Marxismo

¿Fascismo millenial o populismo fascistoide?

Fotografía: Yolo

“El fascismo es totalitario incluso en el hecho de que trata de poner la rebelión de la naturaleza oprimida contra el dominio directamente al servicio de este último.”

Theodor Adorno

Por: Jaime Malhue

En la historia, el fascismo siempre se asoma luego de una profunda crisis del liberalismo. A comienzos del siglo XX explotó una gran crisis política de representatividad, luego de que la reciente “democracia de masas” no cumpliera con la democratización prometida. A los ya consabidos vicios del liberalismo político—la brecha entre un discurso meritocrático y la realidad de nepotismo y cuoteo político, la consecuente exclusión política y social de sectores postergados, la imposibilidad de seguir manteniendo la retórica liberal del exclusivo esfuerzo individual para el bienestar material, en un contexto social donde era evidente la corrupción de la elite dirigente— se sumaron las catástrofes de la Primera Guerra mundial y el crack económico de 1929. Esto significó un verdadero mazazo para los estratos medios de la sociedad. Frente a la grave crisis que azotaba a Europa surgieron alternativas políticas radicales; primero en la Italia de Mussolini, luego en la Alemania de Hitler. En la actualidad podemos encontrar ciertas similitudes; el azote de la crisis subprime generada en Estados Unidos el 2008 terminó siendo exportada a Europa. Fueron especialmente los latinos —España, Italia y Grecia— quienes pagaron los platos rotos. A nivel político, el declive económico vino acompañado por una nueva crisis de representación. En esta oportunidad, el sueño tecnocrático del neoliberalismo —basado en una dominación sobre supuestos de pretendida neutralidad científica— estallaba en mil pedazos. La crisis fue de tal magnitud, que la misma economía resultó fuertemente cuestionada en su dignidad de ciencia, quedando develada su faceta como “dispositivo de dominación”.

Los gobiernos actuales, con sus políticas populistas, evidencian una debilidad de conducción política preocupante.

El fascismo es un fenómeno alentado por una clase social en particular (aquella resentida por excelencia); la pequeño burguesía. En la sociedad de comienzos de siglo XX — todavía fuertemente influenciada a nivel cultural por el racionalismo ilustrado— las burguesías y los sectores obreros se encontraban resguardados frente a la crisis; los primeros por su condición de elite o clase privilegiada, y los segundos por su alto nivel de organización político-social. En la Alemania de Weimar, la clase obrera estaba articulada tanto en la SPD (partido de influencia marxista más grande a nivel mundial en aquel momento) como en el partido comunista alemán. El sentimiento de claudicación nacional concretado en el pacto de Versalles, luego de la derrota alemana en la guerra, fue especialmente fuerte en la clase media porque significó un doble bofetón; al impacto económico de la crisis se suma la profunda desposesión cultural, debido a los procesos de cambio organizativo en la estructura económica mundial. Con el desarrollo de un capitalismo ya globalizado, se genera un nuevo sector social; el de los asalariados (trabajadores que integran el creciente sector de servicios y funcionarios que se benefician de los procesos de expansión de las burocracias estatales), los cuales ya no se identifican con el obrero fabril, pero tampoco pueden imitar el estilo de vida burgués bajo el contexto de creciente desempleo; esto claramente alimentó el resentimiento hacia ambos lados de la pirámide social. Actualmente, destruida la clase obrera por un sistema económico que giró desde el ámbito de la producción al del intercambio financiero y la especulación, un enorme contingente de sujetos pasó a engrosar las filas de la llamada clase media. La clase media actual parece más que nada un eufemismo, útil para ocultar la pobreza (en un sistema que achaca a los individuos la exclusiva responsabilidad y culpa de sus éxitos y fracasos) como la extrema riqueza (recurso hábil para ocultar privilegios y desigualdades en un sistema de acumulación desigual en extremo); toda una estrategia win-win por parte del capital para defenderse. Ahora más que en ninguna otra época, la clase media puede definirse como clase en transición: “ni pobres ni ricos”, o mejor dicho, “casi pobres” que pretenden vivir como ricos.

El componente económico perdió casi todo su peso frente al componente cultural.

