Día de feria

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

No es de extrañar que la humanidad se esté hundiendo en una noche de atolondrada postmodernidad. Uno de los signos de que estamos en la era del absurdo es que ahora algunos teóricos del socialismo se han convertido en defensores del mercado. ¿Acaso no se suponía que los socialistas eran enemigos del capitalismo, un sistema que está construido completamente sobre el mundo de las relaciones mercantiles?
Esto es paradójico. Sin embargo, tampoco se puede culpar del todo a los mencionados teóricos. Después de todo, ellos son hijos de los errores cometidos por los socialistas que les precedieron. El viejo socialismo de marca soviética construyó el paradigma de la planificación central de la economía, un sistema que a pesar de sus éxitos iniciales terminó fracasando estrepitosamente. En la actualidad, las sociedades en transición al socialismo que sobreviven se ven obligadas a desarrollarse en un mundo hostil sin siquiera poseer un paradigma de desarrollo socialista que parezca eficaz. Se trata de una situación en la que se vuelve comprensible el intento de recurrir a cualquier tabla de salvación, incluyendo el mercado.
La pregunta que habría que hacerse, no obstante, es si estos defensores del mercado no estarán cayendo en un mimetismo ingenuo, tratando de imitar el éxito de las sociedades capitalistas desarrolladas, sin comprender que ese tipo de éxito solo le es funcional al capitalismo. Se puede ir incluso más lejos, y caer en la siguiente cuestión: las teorías que revalidan el papel del mercado en el socialismo, ¿parten de un verdadero descubrimiento científico, o solo son torceduras a la realidad que buscan propiciar la reconstrucción solapada del capitalismo? Son preguntas muy complejas para ser respondidas a la ligera. Más útil puede ser el análisis de un enunciado teórico en particular.
Una de las ideas que más les gusta repetir a los nuevos teóricos del socialismo es la de que en el socialismo siempre ha existido el mercado. Se llega incluso a decir que en las economías de planificación central- como la de la URSS o la que se construyó en Cuba en la década del setenta-, las relaciones económicas entre las empresas estatales siempre fueron mercantiles. El objetivo de esta ampliación abusiva del concepto de mercado es borrar toda diferencia esencial entre ese modelo y un modelo capitalista, reduciéndolo todo a un problema de buen o mal funcionamiento. Cuando se borra esa diferencia esencial, se elude el problema filosófico de fondo, y se abre el camino para las soluciones tecnocráticas que pretenden resolver los problemas “ampliando el mercado”.
Es preciso reconocer, en este punto, que dichos teóricos tienen una buena base para apoyar sus planteamientos. Cuando uno estudia la estructura institucional y burocrática de las empresas estatales socialistas, se da cuenta de que son extremadamente parecidas a las empresas capitalistas. Utilizan el dinero- la mercancía universal- en sus transacciones, usan la misma contabilidad, formas de organización, disciplina laboral, etc. En ese sentido, las transacciones entre ellas tienen todo el aspecto de relaciones mercantiles.
Sin embargo, existen fuertes argumentos en contra de la tesis de que las relaciones económicas entre las diferentes empresas estatales, en un modelo de economía de planificación central, sean mercantiles. El principal de ellos es el siguiente: una relación es mercantil cuando la principal forma en la que se expresa esa mediación social es en el valor de cambio de las mercancías. Cualquiera que haya tenido la experiencia de estar en un mercado cualquiera o en una feria de pueblo, y que también haya experimentado cómo es el funcionamiento de una empresa estatal socialista, puede entender intuitivamente la diferencia. Las empresas estatales tienen entre sí mediaciones que son mucho más determinantes que el valor de cambio de las mercancías. La más importante entre ellas es el plan, al cual todas se encuentran subordinadas.
Donde sí no se puede negar que siempre han existido relaciones mercantiles es en los límites exteriores al grueso aparato estatal. La población que maneja dinero sí establece relaciones mercantiles con el estado a la hora de comprar bienes de consumo, ya que puede elegir qué comprar. Además, existen las relaciones mercantiles clandestinas del mercado negro. Estos nichos mercantiles no han sido abolidos del todo en ningún país socialista, excepto en Cambodia, donde dicha abolición vino acompañada del genocidio.
