Fotografía: Publinews
Festival de cine de La Habana

Nuestras madres

Por: Alberto Miguel de la Paz Suárez

Ante la cámara muestran en su rostro el maquillaje del tiempo, de la fuerza descomunal que les imprime el acto de la maternidad y hablan de su hastío, rebeladas contra el estado de las cosas que les arrebata el mejor de los tesoros que les es dado: los hijos.
Cualquiera de ellas podría ser el personaje que inspirara a Bretch para Madre Coraje, con la salvedad de que estas no viven del engendro que es la guerra.

La guerra que se extiende sobre nuestras horas de América asignada y fabricada de modo que parezca autóctona, endémica. Maquinaria infalible para disimular la sangría constante del modelo de vida que nos propone la colonia como mejor y en el que siempre jugamos el mismo papel, añorantes de lo que nunca ocurrió. Tras esto siempre aparece el rostro de unas plañideras que sólo pueden contarse su dolor a sí mismas, para no hacer más duro el de la otra —acto empírico de sororidad—.
Suelo jugar con las frases escogidas entre los diálogos de los filmes que me provocan para titular mis notas sobre los que pasan a ser parte de mi imaginario, pero en este caso ningún título será mejor que el propio de la película al que están dedicadas.
Nuestras madres, participa en esta edición 41 del Festival dentro del Concurso de Ópera Prima y está realizado por el guatemalteco César Díaz, también guionista del filme. Eligió una historia lamentablemente común en Latinoamérica: la búsqueda de los desaparecidos por efectos de las guerras intestinas y los abuso de dictaduras y grupos paramilitares; tema pertinente siempre, para que el tiempo no concrete su efecto borrador, más cuándo volvemos a sufrir la mordida ponsoñoza de la cólera oligárquica ante el renacer de América.

¿Cuántas más de Nuestras madres deben estar condenadas a sobrevivir en medio del silencio que les recuerde a los que la guerra les arrebata, a esperar resignadas su propia muerte, ocultando la vergüenza de haber sido víctimas de violaciones y sus consecuencias?
Dos cosas me quedan por agradecer al realizador el tino de saber que el filme tenía que durar lo justo, y a usted, que espero vaya a verla, que después la comente, la comparta, le de muchos Me gusta para que pase a ser viral en las redes, le aseguro que vale la pena.
Una reflexión final: ¿Por qué hay que oponerse a la guerra —aunque sea lejos—? Porque a la guerra no van soldados, van hijos.

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