La clase media se define así por un estatus propio basado en la capacidad de consumo, cuyo sistema de expectativas consiste en “llegar a pertenecer” a la burguesía, junto a un profundo rechazo de hecho hacia los sectores populares, los cuales son considerados como “marginales” (como era considerado el lumpen-proletariado para la antigua clase obrera). Cuando las expectativas de ascenso social y los mecanismos de distinción estatutarios dados por el consumo se ven frustrados —o sea, cuando se desatan las grandes crisis económicas— el gran grueso de este gran “ejército de reserva” heterogéneo, es golpeado por la cruda realidad. Esto sucedió en Estados Unidos el 2008, cuando muchos terminaron siendo engañados con la promesa de la casa propia. La codicia e irresponsabilidad de los intermediarios financieros —quienes conscientemente otorgaron créditos hipotecarios a quienes no tenían la suficiente solvencia para poder retribuirlos y comprometieron a empresas como mediadores en el cobro de créditos, utilizando instrumentos financieros engorrosos sin ningún tipo de regulación— creó la corrida de ejecuciones hipotecarias en Estados Unidos (cifra cercana al millón), luego que la Reserva Federal aumentara la tasa de interés para evitar la inflación. El golpe fue devastador para la clase media estadounidense. Por primera vez, el capitalismo neoliberal norteamericano mostró hacia el mundo la monstruosa cara de desigualdad en todo su brutal esplendor. Hileras de homeless adornaron el desolador paraje, siendo California el estado más golpeado de todos; la clase media engañada fue arrojada sin reparos a la calle. Condados ricos como el de Orange County tuvieron que convivir con desalojados viviendo en carpas o en el interior de sus automóviles (uno de los pocos bienes que pudieron conservar luego del embargo). El malestar social fue creciendo; las masas empobrecidas encausaron su rabia hacia la tecnocracia neoliberal encarnada en el Partido Demócrata gobernante, al cual hacían responsable político por no poner coto a la ambición privada que propició la crisis, acusando connivencia entre ambos poderes. El resultado se vería concretado en el sorpresivo ascenso y posterior elección de Donald Trump a fines de 2016.
Los fascismos clásicos combinan elementos de la modernidad (la exaltación por la máquina, evidente en el movimiento futurista que adhirió al fascismo italiano) con elementos pre-modernos (por ejemplo, la búsqueda del mito fundador, presente en su ideología, o la persecución de valores tradicionales). En el caso italiano, Mussolini buscaba revivir las viejas glorias del Imperio Romano, Hitler retrocedió hacia los mitos nórdicos e hindú. En la actualidad podemos constatar una crisis del relato enarbolado por La Ilustración en su incapacidad para servir como fundamento de certeza racional. Esto se tradujo en el profundo descrédito a las ideas del discurso racional-científico, dejando ver el totalitarismo (en tanto que “pretensión de totalidad o universalismo”) oculto en su pretensión de verdad. Aunque tales cuestionamientos proceden debemos ser cautelosos, porque como asevera Habermas, una crítica radical a la razón moderna no solo rechaza las consecuencias degradantes de una relación consigo misma objetualizada, sino que rechaza también todas las connotaciones de la subjetividad; la praxis autoconsciente en que la autodeterminación solidaria de todos puede conciliarse con la autorrealización de cada uno.

O sea, una crítica radical a La Razón no solo hecha por la borda las pretensiones de dominio en el sujeto, sino que extermina toda posibilidad de emancipación.

