La plaza sitiada

Por: Miguel Alejandro Hayes Martínez

Uno de los teques que más arrastramos los cubanos es el de la plaza sitiada. Desde ahí nos justificamos ciertas cosas en nombre del bienestar colectivo. No es su máxima la de tener un estado de derecho en el presente -que no digo que falte-, sino de hacer sobrevivir una causa: que la estructura social cubana se mantenga en pie ante los ojos del mundo.

Al igual que muchos me he preguntado en ocasiones -y ahora mismo lo hago-, hasta qué punto ese argumento será un imperativo político y hasta cuál es un oportunismo de algunos para auto-conservarse tal y donde están. Pero como eso es una cuestión que al ser debatida termina en la dicotomía donde uno de los bandos le pone el “contra” delante al otro, o terminan siendo uno de ellos agente extranjero, y es un debate para nunca acabar, prefiero -ahora- no intentar delimitar esa línea divisoria.

Sin embargo hay algo innegable: no todos pensamos igual respecto al tema.  Eso será tautológico, pero el hecho de que exista quien no cree en el argumento de la plaza y el que si cree, -claro-, con los extremos, matices y contextos para enjuiciar, es algo a tener en cuenta. Esa separación indiscutible, implica que no es una verdad universal o divina, sino una construcción que hemos hecho como sociedad.

Aclaro que quiero hacer abstracción de todos los oportunistas que se esconden del acecho de la mirilla imperial, para pensar en quién de verdad cree que somos una plaza sitiada.

Resulta que a menudo defienden esa postura personas de cierta edad, que lucharon por la revolución, en la sierra, en los primeros años, en Angola o que simplemente han vivido los períodos de máximo fervor revolucionario. Aunque haya habido un cambio generacional, esas personas han sido los que nos han dirigido durante muchos años, y todavía lo hacen.

No voy a caer en las distopías de la sociedad con una verticalidad perfecta al estilo de Orwell para darle explicación a la difusión de tal mentalidad, pero sí está claro, que no se puede negar la hegemonía ejercida por este grupo de personas en la sociedad -en su condición de vanguardia-, lo que incluye su forma de pensar, que ha sido esparcida y aceptada por una buena parte de los cubanos.

No se trata de negar el papel de liderazgo, ni las decisiones, ni el pensamiento de estas figuras históricas, sino todo lo contrario, trato de excusarlos de ciertas prácticas traídas a hoy. Ellos supieron hacer historia y enseñarnos -con toda razón- el peligro del imperio vecino, que aunque Céspedes, Martí, Mella, Guiteras y tantos lo advertían, los cubanos aún no lo habíamos profundizado.

Ese peligro sigue estando ahí, y sobre todo hoy, con una administración Trump tan fría, que se podría comparar con Bush hijo o con la más despiadada (a gusto del lector). Aún así, con todo el fundamento histórico que se pueda encontrar, hay algo cuestionable en todo eso: la lógica de la plaza sitiada ha marcado la mentalidad de generaciones, siendo casi una filosofía revolucionaria.

Si me preguntan qué problema tiene eso, diría que uno grande. Determinar el centro temático del pensamiento, es decir en base a qué se tiene que pensar, y prueba de ello es ese resultado omnipresente –en el imaginario- del bloqueo como la causa primera de todos nuestros males como sociedad.  Así, tal y como las escuelas de pensamiento filosófico estaban delimitadas por los problemas que se planteaban, la filosofía de la plaza sitiada delimita una cuestión central, el problema del enemigo.

Esa generación tan histórica nos trajo a nuestro tiempo el centro del pensamiento de su época. Expresó sabiamente Eusebio Leal, que los que han participado en una gran gesta, viven toda la vida prisioneros de ella. La cubana, fue de esas grandes, en la que -por suerte o desgracia- se nos quedaron atrapados, marcados, para siempre muchos cubanos. Son ellos, los que nos inculcaron ese pensamiento.

No creo haya que esperar a que los cubanos marcados por la lucha revolucionaria armada dejen de existir para que desaparezca tal forma de pensar, no queremos eso. Cada tiempo exige sus propios problemas centrales, así como los griegos pasaron página de los cosmológicos a los antropológicos, a los ontológicos, etc. La filosofía revolucionaria hoy exige ante nuevas circunstancias un nuevo núcleo de ideas que trascienda la lógica de un enemigo externo al acecho -que es muy real-, pero hay más que eso para que ocupe su mente un revolucionario de hoy.

La plaza sitiada es algo con lo que aprendimos a vivir, estamos acostumbrados. Es una condición de normalidad, por lo que debemos comenzar a pensar en otras cuestiones; no pueden nuestras mentes quedarse atrapadas en ella. No se piense que se trata de olvidar al enemigo que tanto destina a la subversión en Cuba, pero la mejor forma que tenemos de defendernos como plaza sitiada -más allá de valernos de eso como excusa -, es comenzar a pensar en solucionar los problemas que esto ha generado: la corrupción, las condiciones de vida del ciudadano cubano, etc. Esa es la filosofía revolucionaria que necesitamos, y esa es una evolución inevitable del pensamiento y del sujeto histórico cubano, su retraso puede ser decisivo en nuestro avance como sociedad.

 

Publicado originalmente en La Joven Cuba

 

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