La corrupción en Cuba y algunas de sus aristas (II)

Por: René Portuondo

 

Algunos robos servían a los obreros como un medio para completar sus ingresos oficiales mediante el desvío de materiales con el fin de intercambiarlos o para segundos trabajo que a menudo incluía el uso privado de medios de producción (…)

 

Michael Lebowitz. (Frases referida a los años 70s en la URSS)

 

Para nadie es un secreto el inmenso tamaño del mercado negro en Cuba, que va desde la malversación de combustibles, hasta la venta de harina, pinturas, o cualquier otro bien de consumo que tenga una demanda no satisfecha a los precios del sector estatal.

Aunque su existencia es del conocimiento de todos los organismos del gobierno, existe realmente una incapacidad de ponerle cifras al volumen total de este mercado. Las aproximaciones más conservadoras lo sitúan muchas veces en el orden de varios miles de millones de pesos, lo que representa un número nada despreciable para una economía pequeña y débil como la nuestra.

Aunque muchos condenan simplistamente el mercado negro, el simple hecho de su existencia objetiva presupone la necesidad del mismo. Si fuera algo innecesario para la reproducción diaria del cubano, ni siquiera tendríamos que nombrarlo aquí. Es un postulado discutible, pero a la vez muy simple: solo existe lo que es necesario que exista, para unas condiciones dadas del desarrollo; puede no tener un carácter positivo(moralmente hablando), pero si un carácter necesario, que en las condiciones actuales es a veces más importante.

Mirándolo sin prejuicios al mercado negro y todo lo que e implica, podríamos decir que cumplió en un momento una fuerte “función social”, pues hasta cierto punto su existencia satisface necesidades sociales no resueltas. El mismo permite el alivio para los altos precios y la escases de muchos insumos y bienes de consumo en las tiendas de divisas, las cuales quedan muchas veces por encima de las posibilidades de mucho de nosotros. Esto significa que en gran medida el mismo posibilita mantener los niveles de consumo (o de subsistencia) de muchas personas, que de este no existir, no podrían acceder a estos bienes o servicios.

La otra cara de la moneda es la existencia de acaparadores, que hacen aumentar los precios de algunos productos, pero en el esquema general esta actividad es muy inferior en volumen a la primera. Igualmente en los últimos tiempos y con la aprobación del “trabajo por cuenta propia”, para nadie es un secreto que muchos de los negocios privados en Cuba nutren sus inventarios de productos provenientes del mercado negro que muchas veces tienen su origen en el desvío a empresas estatales.

A lo largo de los años la propia necesidad de la existencia de un mercado paralelo al estatal ha creado una complicidad implícita entre aquellos que concurren como vendedores de producto (la mayoría de “dudosa procedencia”) y el resto de nosotros que servimos de demandantes de estos bienes.

La aceptación social al robo o a “la lucha” (como eufemísticamente le llamamos) entre algunos sectores de la población está cada vez más extendida. Y este hecho no se denota en que nadie valla por la calle con un cartel ni grite a dos voces “Viva el mercado negro”, son pocos (aunque cada vez son más) los que dice que están de acuerdo con el robo en entidades estatales, pero aun así la gran mayoría de nosotros somos receptores de algún servicio o producto que ha tenido su origen en dicho mercado.

Para ponerlo en ejemplos cotidianos, nos comemos la pizza hecha con la harina de la panadería que no le echaron al pan; nos montamos en los boteros que caminan con petróleo de los camiones o automóviles estatales; o simplemente compramos los palos de escoba que se notan que están hechos con los latones de basura que han desaparecen a menudo por toda la ciudad. Pero aun así nadie aprueba el robo, mejor dicho, como colectivo no aprobamos la corrupción, pero todos la reconocemos y lo validamos a la hora de que somos participes de la estructura de realización de las mercancías que intervienen en el mismo. Lo más complejo y que refuerza la idea antes expuesta de la necesidad de la misma estructura, es que no podríamos no ser parte de la misma en las condiciones actuales.

Y en este punto me gustaría hacer un pequeño alto: nada más lejos de mi intención que defender el mercado negro y el desvío a entidades estatales. Expongo su relación de “necesario” en las condiciones actuales de la vida material de nuestro país pues solo este podría ser el primer paso para cuestionarnos la política que tiende a atacar las manifestaciones y no las causas de este fenómeno.

La lucha no puede ser contra el corrupto como individuo aislado que flota en el espacio, la lucha tiene que ser contra la corrupción en sentido amplio, dicho de otra forma contra las condiciones que permiten, propician y fomentan la existencia de un mercado negro. Condenar al que roba es un hecho normal en cualquier sociedad, pero esta práctica no acaba con la corrupción solo hace cambiar de ejecutor. Una verdad fuerte y que nos explota cada día en la cara: la corrupción da de comer a muchos niños en Cuba, porque mucho de aquellos que hoy se encuentran imputados de casos de desvío de recursos, son padres y madres de familias con necesidades económicas no cubiertas en los marcos de la institucionalidad. Este hecho no justifica la práctica negativa, pero nos da para pensar en cual es el camino correcto para combatirla.

En algunos momentos parecería que el discurso sitúa al “individuo que comete un hecho de corrupción” como un ser ajeno a la sociedad, que se enfrenta a ella y que no puede ser algo más opuesto a la misma. Esta concepción lleva implícita la creencia errónea de que estos individuos son casos de anti-sociales aislados y no productos de un determinando sistema de relaciones económicas y sociales a lo interno de nuestro país.

Es cierto que nada justifica hechos en contra de la propiedad social, pero si existen muchas condiciones que lo propician -y aunque no los justifiquen- fuerzan su existencia. Martí decía que radical es aquel que va a la raíz, y la raíz aquí está en las estructuras sociales que condicionan la corrupción como una parte indispensable de la reproducción de la fuerza de trabajo cubana.

Mientras nos sigamos concentrando en acabar con la corrupción, solo condenando a los que incurre en ella, seguiremos cometiendo el mismo error de quienes tratan de parar la emigración hacia los países desarrollados levantando muros para detener a los emigrantes sin pararse a pensar en las causas que los llevaron allí. Seguiremos tratando de cortar las hojas más rápido de lo que salen en un árbol ya demasiado frondoso, en vez de atacar directamente su raíz.

La corrupción sistémica y socialmente aceptada es el síntoma más claro de la descomposición de un cuerpo político. Es el primer signo de que las vías institucionales se han desgastado y que la realidad impone nuevos caminos. Cambiar esa realidad es la tarea que debemos trazarnos, antes de cualquier otra, si queremos desterrar algún día de nuestra tierra el dañino fenómeno de la corrupción.

 

Para ver la primera parte.

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