Cuando decimos adiós a la Ilustración, rechazamos tanto (algunos de) sus aspectos negativos como (buena parte de los) positivos. Por el contrario, el relativismo radical subsecuente ha sido fermento para el resurgimiento de los populismos de todos los signos políticos. El principal culpable —la tecnocracia liberal— abusó de la retórica cientificista económica para justificar un dominio que era, evidentemente y en esencia, político. Desprestigiada la (pseudo)ciencia, luego de no cumplir con las expectativas de estabilidad y abundancia material, las mayorías desconfiadas del discurso científico se vuelcan hacia líderes con explicaciones de mundo más simples y portadoras de sentido, a la vez. Por ejemplo, siempre será más sencillo culpar a los migrantes de las elevadas tasas de desempleo que aquejan a un país, esto ahorraría explicaciones más complejas, relacionadas a las necesidades inherentes de un sistema económico que busca urgentemente mantener una gran masa de “desempleados activos” (sujetos que figuren en la PEA como porcentaje que busca trabajo), mientras acentúa progresivamente las diferencias en la acumulación de la riqueza. De esta manera, la ilustración se transforma radicalmente en mito; “make America great again” es el mito fundador del trumpismo, el cual apela a un pasado remoto en el cual, presuntamente, las antiguas consignas liberales del emprendimiento presentes en la iniciativa del colono norteamericano, pujaron para llevar la consabida prosperidad a toda la nación, consagrándola como primera potencia mundial. Claro, para erigirse triunfante el mito, deben ocultarse muchos hechos; desde el etnocidio perpetrado hacia los nativos norteamericanos, hasta el rol de las instituciones sociales (evidentes en las garantías ofrecidas al colono para motivarlo en la empresa de colonización y anexión de tierras) y un contexto histórico particularmente propicio, que difícilmente pueda volver a repetirse.
Una de las características del fascismo es su tendencia a la totalización de la vida nacional. En su necesidad de cohesión integradora, los fascismos necesitan de jerarquías sociales rígidas en torno a valores morales y culturales conservadoras, gestadas por el imaginario típico de las clases medias. Como bien plantea De Felice, Los nazis intentaron generar un orden social y una identidad cultural basada en una ideología de racismo radical (la superioridad de la raza aria frente a razas consideradas como “inferiores”).

Los fascistas italianos crearon el relato relacionado a “los derechos de la nación proletaria joven”, frente a la vieja nación plutocrática.

En la actualidad, los gobiernos post-liberales convocan a sectores medios mediante un lenguaje radical de odio hacia las minorías; ya sea apelando a la xenofobia, mediante un rechazo acusado hacia grupos pertenecientes a la diversidad sexual, o por un desprecio profundo hacia las ideologías de izquierda. Las clases medias actuales, en su incapacidad para generar una distinción de los sectores populares (por la casi nula diferencia de ingresos económicos entre clases, todo propiciado por una economía ortodoxa centrada en la oferta, que resta poder adquisitivo a los consumidores y los deposita en las grandes empresas), necesitan reforzar su diferenciación identitaria con una retórica de exclusión hacia otros grupos. Esto ha sido muy bien aprovechado por ciertos líderes inescrupulosos, quienes toman la coyuntura de crisis humanitaria junto a los desplazamientos migratorios que lo acompañan, para convertir al inmigrante en chivo expiatorio de los males sociales, políticos y económicos en las sociedades del capitalismo tardío. La otredad alienta además el odio en otro sentido; el grueso de los inmigrantes proviene también de sectores excluidos en sus sociedades de origen. O sea, el migrante carga con un doble estigma; ser extranjero y pobre. Estos grupos desplazados a menudo generan empatía en sectores políticos identificados con la izquierda, quienes aún mantienen resabios del humanismo racionalista en su concepción de mundo. Esto provoca rechazo inmediato en las clases medias poco ilustradas, las cuales reclaman el abandono por parte del Estado, haciendo resurgir la alicaída identidad nacional, perdida en tiempos de globalización, junto a una creciente y agresiva aporafobia hacia los desposeídos. Es notable observar cómo aparece el Estado en coyunturas de crisis económicas, y cómo se relativiza el discurso del esfuerzo individual, incluyendo un organicismo social que resguarde los intereses de esta clase. Igual de agresiva es la discriminación hacia la comunidad LGTB. Como ideología de corte tradicionalista (moralmente conservadora), necesita desatenderse de todo aquello que no sea representativo de valores que lleven al “orden social”. Amenazado el pilar de la “familia tradicional” y cuestionados los valores de disciplina y sumisión autoritaria, los dardos intentan apuntar al desestabilizador social, también presente en la diversidad sexual, considerada como “libertinaje sexual” y “perversión”. En este sentido, la ideología de las clases medias es profundamente cobarde, ya que siempre remite las culpas hacia el último eslabón de la cadena, mientras se rinde apología a los poderosos, quienes son responsables directos por el manejo político-económico que condujo a la crisis.
Goebels y Himmler fueron los encargados de dotar al nazismo de aquella cualidad “teatral” en la lucha política. La estetización de la política se hallaba por doquier; desde las fastuosas puestas en escena que rememoraban verdaderas epopeyas (dignas de la tetralogía wagneriana del Nibelungo), las gesticulaciones exageradas en los discursos rimbombantes de Hitler, hasta los slogans y “frases aladas” que enamoraron al banal y clase-mediero Adolf Eichmann. Todas estrategias y recursos acordes con una política que abandonaba el argumento racional, para abrazar la política de las apariencias. A partir de ahí, se estableció aquella máxima de la política moderna que reza; “las cosas no son como son en realidad, sino como parecen ser”. Luego de casi un siglo de intromisión de la psicología y el marketing en política, estos recursos han sido explotados hasta sus últimas consecuencias. Ahora más que nunca los argumentos racionales han sido perseguidos y denostados como “academicistas”; ya no importa lo que los políticos dicen, sino “cómo lo dicen”. Resulta impresionante cuántas “frases aladas” por minuto puede enunciar un político profesional, como Jair Bolsonaro en Brasil (“Estoy a favor de la tortura. Y el pueblo está a favor también”. “Hay que dar seis horas para que los delincuentes se entreguen, si no, se ametralla el barrio pobre desde el aire”) o como J.A. Kast en Chile (“Las fuerzas armadas no usaron la fuerza para tomarse el poder, sino para recuperar Chile”. “Si Pinochet estuviese vivo votaría por mí”). Es una nueva política de nichos, donde lo importante radica en que el contenido de lo expresado —independiente si es verdadero o no— calce con el ideario de mundo del electorado al cual se apela.

