Cultura

La leyenda de “Pepe Ginebra”

Por: Sender Escobar

Recientemente, en el concurso Adolfo Guzmán, el joven Dúo Iris presento una canción hermosa y sugerente llamada Haciendo Fe, dedicada a José Martí. Sin dudas el poder de la música tiene la capacidad de remover estados de ánimos, desde hacernos reír, conmovernos o reflexionar como es el caso de esta canción.
Pero un arte tan flexible como la música también puede ser objeto de manipulaciones con cualquier fin, ya sea de parodia, mensajes políticos o composiciones -si es correcto usar este término- absurdas. En este último caso, recuerdo la anécdota de una profesora de mi universidad, alumna de Ana Cairo Ballester, que en una clase sobre el Apóstol pidió ejemplos musicales sobre él. Uno de los estudiantes comenzó a marcar clave cubana con las manos y la letra de la canción era algo así -apelo a la memoria:
…Se murió la niña de Guatemala,
Quien la mató, quien la mató,
José Martí, José Martí…

Los ecos de una historia confusa han llegado a nuestros días envueltos en halos de misterio, como lo fue la relación amor-amistad, entre el joven profesor José Julián y la hija del expresidente de Guatemala, María García-Granados. Su muerte de frío o amor, dio paso a un silogismo histórico: la tergiversación.
Y es que una de las constantes repetidas a lo largo de las sociedades humanas no es otra que la tergiversación. Mal que ha provocado los más disímiles hechos, desde castraciones por traducciones incorrectas de la Biblia en países eslavos -por solo citar-, o hasta la violencia injustificada al asociar comportamientos conflictivos a religiones africanas como la Abakuá.

Uno de los casos más particulares es el hombre llamado José Julián Martí Pérez, a quien desde alguna fuente histórica desconocida se le adjudicó el mote de Pepe Ginebra, asociándole una conducta etílica empedernida.
Excepto de aquellos que practiquen el respetable arte de ser abstemio, cualquiera disfruta de alguna buena fiesta o mejor conversación si hay un buen rifle de por medio para consumir uno a uno sus cartuchos hasta el último disparo y así hasta que se agote todo el arsenal -monetario o etílico, dependiendo el caso. ¿Entonces constituye un pecado capital que un ser humano, disfrute de momentos así? Claro que no.
Volvamos a la cuestión. En una parte del libro Enfermedades de Martí, del Dr. Ricardo Odelín Tablada, según testimonios de varios de los más allegados al Apóstol, la única bebida que consumía con frecuencia el Maestro era vino Mariani debido a sus propiedades curativas -en este libro se aclara los padecimientos gastro-intestinales que padecía-, excepto una vez en que le fue agregada una pequeña dosis de cianuro por parte de dos agentes pagados por los españoles, suficiente para hacer que el más universal de los cubanos saboreara su última copa.

Así que es fácil adivinar que aquellos que veían imposible detener la preparación de una guerra necesaria -como vía seguramente de impotencia-, utilizaron el mote despectivo de Pepe Ginebra para nombrar a quien ya era un referente político y literario en América.
Entonces qué es lo más doloroso, además de que en la escuelas se hable de un Martí rígido en un busto -muchas veces con rasgos faciales desproporcionados-, además de los versos aprendidos de memoria casi como dogma, que no se inculquen -inculquen, no que se impongan- los valores de un hombre que renunció a ver crecer a su hijo, el distanciamiento familiar y los dolores físicos más diversos por hacer un país donde se rinda culto a la dignidad plena del hombre.
Creo que si de este modo no se hiciera, solo provocaría animadversión hacia su persona -como es el caso de un amigo que cuestiona muchas veces sus pensamientos y citas utilizados en los más amplios contextos. Tampoco esto significa que se tenga que ser martiano por obligación, quienes se encargan de la pedagogía tienen este deber.
Que se asuma con una naturalidad que roza lo absurdo, que el Héroe Nacional de Cuba sea llamado de la manera que se titulan estas líneas, es un signo evidente de enajenación como cubano. Aquellos que tengan o hayan tenido un familiar mayor por el que sientan un afecto desbordado que traspasa cualquier plano, entiéndase padres o abuelos, no permitirían que la memoria de ellos fuera burlada despectivamente. Quienes nos sentimos martianos hasta la médula, sin caer en un fanatismo barato o utilizarlo para un fin político cuestionable, debemos ante todo hacer ver a los ojos de los que se dejan llevar por la corriente de la casi omnipresente tergiversación, el legado de una verdad y el ejemplo de una vida multiplicada siendo arte entre las artes y monte entre los montes o simplemente como quien va Haciendo Fe para …para mover ciudades bajo la piel.

Un Comentario

  • Norma Normand Cabrera

    Sender, te felicito por tocar el tema, sin sonrojo ni escondite. Dices la más absoluta verdad, con el respeto y la devoción que sentimos los cubanos por Nuestro Maestro.
    Te cuento algo: tuve la oportunidad, más la fortuna, de ser alumna del Seminario Martiano que impartía anualmente en la Fragua Martiana el Dr. Gonzalo de Quesada y Miranda. Fue en el año 73 (claro, soy vieja), yo era entonces una joven-maestra-joven. Nuestro anciano maestro nos contaba anécdotas que no aparecen en los libros, algunas que le contó su padre, discípulo y albacea literario de Martí (y quien primero lo llamara Apóstol) y otras obtenidas de sus muchas vivencias como estudioso e investigador de la obra martiana. Un día nos habló del rumor malsano y del mote al que te refieres. Nos dijo que lo echaron a rodar dos periodistas que solían emborracharse en un bar cercano a la redacción del periódico donde trabajaban, para congraciarse, hacerse los graciosos, vaya. Era la década del 40 o algo así. Enterado Quesada, los llamó a su oficina y los requirió. Avergonzados, prometieron rectificar su posición, y así lo hicieron: se retractaron públicamente. Mas el mal ya estaba hecho, el mote se había expandido, ya no se podía frenar. La yerba mala se expande por eso: porque es mala.
    Un abrazo.
    Y gracias nuevamente!

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