Un secreto de todas las democracias

Por: Carlos Ávila Villamar

La esencia de la democracia es el voto, una sencilla operación aritmética. Todos los demás sentidos que ha adquirido la palabra constituyen metonimias de otras nociones con las que suele relacionarse el voto, tales como la libertad de expresión, el consenso, y en definitiva, la legitimidad. Quiero hablar del voto, la operación democrática en sí, desde una distancia que el fervor de las posiciones políticas suele impedir, además. Prácticamente todos los poderes en la actualidad se afirman democráticos en algún punto, y prácticamente todos utilizan la palabra antidemocráticos para desacreditar a sus adversarios. El lenguaje, desde hace siglos, se desdobla y ramifica hasta conformar bosques oscuros y levitantes, en los que nuestro pensamiento divaga, pero se siente a salvo. Trataré entonces de alejarme de ciertas categorías filosóficas, y descenderé a una hojarasca primitiva desde la que pueda observarse mejor la naturaleza del poder.

La democracia es una institución, y surge, como otras, de la sofisticación de costumbres casi universales de la especie, estrechamente vinculadas al instinto, que las promueve o dificulta. La justicia, el complejo sistema de abogados, jueces, cárceles y leyes no es más que la sofisticación de la venganza, que implica restabler un equilibrio entre la víctima y el agresor. Los bancos, las tarifas, los precios, los salarios, pueden hallar su origen en la noción de la gratitud. Del mismo modo, puede hallarse el origen de la democracia en la tardía sofisticación de la guerra. En algún punto, los hombres se dieron cuenta de que ante una decisión, en vez de un combate tradicional en el que regularmente ganaba el bando más fuerte, más numeroso, resultaba más fácil un conteo de las fuerzas de los bandos, de sus hombres.

La democracia es una guerra en la que ambos bandos, antes del conteo, acuerdan que el bando más débil se rendirá ante el más fuerte. Es una guerra virtual, en elipsis, sin sangre, es cierto, pero no sin violencia. Desnuble el lector su mente de las tinieblas del lenguaje, de la costumbre moral, de la posición política que siga, y contemplará una verdad monstruosa acerca de la legitimidad de cualquier poder. El voto evita la muerte de las personas, pero no consigue su libertad. Las personas pierden su libertad desde el momento en el que pasan a formar parte de la sociedad, lo que consiguen entonces es una libertad relativa que se basa, o debería basarse, en no tener menos libertad de la que otros seres humanos tienen. La sociedad se basa en el poder, es decir, la fuerza en elipsis. El poder democrático surge de la aceptación de una fuerza de la mayoría que solo tiene que usarse en casos excepcionales. Por lo general basta la amenaza de la fuerza, respaldada en la ley, que es tautológica (la democracia es legal porque ha sido legitimada democráticamente), para someter fácilmente a la minoría.

Entra entonces el otro término al juego, el consenso. Supuestamente la victoria de una mayoría no debería significar el desprecio de la minoría, cuya opinión debiera ser tomada en cuenta en algún punto. Lo que nunca se aclara es el significado práctico de ser tomado en cuenta: en el mejor de los casos, advierto, significa que el poder democrático tratará de hacer lo mejor por ella cuando tenga la oportunidad. En el fondo el poder democrático es similar al del rey, que según su nivel benevolencia aceptará hacer pequeños favores a los que no representan una amenaza para él. El poder cede por dos razones exclusivas: o por debilidad ante una amenaza creciente, o por un grado de fuerza tal, que pueda permitirse esos pequeños lujos que hagan olvidar al resto del mundo su condición de lujos, de favores. Los poderes más sofisticados son invisibles y no necesitan censurar la prensa o mandar a matar a sus más peligrosos adversarios. Estas intimidaciones primitivas corresponden a poderes frágiles en algún punto, pero no tan frágiles como para tener que ceder ante las demandas de sus adversarios, lo cual generalmente corresponde ya a una cuestión de simple supervivencia.

En un grupo de animales, aquel que lleva el mando no ejerce su poder por la fuerza de manera diaria, al contrario, un cálculo de riesgos hace comprender a los más débiles que lo mejor es no retarlo, todo animal social lleva insertada la paradójica capacidad de ejercer el poder y de someterse a él. El hombre es capaz de disfrazar ese sometimiento de muchas maneras para mantenerse en paz consigo mismo, y el poder nunca ha dejado de ayudar a que ese disfraz sea eficiente. El lector tal vez asuma un nihilismo político del que escribe estas líneas, pero se equivocará en tal caso: creo que el poder es necesario, ha sido él quien ha permitido el desarrollo de la civilización, sin poder no hay sociedad, solo hay lucha incesante entre los individuos, y es real que una sociedad pueda ser más feliz, y es real que un poder pueda hacer que una sociedad sea más feliz, todo el debate dentro del recientemente mitificado poder democrático debiera centrarse en conseguirlo, pero sin tanta palabrería hueca, sin tanto regodeo en arborescencias inútiles, de su parte y de sus adversarios. Las disputas de la sociedad contemporánea acerca de la democracia, y me disculpe el lector si exagero, me recuerdan a las disputas entre los reyes, cada uno de los cuales creía que Dios estaba de su parte.

2 pensamientos en “Un secreto de todas las democracias”

  1. por mi parte, no creo en la democracia, las dictaduras de dirigentes “buenos, y que aceptan consejos” serían lo ideal, pero eso no existe, así que por ahora no sé de mejor alternativa que la vieja democracia. aunque la opinión pública consensuada es siempre la peor de las opciones.

  2. Claro que lo sostiene, no slo en las mltiples en encuestas donde se le valora por encima de todos los polticos sino tambin (aqu entra la legitimidad) por la Constitucin y el Estado. El pueblo representado en los tres poderes es el que los sostiene. Esto es muy fcil: se reforma la Constitucin. Qu ocurre? Que el pueblo no quiere. Ni Unidos Podemos lleva en su programa el referndum ni la reforma constitucional. Felipe VI no ha robado (que se sepa). Robar lo han hecho otros. Tu nivel de demagogia es alto, sin duda.

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