Crónica de la Trinchera Abierta

Por: Marcos Paz Sablon

 

El cielo tiene ojos de pez ahumado, que se van esbozando en tonos ciegos rarísimos en este martes denso donde solo han tocado un sol y un calor tremendo. Son las cinco y cuarto. Al menos estamos en el Vedado, con sus árboles y sus casitas esmeriladas y sus niños pijos trasteando móviles y carteras en casi todas las esquinas. Calle 13 es otra más, con lo que creo que son algarrobos destrozando con las raíces el asfalto de la acera. El MEPLA está vacío. Tienes que entrar por la reja de hierro oscuro, atravesar el pasillo externo, pasar por el hueco viejo de una escalera semi-construida, seguir hasta que veas otra, limpia; entonces, si subes, empujas la puerta y vuelves a subir por otra escalera, interna y estrecha, quizás llegues al lugar adecuado: un recinto pequeño con sillas de plástico y aire acondicionado que preside una mesa en la cual Miguel A. Hayes encarama los pies. Los zapatos son de corte bajo, de salir a bares, con el pantalón arremangado lo suficiente para que contemples las medias grises en todo el esplendor de su confección- tal vez no sean nuevas y compradas en la shopping pero él solo quiera enseñártelas-, o tal vez los marxistas piensen que las medias son algo muy importante, a enseñarse siempre,  e incluso quizás no quiera mancharse de fango o de tierra los bajos del pantalón.

Miguel tiene el mismo pelo revuelto y las mismas patillas ampliadas que nunca se volverán barba, el mismo rostro distraído y el mismo móvil en la mano- los marxistas ya son cool y ya usan Facebook y los demás inventos capitalistas- para subir chistes y memes a sitios filosóficos,  clubs de fans de Hegel-u otro personaje como Foucault- o simplemente para discutir con Iroel Sánchez,-por supuesto-, que son gente comprometida, ¿eh?

En esta habitación, aparte de las medias de Miguel y las sillas- demasiadas- solo hay una pizarra que nunca se usa y una bocina sin cables, una mochila con una rosa roja envuelta en una bolsa y un ventilador fijo a la pared y dándole vueltas a la paleta. Migue pulsa la pantalla del móvil, hace una mueca, se pasa la mano izquierda por el pullover,-“Siempre Contigo”-, dice debajo de los grados de Fidel en color negro.  Levanta la cabeza, saluda. Saludos, camaradas. Bienvenidos a Trinchera Abierta.

 

…..

La primera vez que pasé por el azar de ir a Trinchera fue en un patio lleno de gente y con personalidades de esas que las conocen en sus centros de trabajo. Había las mismas sillas de plástico y el mismo clima fastidioso. Pero había más gente. Hoy no es buen día: hay concierto de Laura Pausini y Gente de Zona. Miguel, tan entusiasta como siempre, se ha unido a la guerra virtual que al parecer le está montando el Ministerio de Cultura al evento. Me lo dice en tono de disculpa y agrega: -estamos en crisis-. Hay quien está practicando karate en el dojo, y quien esta embromado con la abuela, o fue al concierto, o se le rompió el teléfono, o está reunido o está en México comprando zapatos. Le digo que afuera vi a un chamaco -que se le parecía muchísimo- con cara de extraviado. Me dice que salga a buscarlo. Él, mientras tanto, hará algo vital: poner doce sillas de plástico en círculo, porque somos pocos.

Salgo. Busco. Afuera no hay nadie. Vuelvo. Las sillas ya están ubicadas, y detrás de mí se aparece el chamaco extraviado con la hermana. Se llaman Ernesto y Laura. Laura estudia en mi facultad. Ernesto no sé que estudie o de que trabaje, pero quizás debiera pasar un curso en afeitado. Luego entra la ponente, Daína, rubia súper rubia del Centro de Estudios Che Guevara.

Resulta que el tema del Trinchera de este mes es el Che- desde una perspectiva marxista-, por supuesto. Después, vi a Joel, con su sonrisa que me parece militar, y a Mario, que vino en bicicleta, con camisa de flores azuladas y una gorra negra a lo Harrison. Pocos en total. Pocos con rezagos de intelectuales. Muchos para ser un día de concierto.

Yo, al menos, no sé muy bien por qué estoy aquí. Joel sonríe, otra vez- o más bien es que nunca le ha dado pausa a la sonrisa-. Mario se ajusta los espejuelos. Ernesto se ajusta el bigote. Daína coge un fajo de papeles de arriba de la mesa, tose. Hay en esta escena algo grande y recordable: Miguel, emocionado, le enseña a Joel un libro de filosofía marxista que un amigo le compró en Wal-Mart.

…..

Paso a paso. No voy a repetir lo que se dijo. Daré detalles… El Che se tropezó con Tata Marx un día que iba al baño. Volvió a los diecisiete años.

A Miguel le pasó lo mismo pero al revés: empezó todo con un libro de Borrego -compañero del Che- sobre su pensamiento industrial y económico. Luego le entró al Tata. Después se metió en la Universidad a estudiar Economía, estuvo dentro de la dirección del Movimiento Juvenil Martiano, y se dice que lo expulsaron por hablar en voz alta. Se pasó al curso de trabajadores. Las implicaciones son obvias: Padres del mundo, ¡no regaléis a vuestros hijos libros de Borrego! o terminarán armando eventos marxistas en martes lluviosos para hacerle la competencia a Laura Pausini.

Daína no está nerviosa. Sigue hablando. Cita cartas inéditas. Yo me quedo con las ganas de preguntarle por el famoso cuaderno rosado que dicen que todavía tiene en sus manos Aleida March -ese que nunca se ha publicado-. Para ella al Che nos lo han robado. Al morirse lo borraron del mapa y solo lo volvieron a rescatar en el 87 para contrarrestar las influencias de la perestroika, como Virgilio o Calvert Casey.

Un hombre con sombrero de extranjero entra, se sienta, la mira, la sigue mirando, se va. Miguel señala y se detiene en lo que para él son los errores del Che, por ejemplo, cómo su anti-dogmatismo nunca dio con el dogma soviético, pero lo importante era su sospecha permanente y cómo de lo más valioso de su pensamiento es su teoría del salario.

Daína cuenta que una vez fue a la Fragua y le enseñó a los martianos una frase del Che sobre el prólogo de Martí a un libro de cuentos: “Esto demuestra la falta de madurez política de Martí”. Los martianos casi la linchan ¡Claro! Los martianos en Cuba –una parte de ellos- son una religión y es malo meterse con ellos. Miguel sigue señalando errores en el Che. Laura calla. Yo también callo. Estoy mirando un par de medias. Se monta la discusión hasta las siete y tantas.

El debate gira ahora acerca de sí la manipulación del Che es parte de una política más amplia  y hacia qué puntos ramifica esto. Miguel hace un gesto con los dedos como si estuviera pensando algo muy importante.

Afuera, está lloviendo aún.

 

 

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