Marx y los regímenes socialistas(I)

Por: Manuel Acuña Asenjo
En nuestro trabajo Marx y la Economía’, de junio recién pasado, refiriéndonos a las fallidas experiencias de intentar la aplicación de presuntos principios marxistas a diferentes experiencias sociales, empleamos la palabra ‘fracaso’. El uso de ese vocablo no fue casual: queríamos dar a entender que los objetivos perseguidos por quienes realizaron tales intentos (raras veces especificados) se habían malogrado, circunstancia imposible de negar, por más explicaciones que, al respecto, quisieran entregarse: eran, a no dudarlo, experiencias fallidas, realidad imposible de soslayar. Porque fracasa todo quien emprende una tarea que se malogra.

Los fracasos, no obstante, deben ser analizados; sus causas jamás deben quedar en la penumbra, que es la única manera de aprender de la experiencia. Lo cual exige una severa autocrítica que no pocos desearían evitar. Y es que necesitamos saber por qué dichos fracasos se producen, qué circunstancias se dan cita para que ello ocurra, qué los hace posible, cuál es nuestra responsabilidad en esa ocurrencia. En primer lugar.

Pero, en segundo lugar, porque un fracaso, a menudo, no se agota en la sola circunstancia de haberse malogrado el fin propuesto; normalmente, sus efectos se prolongan más allá de esa simple circunstancia. Y no en una dirección distinta, nueva, impredecible, que pudiere dar origen a una situación por entero diferente. Por el contrario, esos efectos parecen darse, constantemente, en una especie de retorno al pasado, en una suerte de vuelta a la situación anterior. Queremos decir con ello que, cuando se emprende una acción transformadora y se yerra en la consecución del fin propuesto, raras veces esa acción se traduce en un resultado innovador sino se da en un retorno a la situación anterior, una vuelta a ese pasado que, precisamente, se quería abolir o, en el mejor de los casos, transformar. Lo cual hace que los caracteres antiguos se reconstruyan en gloria y majestad, proyectándose victoriosos hacia el futuro. Como si reprodujesen en sí mismos esa vieja sentencia que Cliton formula en la obra de Moliére, ‘Le Menteur’:

“Les gens que vous tuez se portent assez bien” i

Si se trata de cambiar un sistema que existe, el fracaso, entonces, ya no sólo es tal, sino se transforma en una reafirmación del sistema que se pretendía abolir, haciéndose cada vez más difícil esa tarea. Como si dicho sistema se vacunase en cada yerro de sus enemigos para enfrentar con éxito cualquier amenaza a su integridad física o social. Por lo que, podemos asegurar que, en el caso de los fenómenos sociales, esta forma de proceder se presenta de manera normal, al extremo de permitirnos asegurar que todo fracaso viene acompañado de una reafirmación del pasado o, lo que es igual, de una reafirmación de lo que se intenta abrogar.

Podemos, en suma, señalar que el fracaso en la lucha por instaurar un sistema alternativo al vigente presenta, de esta manera, dos ángulos o aspectos a considerar: por una parte, el fracaso mismo de la acción de transformación que se pretende realizar; y, por otra, la porfiada rearticulación del sistema. Ambos fenómenos tienen causas diversas. Intentaremos referirnos a cada una de ellas en acápites separados.

1. Fracaso en la instalación de un sistema alternativo al capitalista.

1.1. Intentos por instalar un sistema ‘socialista’

En la historia moderna de los cambios sociales existen varios intentos de sustituir al sistema capitalista por otro definido como ‘más humano, fraterno y solidario’ que el vigente, al que se acostumbra denominar ‘socialista’. Ese ha sido el norte que ha guiado la acción de la generalidad de las organizaciones políticas de la llamada ‘izquierda’.

El primer intento de alcanzar semejante tarea fue la Revolución Rusa. La Segunda Guerra Mundial brindó las condiciones inmejorables para extender los efectos de esa revolución a una serie de países que quedaron bajo el protectorado de la nueva república que se había instalado bajo el nombre de ‘Unión de Repúblicas Socialistas Federativas Soviéticas’ URSS. Más tarde, se sucedieron, entre otras, la Revolución China, Viet Nam, Corea, Cuba, Camboya, Guinea Bisseau, Angola, Nicaragua, Venezuela.

