La última voluntad

Por: Miguel Alejandro Hayes Martínez

 

Tenía 16 años cuando comencé a apasionarme conlas ideas de Ernesto Guevara. Intenté adentrarme en el Gran Debate sobre cómo construir el socialismo que caracterizó los primeros años de la Revolución. Desgraciadamente, no podía entender mucho de lo que leía. El Che y Carlos Rafael discutían de Economía Política Marxista. Para tomar partido debía aprender sobre marxismo.

Confieso que estaba un poco alocado. Sin pensarlo me lancé sobre El Capital y, a pesar de saber que se trataba de un libro muy denso, yo estaba decidido a ser marxista. No entendía bien de qué trataba, pero tenía que hacerlo.

Mi lectura, ciertamente, no fue muy fructífera. Todavía andan en una vieja memoria flash mis primeros apuntes. No aprendí casi nada, así que una vez terminado mi fallido recorrido por aquel libro de más de mil páginas (seis meses después), decidí continuar con la lectura inicial, la que hablaba del Che. No podía descifrar a Marx y Engels, pero sí comprendía lo que el Che pensaba de ellos. Así que continué con lo bello y revolucionario de las anécdotas, hasta que encontré la biografía de Marx que el Che había hecho. En ella algo llamaba mucho mi atención: la última voluntad de Engels.

Marx había muerto en 1883 inmerso en la terminación de sus obras. El tiempo no le había alcanzado para expresar sus ideas. Engels, también fundador del marxismo, por unos diezaños continuó aquellos libros y tal vez con un poco más de tiempo plasmó un último deseo: que sus cenizas fueran arrojadas al Mar del Norte. ¿Cómo era posible que el hombre más materialista de esa época (junto a Marx), pudiera tener semejante romanticismo?, pensé.

Pasó el tiempo y comencé la universidad, y con ella una etapa de estudios más profundos. Reinicié mi lectura sobre El Capital, esta vez con una perspectiva diferente y, posteriormente, La ideología Alemana, Los Manuscritos, El Manifiesto Comunista y otras obras destacadas. Además de estos clásicos, también me acompañaban los de otros marxistas de renombre, como Lenin, Trosky y Rosa Luxemburgo. Todo esto no hizo más que ampliar mi visión y facilitarme la comprensión de la obra de Marx y Engels.

Poco a poco entendí que aquel último deseo no era más que otra forma de expresión de ese pensamiento materialista, de un inmenso amor por la humanidad y, sobre todo, por los más desposeídos: los obreros. La meta era darles una herramienta que les permitiera explicar su realidad explotadora, y con esto, encontrar las vías de salida a esa situación. Para ello, había que entender que toda esa explotación se debía a un sistema de relaciones basado en las condiciones materiales imperantes en la sociedad, y que estas estaban subordinadas a la lógica del capital. Esa era la explicación material del mundo, eso era el materialismo.

Este razonamiento de Marx y Engels es el que inspiró y marcó una nueva etapa entre los revolucionarios: el hombre que daba una explicación material a la realidad para poder cambiarla. Así, la izquierda se fue nutriendo de intelectuales comprometidos, que veían la teoría como el arma que necesitaban para encaminar la lucha.

Sabiendo esto, todo me quedaba muy claro: el revolucionario debe tener buenas intenciones, pero con esto no basta. Necesita estar preparado, nacesita tener conocimiento de causa de la realidad. Por eso seguí una línea de estudios de la obra de los fundadores del marxismo, siempre con la máxima que ellos mismos enseñaron: poner todo en tela de juicio.

En esas lecturas fui conformando un pensamiento crítico en función del bienestar social. Iba descubriendo un marxismo que ha sido olvidado por muchos. Descubrí que las obras de estos pensadores han sido tergiversadas y manipuladas por los burgueses; que nuestras izquierdas progresistas, en el ajetreo de la vida revolucionaria no tuvieron el tiempo para una suficiente preparación marxista.

Por suerte, y gracias a los hombres que han guiado la Revolución, el marxismo fue y es parte integrante de la formación de los jóvenes técnicos y profesionales cubanos, aunque no pudimos escapar de algunos de esos errores que mencioné y del daño que el apuro revolucionario provocó en la teoría. Sin embargo, la obra sigue estando ahí, y en su lectura encontramos con mucha claridad los verdaderos caminos emancipadores.

Quizá tenemos las condiciones propicias para cumplir el compromiso de aprender marxismo, o al menos de continuar con esa línea de pensamiento que intenta explicar las relaciones sociales, condicionadas por el propio desarrollo de sus capacidades, y procurar romper con todos aquellos idealismos contraproducentes a la práctica revolucionaria. Pienso que así se podrá satisfacer verdaderamente esa última voluntad: esparcir, no cenizas, sino su pensamiento por el mundo.

 

Publicado Originalmente en Juventud Técnica

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