Festival de cine de La Habana

Aullidos a una luna tricolor estrellada

Por: Alberto Miguel de la Paz Suárez

Esta pudiera ser la historia de tantos niños desarraigados a causa de la migración hacia alguna metrópoli. La promesa de la oportunidad conquistada nos llega en los construcciones audiovisuales y los cuentos y brillos con que justifican los winners (ganadores —los que se atrevieron—), una decisión engañosa y difícil en todas sus consecuencias y peor en los silencios, en la apariencia de felicidad.

¿Cuánto cuesta?

El tema de las migraciones es recurrente en el panorama audiovisual latinoamericano, pero tan inagotable como historias acumule en cada persona que se ve obligada —cualquiera sea la razón— a dejar su tierra y sufrir el proceso de enculturación, de aprender a caminar otra vez sin que esté mi mamá para que me guíe—me dijo tiempo atrás una amiga, describiendo su experiencia—.
¿Y cuando aún están los padres? ¿Cuándo son los niños los afectados? Hace un tiempo leyendo la mininovela 341 del cubano Andrés Pi Andrew, me puse de frente ante este problema. Esta es la historia de un pequeño que en la emigración marca los días que faltan para el prometido y esperado reencuentro con el padre. Pi Adrew se ha consagrado, en el arte de construir visiones muy próximas a las que pudieran tener los niños sobre su realidad (Lo que sabe Alejandro, 341). Atrás quedaron los amigos, el barrio, los juegos de siempre, y los miembros grandes de la manada que me protegían.
Al asistir a la proyección de Los lobos (México, 2019) vamos sobre estos pasos. El filme dirigido por Samuel Kishi Leopo, quién se incluye en la nómina de guion, muestra una cara de la emigración (más bien el exilio por motivos económicos), sufrido por tantas familias latinoamericanas, a través de los ojos de los pequeños Max (8 años) y Leo (5 años), llevados por su madre, Lucía, a los Estados Unidos. El drama más común en esa tierra. Una familia desarraigada en un mundo absolutamente nuevo que sólo le garantiza rudeza y desasosiego —¿a dónde fue a parar la promesa?—, un nuevo clan de lobos que tiene que protegerse entre ellos mismos de las consecuencias de su diáspora.
Los pequeños Maximiliano y Leonardo Najar, se interpretan a sí mismos en una entrega superior cargada de la organicidad natural en los niños, bien explotada por todo el artilugio cinematográfico. Excelente estructura narrativa, pertinencia en los diálogos (incluso los no traducidos —intención de que el espectador experimente la realidad del infante emigrante (nuevas gentes, lenguas extrañas, nuevas actitudes)— y una dirección de arte convincente.
Max, Leo y Lucía, acaban de llegar a la tierra prometida y está nueva circunstancia hará que la manada se reforme, se reconstuya, encuentre nuevas fuerzas para las alianzas necesarias que los hagan salvarse, mientras los niños miran el mundo desde detrás de los cristales a salvo de todo y de todos en su nueva burbuja.

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