La posverdad inunda las redes sociales con hordas de furibundos simpatizantes que replican los mismos lugares comunes una y otra vez.

Toda una paradoja; en una era donde las comunicaciones y el avance tecnológico han facilitado el acceso a la información, terminamos ahogados en un océano de noticias falsas y teorías conspiranoicas que merman los hechos, privilegiando las especulaciones de dudosa procedencia, pero de efectivo impacto social. Aunque debemos ser claros, esto es en gran parte responsabilidad de un racionalismo que renunció a la crítica, siendo permeado fácilmente por la ideología. La ciencia se doblegó y prestó sus servicios al dominio del poder. Porque detrás del absurdo presente en declaraciones como “los nazis eran socialistas”, se encuentra el delirio hayekiano que confunde toda intervención del estado con autoritarismo. Podemos decir que tanto los regímenes de Hitler como Stalin compartían efectivamente ciertas características proteccionistas (de la misma manera que la mayoría de los Estados de Bienestar en casi todo el mundo occidental de la postguerra), pero de ahí a igualar el resguardo de derechos sociales básicos con el autoritarismo o paternalismo dada por la intervención estatal, hay un gran abismo. Primero, porque la intervención del Estado aparece en todos los sistemas económicos. Aún en el modelo de apertura económica más recalcitrante ha sido recurrente y necesaria la labor del Estado. Qué serían las ideas monetaristas implementadas por los Chicago Boys en Chile sin la labor previa del poder coercitivo estatal, quien intervino brutalmente para establecer “la libertad” (de mercado). Es más, aquel modelo fue profundizado en Chile por la activa iniciativa del Estado (la serie de concesiones otorgadas por Ricardo Lagos, los subsidios estatales constantes a los grandes conglomerados económicos, etc.).

Sería muy fácil contrarrestar a Hayek con los razonamientos de otro liberal, Karl Popper.

