Fotografía: Wendy Pérez Bereijo
Economía en Cuba

La importancia de la nueva lucha

Por: Yunier Mena
Bajo el elocuente título La importancia de la tautología, Miguel Alejandro Hayes publica los resultados de su lectura y discusión de mi reciente Carta sobre el socialismo dirigida a Juventud Rebelde, ignorada y más tarde acogida por otros medios de izquierda que por suerte dan voz a los comunistas sin prensa. Hayes observa, en un acto innecesario de relativización del término por el cual me imputa un error teórico, que la liberación de las fuerzas productivas no conduce al capitalismo. Para él liberar las fuerzas productivas es una frase de significado general e impreciso que sugiere el aprovechamiento de la potencia productiva de una sociedad. Las fuerzas productivas, dice con razón, comprenden «la capacidad productiva del hombre, la de la naturaleza, y de lo que estos en combinación crean, la capacidad de los medios de producción». Hayes saca de contexto mi análisis de las fuerzas productivas en relación con el capitalismo, lo desprende de su referencia a una Cuba en transición y lo eleva a la universalidad de la economía política de una manera muy poco marxista.
Liberar las fuerzas productivas, dicho de forma absoluta y categórica, como lo expresó el economista Antonio Romero y como yo lo utilicé en mi respuesta no tiene reducción de magnitud ni ambigüedad semántica o pragmático—discursiva: dejar libre de toda restricción y obstáculo a los actores económicos de un país en transición socialista para que produzcan riqueza, actores entre los que se encuentra la propiedad privada. No se ha dicho liberar algunas fuerzas productivas, sino liberar—las, o sea, liberarlas todas. Tal criterio de liberación en el contexto económico, político y social cubano desembocaría en el establecimiento a corto plazo de una economía mixta capitalista que pretenderá lanzar el comunismo al basurero de las utopías.
En Cuba no hay que liberar las fuerzas productivas, hay que liberar las fuerzas productivas que sirvan para basar el socialismo, liberar, en todo caso, las fuerzas productivas de la tiranía de las relaciones capitalistas de producción. Hay que pensar otra economía, otra política, otra costumbre, otro arte y otro periodismo. Miguel Alejandro Hayes elige sentar cátedra sobre ciertas perogrulladas del marxismo y elige jugar con el lenguaje con afición de sofista o de fílólogo para ignorar el cotexto y el cómo de la revolución de cuya ausencia se lamenta en mi epístola y que en realidad sí aparece esbozado. Remito al lector a ese esbozo que debería ser el verdadero centro del debate para sustituirlo o enriquecerlo.
ida a Juventud Rebelde, ignorada y más tarde acogida por otros medios de izquierda que por suerte dan voz a los comunistas sin prensa. Hayes observa, en un acto innecesario de relativización del término por el cual me imputa un error teórico, que la liberación de las fuerzas productivas no conduce al capitalismo. Para él liberar las fuerzas productivas es una frase de significado general e impreciso que sugiere el aprovechamiento de la potencia productiva de una sociedad. Las fuerzas productivas, dice con razón, comprenden «la capacidad productiva del hombre, la de la naturaleza, y de lo que estos en combinación crean, la capacidad de los medios de producción». Hayes saca de contexto mi análisis de las fuerzas productivas en relación con el capitalismo, lo desprende de su referencia a una Cuba en transición y lo eleva a la universalidad de la economía política de una manera muy poco marxista.
Liberar las fuerzas productivas, dicho de forma absoluta y categórica, como lo expresó el economista Antonio Romero y como yo lo utilicé en mi respuesta no tiene reducción de magnitud ni ambigüedad semántica o pragmático—discursiva: dejar libre de toda restricción y obstáculo a los actores económicos de un país en transición socialista para que produzcan riqueza, actores entre los que se encuentra la propiedad privada. No se ha dicho liberar algunas fuerzas productivas, sino liberar—las, o sea, liberarlas todas. Tal criterio de liberación en el contexto económico, político y social cubano desembocaría en el establecimiento a corto plazo de una economía mixta capitalista que pretenderá lanzar el comunismo al basurero de las utopías.
En Cuba no hay que liberar las fuerzas productivas, hay que liberar las fuerzas productivas que sirvan para basar el socialismo, liberar, en todo caso, las fuerzas productivas de la tiranía de las relaciones capitalistas de producción. Hay que pensar otra economía, otra política, otra costumbre, otro arte y otro periodismo. Miguel Alejandro Hayes elige sentar cátedra sobre ciertas perogrulladas del marxismo y elige jugar con el lenguaje con afición de sofista o de fílólogo para ignorar el contexto y el cómo de la revolución de cuya ausencia se lamenta en mi epístola y que en realidad sí aparece esbozado. Remito al lector a ese esbozo que debería ser el verdadero centro del debate para sustituirlo o enriquecerlo.

