sea tildado de inmoral. Desde cierto punto de vista, la adjetivación puede leerse como elogiosa, ya que confirma que conseguí alejarme lo suficiente del objeto de estudio como para no tenerle que rendir cuentas a mi propia conciencia. La extrañeza es la misma que nos invade cuando escuchamos una grabación, en la que la voz nos resulta impropia e imperfecta. En mi texto nunca dejo de criticar los mecanismos diabólicos de Norcorea, mi episteme moral me llevó a hacerlo, pero no creo que se pueda vivir con tanta inocencia, he analizado mi propio pensamiento como un arqueólogo, he visto la apariencia oculta de la voz que en la cotidianidad fluye en algún lugar entre mis mandíbulas y mi garganta, que por cercanía afecta su propia recepción en el oído: creo que hay abismos a los que nuestro pensamiento teme, y de todos ellos los morales son las más temibles, creo que a veces se piensa más en la atrocidad de la muerte, poética y fácil, que en la secreta levedad de nuestros principios. Incluso nuestros más furiosos principios constituyen una inercia, meros oleajes culturales en la superficie de los milenios, a veces influidos por esos relieves submarinos que denominamos instinto, inclinaciones animales. Yo también piso el suelo ineludible y ciego, pero no entendería la redondez del planeta de no imaginarlo de lejos, convertido en un juguete.

Como mismo condeno la falta de libertades, no renuncio a tratar de entender el mundo, y el mundo definitivamente no es un espacio moral, lo será el alma de los jueces, o de los ladrones, pretender indagar en el funcionamiento de las ciudades y las civilizaciones entendiendo como humano aquello que esté acorde a los residuos de los ilustrados franceses, y como inhumano lo que no, es un crimen del pensamiento, una atadura ridícula. La crueldad del gladiador que ahorca con sus vísceras a su adversario no es menos humana que el sacrificio de la madre que se mata y mata a sus hijas para evitar la violación y la inminente tortura de las bandas enemigas. El colegial que cuida las paredes de su colegio no es más moral que el que las enmaraña, porque el segundo solo lo hace para cruzar una línea que ya existe dentro de sí mismo. La transgresión exige ante todo una norma, y todos los hombres que viven en sociedad son sujetos morales, las normas se interiorizan y se suceden durante el curso de las generaciones, sin que demasiadas personas se detengan a reflexionar sobre ellas. Enterramos a nuestros muertos, en realidad, por razones sanitarias, luego mitificadas en el ritual que persiste hasta hoy. Aborrecemos el incesto porque propició a nuestros antepasados la descendencia débil o monstruosa, que se consideró un castigo de los dioses. La moral está unida de manera inseparable con la religión porque en la explicación mágica se interpretó una norma universal, ya he escrito al respecto antes. Con la pérdida de inocencia de la humanidad y el declive de las religiones estas normas que cada sociedad toma por universales pierden su respaldo, y se sustentan en la mera repetición, en la inercia cultural. Creo que lo único que puede hacer el hombre, puesto que seguirá siendo el único animal moral, es entender los mecanismos dentro de los cuales piensa y así tratar de adaptar la sociedad a ellos. Los norcoreanos han decidido violarlos porque para empezar nunca se anclaron en su cultura, que nunca tuvo una Revolución Francesa. Los condeno, pero los entiendo, y para entendernos mejor nosotros tenemos que entenderlos a ellos.

Solo dos cosas pueden suceder cuando la moral de una cultura no concuerda con su sistema de relaciones económicas: o las relaciones económicas se adaptan, o la moral se adapta. La segunda opción resulta mucho más frecuente, pero no quiere decir que la primera no suceda. Pensemos en la ahora absurda lucha religiosa en contra del aborto, en ella no hay una explicación económica, la iglesia no está tratando de sacar provecho, solo hay inercia cultural. De igual modo, las revoluciones proletarias han sido intentos prácticos de adaptar las relaciones económicas a los principios ilustrados, es el pensamiento tratando de cambiar la realidad. Los sistemas morales, extrañamente, no siempre surgen de la mano de un nuevo modo de producción, no siempre son su sombra. A la gente le cuesta entender esto. El oscuro origen del cristianismo se produjo mucho antes de que la forma económica feudal tomara relevancia en Europa. De hecho, el feudalismo como forma económica hubiera sido imposible sin la aceptación de las premisas morales cristianas. Quiero dejar esto claro para demostrar que, contrario a la opinión simplista de que no hay quien arregle el mundo, la realidad demuestra que el mundo puede ser cambiado. Y será más fácil cambiarlo en tanto se entienda bajo qué premisas puede cambiarse, hasta qué punto, y eso solo es posible dejando por un minuto de juzgar, actividad placentera, no lo dudo, pero con frecuencia inútil. Yo no apoyo la lucha contra el aborto, es obvio, pero me interesa saber que es una lucha más coherente dentro de su propia lógica, más desinteresada, que la de ciertos socialdemócratas, que no pueden conciliar sus intereses económicos con sus principios morales.

Hay otra razón por la que Yassel puede llamar inmoral al artículo: puede estarse refiriendo al uso que puede hacerse de él, alguna especie de justificación por los crímenes norcoreanos. Lástima que a fin de cuentas también él forme parte del desafortunado e infértil debate que sucede bajo el artículo en La Joven Cuba: compararlos con los crímenes de los Estados Unidos, una especie de ojo por ojo, quién es más malo, es la discusión más obvia y fácil. Dar por hecho que lo importante es dónde uno se sitúa, de qué lado, en vez de la idea que se expone. La misma crítica, por cierto, que suele hacerse a los detractores de La Joven Cuba, que supuestamente no prestan atención a los artículos sino a la postura del blog. Yassel me llama estalinista no porque yo admire al despreciable Stalin, sino porque él mismo edifica un parteaguas de poderes, dentro de la lógica del cual el nuevo estalinismo puede aprovechar mis reflexiones. Entonces seré cauto y declararé al lector estalinista que por favor no tergiverse mis palabras, espero que esté feliz ahora. No quiero que compartan este artículo en blogs estalinistas sin mi consentimiento: lo dejo escrito.

Disculpe el lector este último arrebato paródico. Disculpe el lector algún atisbo de cinismo que se escurra entre mis palabras, como una bestia insatisfecha y verde, pero no encuentro otro modo de ser diplomático y decir la verdad. En el fondo sucede que el cinismo es la más honrada forma de hipocresía, tal vez la única.

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