Qué fue mayo del 68

Por: Antonio Sáenz

Se cumplen ahora los 40 años del mítico 68. Fue una explosión de carácter internacional: México, Pekín, Berkeley, Berlín, Madrid… Pero el mayo francés presentó una característica propia que le diferenciaba de los numerosos sucesos universitarios del 68; la unión del movimiento estudiantil con una larga y profunda crisis social.

A la inicial agitación universitaria, más profunda y extendida que en otras ocasiones, se sumó una oleada de huelgas de dimensiones no conocidas en Francia desde 1936, que llegó a paralizar la vida económica y social del país y a poner en peligro la existencia misma de la V República. Esa conjunción de crisis universitaria y crisis obrera fue la que dio al 68 francés una especificidad histórica. Todavía hoy, 40 años después, nos seguimos preguntando qué fueron, qué representaron aquellos sucesos que, de forma tan inopinada, irrumpieron en la tranquila Francia del general De Gaulle.

El 68 parisino “sucedió”, gracias a las imágenes de la prensa y la televisión, en prácticamente todo el mundo al mismo tiempo. Las barricadas del barrio latino se transmitieron en directo, y lo supimos todo al minuto. Y no sólo esto, pues los sociólogos analizaron y discutieron, los protagonistas se explicaron y justificaron, se organizaron debates, se teorizó. A las pocas horas de abrirse de nuevo las fábricas, los jefes de personal franceses nos contaron en una reunión en Bilbao su versión; Raymond Aron escribió sus artículos sobre la revuelta universitaria en Le Figaro cuando todavía estaba ocupada la Sorbona y la conocida interpretación sesentayochista de La Breche se terminó de imprimir el 21 de junio de 1968.

Hoy ya no hay un “mayo” sino muchos “mayos”. Parece que ha pasado un siglo y sólo han pasado 40 años. Pero 40 años no es poco tiempo para la historia de largo alcance.  Como avisado historiador, Fernand Braudel nos pone en guardia frente a la historia de los acontecimientos, la que refleja las oscilaciones breves, rápidas y nerviosas; es, dice Braudel, una historia apasionante y rica en humanidad, pero está todavía en ascuas. Y en “mayo” había mar de fondo, por debajo de aquella agitación tumultuosa.

 

Los franceses siguen considerando esos lejanos sucesos como un hito importante de la historia contemporánea de su país

 

¿Quedan aún rescoldos del 68?, nos preguntamos hoy, tan cerca y tan lejos de lo que fue aquello. Los debates que se están produciendo en este 40º aniversario nos hacen pensar que sí, que el mito del 68 no ha sido arrastrado por el olvido. Según una encuesta reciente de Le Nouvel Observateur, los franceses siguen considerando esos lejanos sucesos como un hito importante de la historia contemporánea de su país; aún más, dos tercios de la población declaran que hace 40 años habrían elegido las barricadas, y un 77 por cien que habría estado al lado de los universitarios y de los huelguistas. Otro dato, y de no poca importancia, confirma la persistencia de los sucesos en el escenario político y social: el presidente, Nicolas Sarkozy, sacó a relucir el 68, podríamos decir que como un fantasma, en la última campaña electoral. Pero de eso hablaremos más adelante.

Analizaremos ahora las interpretaciones que se producen en “la galaxia del 68”, periodo que abarca desde el momento en el que tienen lugar los sucesos hasta la celebración del X aniversario. La explicación oficial, tanto en los discursos del presidente de la República como en las manifestaciones de algunos ministros del gobierno, fue la del movimiento de subversión. Directa o indirectamente, se acusaba al Partido Comunista, desbordado por otros grupos de izquierdas, de provocar el desorden para acabar con las instituciones republicanas. Muy pronto los hechos demostrarían que no era así, aun cuando las proporciones que adquirieron los desórdenes, sobre todo en París –la chienlit a la que se refirió el general De Gaulle– justificaran la alarma del gobierno en los momentos más virulentos de la crisis.