2 Comentarios

  • Cubanario

    Buena acertada. Mi opinión se expresa en este comentario: El problema que no plantea el señor Miguel Alejandro Hayes el doble carácter de las Fuerzas productivas muy bien analizado por el comunista y filosofo español Manuel S Sacristán Luzón.

    Dice: “Por tanto, “liberar las FP” no es más que el aprovechamiento racional, óptimo, etc –en dependencia de cómo se asuma- de las capacidades productivas de la sociedad. Lo que puede ser, desde replantear la organización social del trabajo, invertir más en algún sector, mirar más hacia los recursos naturales, reorganizar el uso de la fuerza de trabajo, la formación de esta, y un sinnúmero de factores y acciones, siempre que incidan con signo positivo sobre la producción social”.

    La situación problemática que se plantea hoy para una perspectiva socialista es la eficacia de las fuerzas productivo─destructivas en desarrollo.
    Claro que es peligroso desconocer que la concepción que se tiene del mundo es prisma para relacionarse y proyectarse hacia este, por tanto, de la acción transformadora.

    Por ello, Sacristán refería en una entrevista que “parece preferible estudiar la cuestión en un plano más profundo que el de la estrategia, y lógicamente anterior a él. Creo que el problema de la concepción del papel del desarrollo de las fuerzas productivas en su choque tendencial con las relaciones de producción contiene un conjunto de cuestiones que necesitan una nueva consideración.
    El modelo marxiano del papel de las fuerzas productivas en el cambio social es correcto; creo que la historia conocida sustancia bien la concepción marxiana; ésta es coherente en el plano teórico y plausible en el histórico empírico. De modo que no creo que sea necesario revisar esas tesis.
    La novedad consiste en que ahora tenemos motivos para sospechar que el cambio social en cuyas puertas estamos no va a ser necesariamente liberador por el mero efecto de la dinámica, que ahora consideramos, de una parte del modelo marxiano. No tenemos ninguna garantía de que la tensión entre las fuerzas productivo─destructivas y las relaciones de producción hoy existentes haya de dar lugar a una perspectiva emancipatoria

    ¿En qué plano, pues, se presenta la necesidad de revisar la tradición predominante en el pensamiento socialista? Como ya he dicho, no en el plano teórico. La tensión entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción sigue siendo una constatación realista y de considerable capacidad explicativa de la historia que conocemos, de nuestro presente y de las posibles proyecciones futuras de éste.
    El problema es cómo reaccionar políticamente ante la presente tensión entre las fuerzas productivo─destructivas en desarrollo y las relaciones de producción existentes. Y lo principal de la solución que me parece adecuada consiste en alejarse de una respuesta simplista que se base en una confianza inalterada en el sentido emancipatorio del desarrollo de las fuerzas productivo─destructivas. Si se quiere formular esto de forma más filosófica, se podría sugerir que se trata de romper con el resto de hegelianismo que empuja a confiar en las supuestas leyes objetivas del desarrollo histórico. Por el contrario, habría que entender que un programa socialista no requiere hoy (quizá no lo requirió nunca) primordialmente desarrollar las fuerzas productivas, sino controlarlas, desarrollarlas o frenarlas selectivamente.

    Por el contrario, habría que entender que un programa socialista no requiere hoy (quizá no lo requirió nunca) primordialmente desarrollar las fuerzas productivas, sino controlarlas, desarrollarlas o frenarlas selectivamente. Y se prefiere decir lo mismo de una forma más imaginativa, se podría empezar por señalar que hoy debería estar ya clara la inadecuación, por ingenuidad, de una célebre frase de Lenin según la cual el comunismo son los soviets más la electricidad. No se ve que la célebre presa del Dnieper haya acercado mucho el comunismo. Más bien se puede sospechar que la organización férrea de la sociedad para producir ese tipo de obras ha contribuido considerablemente a destruir los soviets.
    Una política socialista respecto de las fuerzas productivo─destructivas contemporáneas tendría que ser bastante compleja y proceder con lo que podríamos llamar “moderación dialéctica”, empujando y frenando selectivamente, con los valores socialistas bien presentes en todo momento, de modo que pudiera calcular con precisión los eventuales “costes socialistas” de cada desarrollo. Esa política tendría que estar lo más lejos posible de líneas simplistas aparentemente radicales, tales como la simpleza progresista del desarrollo sin freno y la simpleza romántica del puro y simple bloqueo. La primera línea no ofrece ninguna seguridad socialista y sí muy alta probabilidad de suicidio”.

