El turismo jamás va a salvar la economía cubana

Por: Carlos Ávila Villamar

Ningún país jamás se ha desarrollado gracias al turismo. El Cairo, pese a estar al lado de las celebérrimas pirámides, es una ciudad con espantosos niveles de pobreza. El turismo no genera un desarrollo real, puesto que lo único que hace es crear una demanda falsa y un poder adquisitivo falso. Gracias a él se disparan los precios de las habitaciones, que los locales no podrían pagar, así como también de los servicios, que los locales tampoco podrían pagar. Por tanto se crean dos economías interdependientes que jamás van a conciliarse, por la sencilla razón de que nunca el local que sirve al turista va a ganar más que el propio turista. Se crea una relación de sirvientes y servidos, en la que los sirvientes tratarán de parecerse a los servidos, pasarán hambre durante días para ir todos los viernes a los mismos lugares que ellos, pero en la práctica seguirán siendo sirvientes. En el mejor de los casos, algunos acumularán suficiente dinero como para convertirse en capitalistas, montar un pequeño hostal o restaurante, y vivir del sudor de sus otrora hermanos sirvientes.
El dinero traído por el turismo, en el caso del estado cubano, con frecuencia se invierte en asuntos sociales, o en la propia industria turística. En el caso del negocio privado cubano, va a parar fundamentalmente a manos del inversor, a menudo extranjero o cubano residente en el exterior, por lo que sale del sistema, en vez de circular y así subir el poder adquisitivo, es decir, en vez de estimular al resto de la economía local.
Hay otra parte del dinero que va para industrias parásitas de la industria turística, ejemplo, los servicios de taxis. Estas industrias parásitas terminan por deformarse a sí mismas, junto a todo el sistema económico. Un porciento monstruoso de los alimentos producidos en Cuba va destinados al turismo, obligando al país a pagar sumas extraordinarias en concepto de importaciones. Si el dinero invertido en un hotel se invirtiera en una fábrica, las importaciones de alimentos podrían ser menores y quedaría un fondo para las materias primas de la fábrica. Los cubanos comprarían los productos de esa fábrica, los trabajadores de la fábrica tendrían salarios aceptables que gastarían en más productos o servicios cubanos, generándose un ciclo que la industria turística desconoce.
En una isla hipotética donde todas las personas trabajaran en la industria turística el desarrollo se vería frenado indefinidamente, puesto que cuanto más conseguirían elevar la calidad de las instalaciones y de los servicios, y por tanto servir a turistas cada vez más adinerados. La moneda local existiría apenas como un impuesto, y jamás podría imponerse sobre la moneda de la isla vecina (de donde saldrían sus clientes). Paradójicamente, si la economía de la isla de sirvientes fuera más fuerte que la de los servidos, perdería su rentabilidad, porque eso querría decir que el nivel de vida de los sirvientes excedería el de los servidos. Los países cuyas economías se basen en el turismo están destinados al tercer mundo. Hay países desarrollados con grandes industrias turísticas, pero las mismas se encuentran respaldadas por fortísimos mercados internos, respaldados a su vez por fortísimas industrias productoras.
Creo que la industria turística cubana ya está lo suficientemente desarrollada, y las inversiones que nuestro país hace en ellas deberían ir para otros sectores económicos que se encuentran en estado crítico. No siempre la industria que genera las ganancias más fáciles y rápidas es la que a la larga conviene. Las pocas inversiones que Cuba está en condiciones de hacer deberían ser redestinadas a las industrias nacionales, a llenar todos esos vacíos que los productos extranjeros siguen llenando y que cuestan divisas cuantiosas a las arcas. En Cuba hoy no se produce prácticamente nada, todo lo importamos, basta entrar a una tienda para darse cuenta. Las industrias nacionales, que pudieran ser altamente rentables, no tienen presupuesto. No es política del estado invertir en fábricas, sino en hoteles.
Vas a una tienda de divisas, y te topas con una preciosa barra de chocolate, envuelta en un precioso papel metálico dorado (parece esconder un boleto a la fábrica de Willy Wonka,). Dice ser chocolate cien por ciento cubano y trae un almendrón rojo parqueado frente al Capitolio. Luego le das la vuelta y notas que, tal y como sospechabas, la barra salió de una fábrica en la lejana Suiza. El cacao parte de Baracoa en sacos mugrientos, da un viaje transoceánico, se procesa con todas las de la ley, regresa a Cuba y nos lo comemos, al fin, a un costo de seis CUC. Después de tanto teorizar sobre la venta de materias primas a los países industrializados, que se quedan con el mayor por ciento de ganancias, resulta que en Cuba ya no podemos producir ni siquiera cervezas.
En un par de años nuestras tiendas han dejado progresivamente de ofrecer las pocas cosas que todavía se hacían en Cuba. Tienes que comer galletas saladas vietnamitas y tienes que tomarte un refresco producido en México. Una salida fácil a todo. Pollo brasileño o norteamericano. Café colombiano. Leche argentina. ¿Acaso en nuestro país se hace algo actualmente que no sea tratar de vivir de los turistas? Porque ser antiimperialistas no significa gritar a cada rato en contra del imperialismo, significa proteger la soberanía económica tanto como la política, proteger el mercado interno, verdadero motor impulsor de cualquier economía.
El dinero genera dinero, pero solo si permanece en nuestro mercado. Tenemos el privilegio de no tener que competir con una serie de monstruos trasnacionales que impiden el desarrollo local en cualquier otro país de América Latina, y lo hemos desaprovechado olímpicamente, y nos hemos sentado a esperar como idiotas a que Estados Unidos quite el bloqueo. El bloqueo es, ahora mismo, una de las grandes oportunidades de la economía cubana.
El turismo es frágil de por sí (veamos lo que Trump ha hecho), y es el doble de frágil cuando no tiene una producción en la que pueda apoyarse con confianza. Es que incluso los productos importados escasean con facilidad. Éramos un país monoproductor en otros tiempos, y ahora somos un país que no produce nada, y que intenta sobrevivir únicamente mediante la rama de los servicios. Somos uno de esos artistas retirados que, cuando dejan de vender discos, ponen su cara en cajas de jabón.
La Habana y Varadero se llenan de luces y de música y abren sus puertas al mundo. Bien. Ahora el resto del país lucha por imitarlos, e infla la burbuja todo lo que puede. ¿Dónde quedaron las industrias locales? ¿Qué son muchas de nuestras cabezas de provincia sino órganos medio muertos, que crecieron por industrias que ya no existen, ciudades que hoy intentan mantenerse a flote construyendo hostales en las placas, y revendiendo lo que no hay en las tiendas? ¿Acaso algún país del Tercer Mundo se ha desarrollado solo gracias al turismo? Millones de personas visitan cada año las pirámides egipcias, y sin embargo, el obstinado Cairo sigue igual de pobre. Se trata de una falacia gigantesca del subdesarrollo. Pensar que los servicios en sí son suficientes para garantizar el progreso de todos. ¿Ha desarrollado el turismo a la República Dominicana, el destino predilecto del Caribe? ¿Qué son nuestros campos sino desérticos suelos precolombinos, que regalan sus pocas riquezas a cambio de cristales rotos y baratijas? ¿De qué nos sirve todo lo que se enseña en nuestros libros de texto, si en la práctica lo olvidamos o lo quitamos de la vista?