La descripción más adecuada para las sociedades en transición al socialismo con modelo de economía de planificación central, es aquella que las muestra como sociedades con un modo de producción de transición, en las cuales el plan constituye la relación económica fundamental no mercantil, donde además existen relaciones mercantiles que juegan un papel secundario. Por esa estructura, la sociedad en transición se asemeja a otras formaciones económico-sociales no capitalistas, como el feudalismo y el esclavismo, en las cuales una relación no mercantil también era la fundamental, mientras que el mercado tenía una existencia secundaria.
Miradas las cosas desde un punto de vista históricamente amplio, solo el capitalismo, el modo de producción en el que la relación fundamental es la acumulación de capital, le da un papel central al mercado. Eso es así porque las relaciones capitalistas se construyen íntegramente sobre el mundo de las relaciones mercantiles, subsumen ese mundo y le imponen su racionalidad. En el período de transición al socialismo, el mercado vuelve a una posición parecida a la que tenía en las sociedades precapitalistas.
Tal vez sea difícil entender que pueda llamársele no mercantiles a relaciones económicas en las que se utiliza dinero, teniendo en cuenta que el dinero y la moneda son herramientas humanas totalmente consustanciales a las relaciones mercantiles. Sin embargo, la comprensión se facilita cuando se sabe que ya han existido antes relaciones no mercantiles en las que este ha sido utilizado. Una de ellas fue el pago de tributo en dinero. Se trató siempre de una relación feudal, que no tenía nada de mercantil. La explicación para esta clase de híbridos, tanto el pago de tributo en dinero como la transacción entre dos empresas estatales socialistas, está en que son relaciones que existen en un contexto mercantil por el que se encuentran mediadas.
Por otro lado, la diferencia esencial entre el modelo económico de planificación central y cualquier otra economía mercantil puede hacerse difícil de captar para los que conocen la historia del mercado y saben que este siempre ha sido regulado por los estados. Después de todo, ¿acaso los estados capitalistas no ejercen la planificación, no imponen aranceles, tarifas, impuestos, etc.? ¿Acaso no han creado empresas estatales? Los actores de cualquier mercado siempre han estado mediados de muchos modos además del valor de cambio. No se trata solo del estado, sino también de los monopolios y carteles. ¿No se puede decir que el modelo soviético representa solo un mercado más amordazado?
La diferencia esencial, a pesar de todo, existe. Por más regulado que esté un mercado, sus actores no modifican por ello su racionalidad interna. Lo que todos ellos buscan es satisfacer su propio interés, para lo cual intentarán encontrar el precio que les sea más ventajoso. Mientras tanto, en la economía de planificación central la empresa no se guía por su propio interés. Su único interés es cumplir el plan, que coincide directamente con lo que el estado establece como el interés general. La racionalidad interna de la empresa estatal socialista es cualitativamente diferente. El plan, que es la mediación universal para ella, no se basa en los valores de cambio, sino en los valores de uso de los productos que deben ser distribuidos entre los diferentes actores de la economía.
La planificación que ejercen los estados capitalistas se basa en idealizaciones que surgen de la propia dinámica de esos estados. Sin embargo, esos modelos ideales nunca llegan a ser la fuerza dominante en esas sociedades capitalistas: por el contrario, generalmente no son más que epifenómenos, expresiones de la voluntad de la clase explotadora. En la sociedad de transición socialista que estamos analizando ocurre todo lo contrario. Las idealizaciones que los partidos comunistas y los estados socialistas despliegan se convierten directamente en la relación económica fundamental, tal y como debe ser en sociedades que se han propuesto llegar a una dirección consciente de los procesos sociales. De hecho, es solamente por esta preponderancia del factor subjetivo que las sociedades con economía de planificación central pueden ser llamadas socialistas, a pesar de todas las distorsiones estatocéntricas que padecen.
En el viejo modelo soviético de planificación central se escondía un germen de lo que podría ser un modo de producción superior. Si, a pesar de ello, las empresas estatales siguieron usando la cáscara superficial de una estructura mercantil, eso solo da una idea de la poca fecundidad histórica que a la larga demostraron tener las revoluciones socialistas del siglo XX.
La construcción de formas económicas post-capitalistas está en pañales, y se puede decir sin error que hasta ahora nadie lo ha intentado con la suficiente seriedad. Pero esas nuevas formas no se desarrollarán si seguimos apostando por el viejo mercado, negando que exista vida más allá de él. Existe el mercado y lo que no es mercado, y cada cosa tiene su función bajo la luz del día. Borrar los matices equivale a negar la riqueza de la vida.

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