Cultura

Bye bye and fuck you

Por: Daniel Toledo Guillén

Bye bye and fuck you. Así le dice Riggan Thompson –Michael Keaton– a su alter ego Birdman, en la película de igual nombre dirigida por Alejandro G. Iñárritu. Ocurre esto justo en los últimos momentos, cuando él -Riggan- decide, sea real o no, pactar consigo mismo y dejar atrás el otro él -de traje y capa de superhéroe- para ascender en un acto de suicidio escapatorio, un vuelo. Así mismo: bye bye and fuck you le podemos decir al Café Literario de G y 23.
Al parecer hemos pactado con un pasado inventado. Pareciera que a los que nos gustaba el Café de G nos inventamos conversaciones intensísimas donde reparábamos la humanidad y la destruíamos, completábamos el arte, inventábamos, nos escurríamos, nos agrupábamos. Sí, parece que eso era mentira, que era un lugar intrascendente.

Ahora borramos todo eso y colocamos un espacio de esos -bien ordinarios ya-, con motivos de la Habana de los 50 y fotos de Marilyn Monroe.
¡Qué época gloriosa debieron ser los 50!… y esta, nuestra época, ¡cuán inerte! Es como si La Habana estuviera muerta, vacía, y solamente en el recuerdo es que la podemos vivir.

¿O será una herramienta fácil para encontrar dinero fácil? ¿O será que algunos no tienen ojos suficientemente profundos para observar lo trascendente de nuestros tiempos, la glorioso de nuestra generación? ¿Es gloriosa nuestra generación? ¿Fueron gloriosas las anteriores?
Ni esta ni la anterior fueron más o menos gloriosas. Ni el pasado es mejor que el presente, como la simulación no puede superar la realidad. Todos los momentos existen y por tanto son importantes. El punto es la simulación ¿Por qué destruir el Café Literario y suplantarlo con un lugar simulado y en extremo ordinario sin ninguna carga significante? ¿Por qué no reabrir el Café de G? ¿Por qué el camino fácil?
Quizás sea solo yo -alterado-, histérico ante la destrucción eterna de aquello que me gustaba, ante la aniquilación de un espacio de conversar y debatir temas insulsos o profundos. De hablar y no hacer más que hablar. No de almorzar, no de escuchar nefastas bandas sonoras, sino de conversar y punto. Solo era permisible, aceptado y honrado el momento del café, el cigarro y la discusión. Nada más. Deben existir más estos lugares en La Habana, pero están muriendo y los están suplantando con simulaciones ordinarias de realidades patéticas.

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