Lo cierto, sin embargo, es que ni el Partido Comunista ni los sindicatos obreros intentaron, en ningún momento, aprovechar el vacío de poder  ni para cambiar el régimen político ni para acabar con el orden social. Fue, como la definiría Aron, una revolución introuvable. Existían, por supuesto, grupos maoístas y troskistas dispuestos a acabar con “el capitalismo y la revolución burguesa” pero, como ahora reconoce Daniel Cohn-Bendit, tales pretensiones eran en aquellas circunstancias totalmente ilusorias. El tiempo de las revoluciones había pasado en Europa (la “primavera de Praga” estaba a la vuelta de la esquina), y esa fue, probablemente, una de las lecciones históricamente más significativas de los sucesos del 68.

 

Mayo del 68 fue la fiesta de la confraternización, de la toma de la palabra

 

En un extremo casi opuesto a la subversión, se situaban las interpretaciones que veían en el 68 la expresión de la fiesta, la comedia o el psicodrama. El aspecto lúdico de los sucesos fue puesto de relieve por Jean-Marie Domenach: “No sólo cada uno ha jugado a crear su propio personaje, sino que ha representado varios (…) desde Saint Just a Guevara, pasando por Rimbaud, Trotsky, André Breton (…) los Sucesos han recuperado a todos los mal aimés de la Revolución…”. Mayo del 68 fue, en este sentido, la fiesta de la confraternización, de la “toma de la palabra”, en la que las actividades culturales se convertían en el eje de la vida y el trabajo quedaba relegado a un papel secundario.

La imagen más difundida de la revuelta estudiantil fue la de las inscripciones que llenaron las paredes de los recintos universitarios, publicadas, gran parte de ellas, en Les murs ont la parole. Frases como, “La imaginación al poder”, “Sed realistas, pedid lo imposible”, “Prohibido prohibir” etcétera, mil veces reproducidas, expresaban el pretendido afán revolucionario y la tentación nihilista de los sucesos. Ahora bien, por muchas vueltas que se le diese, no era posible descubrir en ellas ningún proyecto alternativo de  sociedad o de vida. Reflejaban para Aron “un acceso de fiebre”, una “inmensa locura”, en definitiva, “un psicodrama”. Los franceses de 1968, dice Aron, han jugado a la revolución de la misma forma que lo hicieron sus antepasados cuando en 1848 jugaron a la revolución de 1789. Durante tres minutos “habla el general De Gaulle y el psicodrama termina en comedia, aunque podía haber terminado en drama”.

En una perspectiva muy diferente y por encima de las particulares circunstancias de Francia, aparecen las interpretaciones que atribuyen a los sucesos el valor de una auténtica “crisis de civilización”, expresión utilizada por André Malraux en el relato de sus conversaciones con De Gaulle, ya retirado en Colombey les Deux Eglises: “El drama de la juventud –le dice Malraux al general– me parece consecuencia de lo que se ha venido en llamar el desfallecimiento del alma. Ninguna civilización puede vivir sin un valor supremo. Ni quizá sin trascendencia”.

Grupos cristianos de carácter progresista, representados fundamentalmente por las revistas Esprit y Combat descubrían igualmente en la revuelta un fondo de inquietud espiritual  y de rechazo a la sociedad de consumo. La  Iglesia Católica de Francia, en una línea muy similar, siguió los acontecimientos con atención y mantuvo ante ellos una actitud abierta y respetuosa. El arzobispo de París, monseñor Marty llegó a visitar las barricadas del barrio latino y, a finales de mayo, envió una carta al clero de París en la que exhortaba a los cristianos a profundizar en el sentido último de aquellas aspiraciones: “Sólo Dios es absoluto –decía el arzobispo– Dios no es conservador y los cambios no son a priori contrarios a su voluntad”.

