Martí, y Fidel también

Por: Miguel Alejandro Hayes Martínez

Me paré frente a la puerta. Toqué dos veces y entré. Saludé a quien esperaba ver y miré a la izquierda. Me pareció raro: faltaba algo. Recuerdo que encima de ese buro -en la pared- había un cuadro de Martí. Inmediatamente lo recordé y caí en la cuenta de que era otro cuadro. Ahora estaba Fidel.

Mientras conversaba con el amigo que saludé, no pude evitar un indiscreción:-¿quitaron al jefe?- le preguntaba entre carcajadas jocosas. No era un chiste, lo habían cambiado y mi señal (el cambio de cuadro) decía mucho.

El anterior, -el que recordaba-, era un muchacho joven, de melena y barba. Con cierto aire de intelectual y por qué no -el clásico Pablo Iglesias-. En alguna que otra ocasión pude escuchar en la oficina (en volumen bajo) unas baladas de Sabina, Silvio, Aute. Era hasta cierto punto un muchacho tímido. El había colgado el cuadro de Martí.

Del nuevo (que en realidad no era jefe) no sabía mucho. Podía ver que ya no estaban los libros de poesía del anterior, y sobre todo: ya no estaba Martí, sino Fidel. No pude evitar seguir averiguando del nuevo inquilino del buró. No obtuve obtener mucha información porque irrumpió en la oficina.

Saludó alegremente. Era de estos que lo hacen con una sonrisa y con la otra mano te dan una palmadita. Al poco tiempo sonó su móvil: era algo de reguetoneros innombrables y de letra censurable. ¡Ese era su  timbre! Ya no era la trova del anterior, sino un moderno reguetón. Ahora si me era evidente el contraste.

Tuvo tras la llamada que salir, así que mi amigo me vino con lo que quería saber. Era un tipo recto, de los que le gusta hacer “lo que está establecido”. No entendía de divergencias de criterios, era la línea y ya.

Hablaba apelando al nombre del padre sagrado, y decía que todo era por él. Su discurso era el clásico ‘’todo por la unanimidad’’. No quise seguir averiguando-ya me daba pena-, pero era un molde de extremista conservador de la sociedad cubana actual.

Sé que mi evidencia empírica no da una muestra significativa. Cualquier estadista me diría que no se puede hacer una estimación, pero me atrevo a juzgar por lo vivido. Hay muchos problemas reales por ahí (aquí) para ponerme a hacer el psicoanálisis del cuadro, así que solo comparto mi experiencia y mi reflexión sobre el hecho.

Espero que haya sido algo aislado. No me gustaría que existiera una relación estrecha entre el paradigma asumido y la persona, más aún cuando son dos de los grandes ejemplos de revolucionarios: Martí y Fidel. Sé que no existe tal cosa, y en realidad el problema puede ser otro.

Si bien la figura de Martí a acogido siempre a personas de intelecto, buenos sentimientos y un gran humanismo (incluyendo a Fidel), ¿qué va a pasar con Fidel?

¿Acaso esos fraseólogos que tanto daño hacen al proceso revolucionario se adueñaran de Fidel? Es algo de cuidado. Él sin dudas es un gran ejemplo, pero habrá quien quiero usarlo indebidamente.

Ya habido en nuestra historia momentos donde la figura de Martí ha tenido que ser rescatado del discurso de los oportunistas y limpiarlo de los politiqueros. Fidel fue uno de los que más hizo por eso, y rescató al Apóstol.

Parece que la historia nunca acaba. Hoy podría ser una tarea de revolucionarios, impedir que se convierta nuestro comandante en bandera de las personas equivocadas. ¡Fijémonos bien en eso!

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