  • Cubanario

    Respuesta acertada. Mi opinión se expresa en este comentario: El problema que no plantea el señor Miguel Alejandro Hayes el doble carácter de las Fuerzas productivas muy bien analizado por el comunista y filosofo español Manuel S Sacristán Luzón.

    Dice: “Por tanto, “liberar las FP” no es más que el aprovechamiento racional, óptimo, etc –en dependencia de cómo se asuma- de las capacidades productivas de la sociedad. Lo que puede ser, desde replantear la organización social del trabajo, invertir más en algún sector, mirar más hacia los recursos naturales, reorganizar el uso de la fuerza de trabajo, la formación de esta, y un sinnúmero de factores y acciones, siempre que incidan con signo positivo sobre la producción social”.

    La situación problemática que se plantea hoy para una perspectiva socialista es la eficacia de las fuerzas productivo─destructivas en desarrollo.
    Claro que es peligroso desconocer que la concepción que se tiene del mundo es prisma para relacionarse y proyectarse hacia este, por tanto, de la acción transformadora.

    Por ello, Sacristán refería en una entrevista que “parece preferible estudiar la cuestión en un plano más profundo que el de la estrategia, y lógicamente anterior a él. Creo que el problema de la concepción del papel del desarrollo de las fuerzas productivas en su choque tendencial con las relaciones de producción contiene un conjunto de cuestiones que necesitan una nueva consideración.
    El modelo marxiano del papel de las fuerzas productivas en el cambio social es correcto; creo que la historia conocida sustancia bien la concepción marxiana; ésta es coherente en el plano teórico y plausible en el histórico empírico. De modo que no creo que sea necesario revisar esas tesis.
    La novedad consiste en que ahora tenemos motivos para sospechar que el cambio social en cuyas puertas estamos no va a ser necesariamente liberador por el mero efecto de la dinámica, que ahora consideramos, de una parte del modelo marxiano. No tenemos ninguna garantía de que la tensión entre las fuerzas productivo─destructivas y las relaciones de producción hoy existentes haya de dar lugar a una perspectiva emancipatoria

    ¿En qué plano, pues, se presenta la necesidad de revisar la tradición predominante en el pensamiento socialista? Como ya he dicho, no en el plano teórico. La tensión entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción sigue siendo una constatación realista y de considerable capacidad explicativa de la historia que conocemos, de nuestro presente y de las posibles proyecciones futuras de éste.
    El problema es cómo reaccionar políticamente ante la presente tensión entre las fuerzas productivo─destructivas en desarrollo y las relaciones de producción existentes. Y lo principal de la solución que me parece adecuada consiste en alejarse de una respuesta simplista que se base en una confianza inalterada en el sentido emancipatorio del desarrollo de las fuerzas productivo─destructivas. Si se quiere formular esto de forma más filosófica, se podría sugerir que se trata de romper con el resto de hegelianismo que empuja a confiar en las supuestas leyes objetivas del desarrollo histórico. Por el contrario, habría que entender que un programa socialista no requiere hoy (quizá no lo requirió nunca) primordialmente desarrollar las fuerzas productivas, sino controlarlas, desarrollarlas o frenarlas selectivamente.

    Por el contrario, habría que entender que un programa socialista no requiere hoy (quizá no lo requirió nunca) primordialmente desarrollar las fuerzas productivas, sino controlarlas, desarrollarlas o frenarlas selectivamente. Y se prefiere decir lo mismo de una forma más imaginativa, se podría empezar por señalar que hoy debería estar ya clara la inadecuación, por ingenuidad, de una célebre frase de Lenin según la cual el comunismo son los soviets más la electricidad. No se ve que la célebre presa del Dnieper haya acercado mucho el comunismo. Más bien se puede sospechar que la organización férrea de la sociedad para producir ese tipo de obras ha contribuido considerablemente a destruir los soviets.
    Una política socialista respecto de las fuerzas productivo─destructivas contemporáneas tendría que ser bastante compleja y proceder con lo que podríamos llamar “moderación dialéctica”, empujando y frenando selectivamente, con los valores socialistas bien presentes en todo momento, de modo que pudiera calcular con precisión los eventuales “costes socialistas” de cada desarrollo. Esa política tendría que estar lo más lejos posible de líneas simplistas aparentemente radicales, tales como la simpleza progresista del desarrollo sin freno y la simpleza romántica del puro y simple bloqueo. La primera línea no ofrece ninguna seguridad socialista y sí muy alta probabilidad de suicidio”.

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