En este mismo periodo aparecieron una serie de documentos promovidos por instituciones de la sociedad civil en los que se analizaban las raíces de los sucesos y se proponía la vía de las transformaciones sociales y el reformismo para hacer frente a los graves problemas detectados en el cuerpo social y político de Francia. Una especial difusión tuvieron las publicaciones del Club Jean Moulin, animado por Jacques Delors, en las que se ponían de relieve los problemas del “Estado providencia” y se hacía un llamamiento a la propia sociedad para descargar de responsabilidades a la administración. Muchas de estas propuestas influirían posteriormente en las políticas de los sucesivos gobiernos.

Con las lecciones de los 10 años transcurridos y las experiencias proporcionadas por la evolución política y social del país, se inició una etapa de carácter revisionista sobre las interpretaciones tradicionales del 68. Abrió el fuego Régis Debray con su sonada contribución al décimo aniversario de los sucesos. Mayo del 68, dice Debray, nace del desfase entre la Francia industrial y tecnológica y la Francia social e institucional.

La primera, dinámica y abierta al exterior; la segunda, anquilosada y sometida a un lento proceso de cambio de valores y costumbres. La diferencia entre una y otra, tras el  proceso de crecimiento económico que se produce en la década de los sesenta, se hacía insostenible: la sociedad francesa, convertida en “antieconómica”, comprometía la rentabilidad de la “sociedad anónima Francia”.

Más que chienlit, como había afirmado De Gaulle, Debray consideraba que en los sucesos se produjo el más razonable de los movimientos sociales: “Había que introducir buenas costumbres en la industrialización, no porque los poetas lo reclamaban, sino porque la industrialización las requería”. Para Debray, en conclusión Mayo del 68 era la cuna de la nueva sociedad burguesa.

En la misma órbita izquierdista revolucionaria, dos de los protagonistas del 68 aportan, a los 10 años, sus nuevas interpretaciones de los sucesos que tan intensamente vivieron. Con una modestia expansiva, tanto Cohn-Bendit como André Glucksmann se declaran engañados y admiten pertenecer a una generación perdida. El espíritu de mayo se transformaba en otra cosa.

 

Nadie se habría atrevido en el 68 a aventurar una hipótesis de carácter individualista sobre aquella explosión de fervor colectivo, idealismo y generosidad

 

Hasta tal punto era así, que el debate en los años ochenta se centró esencialmente en torno al tema del individualismo contemporáneo. Nadie se habría atrevido en el 68 a aventurar una hipótesis de carácter individualista sobre aquella explosión de fervor colectivo, de idealismo y generosidad en la Francia aburguesada y materialista de los años sesenta. Pero reafirmadas las tesis revisionistas que había iniciado Debray, y considerado el 68 como el fin del arcaísmo revolucionario, se deja traslucir la otra cara de los sucesos, interpretados ahora como una explosión de aspiraciones y reivindicaciones de carácter explícitamente individualista. Fueran cuales fueran las motivaciones –y ese es aún un universo difícil de explorar– lo que puede servir para resumir y sintetizar todas las interpretaciones de aquel Mayo del 68, en las perspectiva temporal en la que nos situamos, es su papel decisivo en el proceso de modernización de la Francia contemporánea.

En un discurso pronunciado en la campaña electoral de 2007, el candidato a la presidencia de la república Sarkozy lanzó un duro ataque al 68, causa y origen, según dijo, de muchos de los males de la Francia actual: “Mayo del 68 (…) –afirmó Sarkozy en un tono enfático– impuso el relativismo intelectual y moral (…) sus herederos propagaron la idea de que todo era posible, de que no había diferencia entre el bien el mal (…) de que la autoridad había dejado de existir (…)”. Sarkozy acusó al 68 “de introducir el cinismo en la sociedad y en la política”; favorecer “el culto al dinero y al capitalismo financiero (…) el odio a la familia, a la sociedad,  al Estado, a la nación, a la república”.