En todas esas formaciones sociales, el nombre del sistema instalado en ellas se denominó, indistintamente, ‘socialista’ o ‘comunista’, dependiendo de la voluntad de los gobernantes que ocuparon los cargos de dirección de las mismas. Por consiguiente, las medidas adoptadas en esas naciones fueron ejecutadas en nombre del ‘socialismo’ o del ‘comunismo’, en su caso, dando un contenido ideológico a tales expresiones. En términos semióticos, tales conceptos derivaron en su contenido para transformarse en ‘categorías’, lo que no es poco decir; porque abolieron toda posibilidad de volver a emplear esos términos provistos ya de carga ideológica.

Sin embargo, no deja de ser paradojal la circunstancia que, en nombre tanto de Karl Marx como de Friedrich Engels —personajes que no sólo jamás fueron ‘socialistas’ sino que desconfiaban no sólo de ese término sino, además, de quienes lo empleaban—, se instituyeran regímenes con esa denominación, invitando al error y a la confusión. Porque la cuestión no es solamente semántica sino de profundo contenido teórico.

Este comportamiento marca el primer distanciamiento de esos regímenes con las tesis elaboradas por Karl Marx.

1.2. Marx y Engels jamás fueron ‘socialistas’ sino ‘comunistas’.

Una de las primeras afirmaciones que podemos hacer es indicar que Karl Marx y Friedrich Engels jamás fueron socialistas. En el tercer y último prefacio a la nueva edición del ‘Manifiesto Comunista’ que iba a salir en esos días —prefacios que, en las ediciones oficiales de la URSS, fueron eliminados—, Engels da una explicación al respecto, señalando que

“[…] cuando apareció no pudimos titularle Manifiesto “socialista”. En 1847 se comprendía bajo este nombre de socialista dos géneros de personas. De un lado, los partidarios de diferentes sistemas utópicos, especialmente los owenistas en Inglaterra y los furieristas en Francia, que no eran ya unos y otros sino simples sectas agonizantes. De otra parte, los múltiples curanderos que querían, con sus panaceas variadas y con toda suerte de remiendos, suprimir las miserias sociales sin tocar el capital y el interés. En ambos casos, agentes que vivían fuera del movimiento obrero y que buscaban más bien apoyo cerca de las clases ‘instruidas’. Al contrario, esa parte de los obreros que, convencida de la insuficiencia de los simples trastornos políticos, quería una transformación fundamental de la sociedad se llamaba entonces ‘comunista’”ii.

Esta explicación es acorde a lo que expresa, más adelante, el propio ‘Manifiesto Comunista’, que no vacila en clasificar los diferentes tipos de ‘socialismos’ existentes en esos años, distinguiendo, en primer término, al socialismo reaccionario —que divide en socialismo feudal, socialismo pequeño-burgués y socialismo alemán o socialismo ‘verdadero’—, luego, al socialismo conservador o burgués y, finalmente, al socialismo (y comunismo) crítico-utópico.

Engels, no obstante, en el ensayo intitulado ‘Principios del comunismo’ vuelve a la carga sobre el socialismo para indicar que, en su época,

“Los llamados socialistas se dividen en tres categorías.

La primera consta de partidarios de la sociedad feudal y patriarcal, que ha sido destruida y sigue siéndolo a diario por la gran industria, el comercio mundial y la sociedad burguesa creada por ambos. Esta categoría saca de los males de la sociedad moderna la conclusión de que hay que restablecer la sociedad feudal y patriarcal, ya que estaba libre de estos males. Todas sus propuestas persiguen, directa o indirectamente, este objetivo”.