 

Tomado de Carlos Ávila Villamar

1 pensamiento en “El turismo jamás va a salvar la economía cubana”

  1. Hola!

    Interesante artículo, y sobre todo muy bueno para debatir. También tengo la opinión de que ese dinero que se recoge del turismo se debe invertir en la producción nacional, empezando por la agricultura que fue lo que históricamente nos salvó. Contamos con tierras muy buenas que no están siendo explotadas al máximo, y no precisamente por la falta de interés de quienes la trabajan. Hay mucho que decir al respecto. Pero también considero que en el turismo se podría avanzar muchísimo más, cuando el turista que tiene tantas opciones similares como República Dominicana o el mismo México donde también hay playas maravillosas se encuentra con que el trato no es el mejor, Cuba le resulta muy caro comparado con estas otras opciones y además por donde quiera desde los empleados de los hotoles hasta gente en la calle con la que interactúan tratan de sacarle hasta el último céntimo dada esa filosofía que se ha creado de vivir solo del turismo, pues nada, que simplemente se lo piensa dos veces para ir a Cuba. Entonces sí, quizás la inversión que haya que hacer en este sector sea más de refinamiento, de mejora del servicio y de aprender de esos otros lugares que generan muchísimos ingresos con esa industria y menos de seguir construyendo hoteles que quedan medio vacíos.

    Saludos.

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