En fin, Sarkozy plantea en su discurso un ataque en toda regla al “espíritu de mayo”  y se compromete, de forma solemne, a “liquidarlo definitivamente” al llegar al poder. Parece bastante evidente, y así lo hace ver Glucksmann, presente en aquel discurso celebrado en Bercy para apoyar al candidato de la derecha, que se  trataba de una argucia electoral: “Después de haber masacrado a Chirac durante cinco años, Nicolas Sarkozy se sintió obligado a incluir a Mitterrand en su tablero de caza”, afirma Glucksmann. Sea como fuere, el hecho es que el 68 volvió a aparecer sorprendentemente en escena y que hoy Sarkozy es presidente de la república, no sabemos muy bien si en parte gracias o a pesar de sus ataques al Mayo francés.

Llama la atención que ningún  otro presidente haya criticado en estos 40 años de forma tan despiadada aquellos sucesos, aun cuando todos los habían vivido: De Gaulle, Pompidou, Giscard, Mitterrand y Chirac, de una forma o de otra, habían participado en el 68. No así Sarkozy, demasiado joven en aquella época. Sin embargo, ha sido él quien ha roto esa versión, en cierto modo complaciente de la presidencia sobre el significado de los sucesos y la necesidad de sacar partido de sus enseñanzas. Puede parecer sorprendente que esas críticas procedan de alguien que, por su personalidad heterodoxa y anticonvencional, haya sido considerado por muchos como un genuino representante del espiritu sesentayochista: “Nuestro presidente –escribe Cohn-Bendit en Liberation– es hijo ilegítimo y rebelde, como debe de ser, del 68. Su falta de apego provinciano, su falla genealógica, su desconocimiento del territorio, hicieron pensar a Chirac y a Villepin que los franceses no le llevarían jamás al Eliseo. No habían reparado en la existencia de un topo sesentayochista que venía trabajando el país desde hacía 40 años y que iba a resurgir en 2007 bajo los aspectos paradójicos de un apóstol de la derecha sin complejos”.

Pero con independencia de su perfil humano y temperamental, la ­realidad es que Sarkozy se quedaría sin suelo para llevar adelante las reformas prometidas si desapareciese el legado del 68. Se olvida con frecuencia que, junto al mayo lúdico, pretendidamente revolucionario y festivo, al que lanzó sus dardos el presidente, existe un mayo social: el de las huelgas obreras y los acuerdos de Grenelle, el de los trabajadores y las empresas, muy alejado en todo momento de lo que pudiéramos llamar las utopías sesentayochistas.

Es evidente que ese 68 social, el más importante, a mi juicio, queda generalmente relegado en las interpretaciones de los sucesos. Por eso hoy conviene recordar que aquella crisis laboral supuso el fin del “taylorismo” y del trabajo reglamentado y que en ella se desencadenó el proceso de desregularización y organización del trabajo que llegó a su plenitud en la década de los ochenta.

No es cierto, por otra parte, que la crisis del trabajo pueda ser considerada, como afirmó Sarkozy en su discurso, “una herencia del 68”. Por el contrario, la valoración del trabajo creativo e innovador salió reforzada. También la empresa como motor de desarrollo económico superó con éxito aquella prueba: su reformismo pragmático se demostró socialmente rentable y, a partir del 68, los sucesivos gobiernos trataron de consolidar su papel en la sociedad y contribuir a su modernización. (La Nueva Sociedad de Chaban Delmas; las Leyes Auroux de Giscard; el Informe Sudreau sobre la Reforma de la Empresa; el Balance Social de Delors…). Y del 68 procede también el cambio de estrategia sindical, que pasa de las utopías revolucionarias a un reformismo pragmático para la mejora de las condiciones de trabajo y la promoción del empleo. Todos estos avances sociales hay que relacionarlos con los aspectos menos llamativos pero más profundos del movimiento de mayo.

Tomado de Digilosofía

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.