“La segunda categoría consta de partidarios de la sociedad actual, a los que los males necesariamente provocados por ésta inspiran temores en cuanto a la existencia de la misma. Ellos quieren, por consiguiente, conservar la sociedad actual, pero suprimir los males ligados a ella. A tal objeto, unos proponen medidas de simple beneficencia; otros, grandiosos planes de reformas que, so pretexto de reorganización de la sociedad, se plantean el mantenimiento de las bases de la sociedad actual y, con ello, la propia sociedad actual. Los comunistas deberán igualmente combatir con energía contra estos socialistas burgueses, puesto que éstos trabajan para los enemigos de los comunistas y defienden la sociedad que los comunistas quieren destruir.

Finalmente, la tercera categoría consta de socialistas democráticos. Al seguir el mismo camino que los comunistas, se proponen llevar a cabo una parte de las medidas señaladas […] pero no como medidas de transición al comunismo, sino como un medio suficiente para acabar con la miseria y los males de la sociedad actual.

Estos socialistas democráticos son proletarios que no ven todavía con bastante claridad las condiciones de su liberación, o representantes de la pequeña burguesía, es decir, de la clase que, hasta la conquista de la democracia y la aplicación de las medidas socialistas dimanantes de ésta, tiene en muchos aspectos los mismos intereses que los proletarios”iii.

No existe explicación alguna que resulte convincente para entender por qué, incluso hoy, se sigue insistiendo en llamar ‘socialismo’, en nombre de Karl Marx, a los intentos de cambiar la sociedad actual o, incluso, a la nueva sociedad que sustituiría a la actual (‘sociedad socialista’). La más aceptable de todas esas excusas lo atribuye a una innovación leninista que buscó adaptar las tesis de Friedrich Engels a los sucesos que conmovían a la Rusia de ese entonces, creando dos fases en la evolución de una revolución, a saber: la socialista y la comunista. Porque el inseparable amigo de Karl Marx, ante la pregunta acerca de si sería posible instalar de golpe esa nueva sociedad, había respondido, rotundamente:

“No, no será posible, del mismo modo que no se puede aumentar de golpe las fuerzas productivas existentes en la medida necesaria para crear una economía colectiva. Por eso, la revolución del proletariado, que se avecina según todos los indicios, sólo podrá transformar paulatinamente la sociedad actual, y acabará con la propiedad privada únicamente cuando haya creado la necesaria cantidad de medios de producción”iv.

Podemos entender que esta adaptación haya sido formulada a fin de explicar el curso que había de seguir la Revolución Rusa en adelante y, de hecho, así parece haber sucedido. Porque, si bien en esos años, la lucha social era por imponer los principios de la democracia que había nacido junto a la Revolución Francesa, ello no quería decir que allí terminaría la tarea de las clases dominadas por alcanzar sus objetivos, circunstancia que Engels conocía bastante bien:

“La democracia sería absolutamente inútil para el proletariado si no la utilizara inmediatamente como medio para llevar a cabo amplias medidas que atentasen directamente contra la propiedad privada y asegurasen la existencia del proletariado”v.

Karl Marx también desconfiaba del socialismo, como ya se ha dicho, y no vacilaba en poner de manifiesto la debilidad teórica de ese sector denunciando su incapacidad para descubrir las maniobras de la dictadura bonapartista, algo que ésta ya había comprendido en su lucha por ahogar toda oposición.

“En esta amenaza y en este ataque veía con razón (la clase dominante francesa) el secreto del socialismo, cuyo sentido y cuya tendencia juzgaba ella más exactamente que se sabe juzgar a sí mismo el llamado socialismo, el cual no puede comprender por ello cómo la burguesía se cierra a cal y canto contra él, ya gima sentimentalmente sobre los dolores de la humanidad, ya anuncie cristianamente el reino milenario y la fraternidad universal, ya chochee humanísticamente hablando de ingenio, cultura, libertad o cavile doctrinalmente un sistema de conciliación y bienestar de todas las clases sociales”vi.

Marx y Engels eran ‘comunistas’; y no cualquier tipo de ‘comunistas’. Habían elaborado todo una estructura teórica que les iría a permitir sentar los basamentos de una obra más gigantesca aún. Y eso estaba aún por hacerse. Pero las bases estaban echadas.

Tomado de Rebelión

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