Para este pensador, uno de los requisitos para que una teoría pueda ser considerada como científica, es que sus relaciones causales expliquen una variedad acotada de fenómenos. Para Popper, el psicoanálisis sería calificado como pseudociencia, ya que cualquier comportamiento en el organismo conductual (incluso si es contradictorio), puede ser explicado retrotrayéndose a la ontogénesis paterna y la consecuente represión libidinal. De la misma forma, si toda anomalía del mercado puede ser explicada por intervención o proteccionismo del Estado (como recurrentemente aseguran los profetas del libre-mercado), la teoría se vacía en sí misma. Si solo una variable explica todos los fenómenos de una disciplina, entonces esa variable no explica nada. Así recae la ciencia en dogma, y el presunto autoritarismo del Estado se trastoca en un efectivo autoritarismo de pequeños grupos oligopólicos de mercado. Resultado frecuente y muy lejano de la situación de mercado perfecta, con pequeños grupos económicos diversos disputando el espacio del mercado. Uno de los errores frecuentes de esta concepción económica, es la confusión del tipo ideal (tipo construido por la ciencia) con la realidad (con su concepción de mundo). El homo economicus como herramienta heurística para estudiar los comportamientos en el intercambio de bienes, es reemplazado entonces con el deber-ser particular del economista. Esto es visible finalmente, en la construcción —por parte del mercado— de los mismos sujetos cuyo comportamiento debía explicar en primer lugar. El mercado machaca constantemente la ideología del consumo, predicando a su vez el sostenimiento general de salarios que bordean la línea de la pobreza, esto acaba por moldear las conciencias hasta conformar aquel homo economicus, portento de racionalidad en las transacciones, maximizador de beneficios y minimizador de pérdidas. Homúnculo formado a golpes por las mismas necesidades (artificiales) que emanan de la teoría económica. En este sentido, el liberalismo realiza la misma operación que Pierre Bourdieu afirmaba como representativa por excelencia del campo político. Los agentes en el campo político combaten entre sí por la resignificación de conceptos, intentando instalar visiones de mundo. El político tiene la capacidad de “dar vida” a un movimiento social o grupo social, a través de la palabra. Esa misma “cualidad mágica” de la enunciación está presente en el campo académico-económico, al intentar “anunciar” lo que es el ser humano (racional por antonomasia), en el fondo enuncia un “deber ser”, el cual es posteriormente construido por los mecanismos del dominio (la manipulación del mercado, el poder o desidia del Estado, etc.). Esta es solo una breve indagación epistemológica a la economía liberal buscando el origen de su actual descrédito, el cual viene acompañado por la debacle de los liberalismos políticos, que marcan el comienzo de la crisis actual y el ascenso de los populismos fascistoides.
Debemos sopesar bien aquel relato que pretende ver como “peligroso” per-se, el surgimiento de posicionamientos políticos diferentes al liberalismo gobernante. Porque aquella crítica proviene precisamente de aquel “extremo centro” liberal, el cual renunció a hacer política, depositando los centros de decisión y deliberación en cúpulas de economistas y “administradores” de lo público. Ahora, viendo perdido su poder, y temerosos de dónde vaya a parar la otrora democracia secuestrada, rasgan vestiduras en torno al “extremismo político” reciente. Si bien pueden y deben ser criticados los verdaderos excesos —sobre todo de aquellos sectores que promueven un lenguaje de incitación al odio entre las minorías— debemos rescatar una característica de esta época. Aunque la calidad de la política efectuada es dudosa, debemos resaltar el hecho de que comienza a hacerse efectivo una vez más el ejercicio político, en el sentido de que reaparecen en escena las pugnas por valores y visiones de mundo en confrontación, abriendo una vez más la posibilidad de la utopía y la construcción de proyectos sociales a largo plazo, los cuales fueron negados sistemáticamente por el pragmatismo liberal. Una autocrítica desde la misma tecnocracia negacionista y su cobardía de no ejercer política, reconociendo los propios errores, podría ser un puntapié inicial hacia una nueva reflexión que propicie la recuperación de la crisis política actual.
Si bien el fascismo clásico dejó incólume las estructuras capitalistas basadas en la propiedad privada, conserva un gran mérito; la proposición de un proyecto social propio, diferente al del liberalismo capitalista o del socialismo. Este proyecto está basado en el corporativismo y la organización de un Estado centralizado y autoritario. Su radicalidad revolucionaria radica en la solución a problemas universales dejados por el desgaste del liberalismo en el plano político; el agotamiento de la democracia parlamentaria burguesa, el falso pluralismo liberal y un discurso insostenible de libertad individual. Es por esto que los gobiernos postliberales que están emergiendo tras la crisis mundial del 2008 no pueden ser categorizados como “fascistas”. Ya que su única radicalidad se encuentra en el radical lenguaje de odio hacia las minorías, pero que detrás de su retórica incendiaria, esconde la misma administración tecnocrática-liberal fracasada. El equipo económico de Bolsonaro es practicante de una ortodoxia económica recalcitrante. De hecho, prometen seguir con el régimen económico de privatizaciones y disminución estatal. En esto, no habrá sustancial diferencia con los denostados gobiernos del PT. Joaquim Levy, integrante del equipo económico de Bolsonaro, fue exministro de Hacienda durante el gobierno de Dilma Rousseff, llevando a cabo una estricta política de ajuste fiscal. El gobierno de Piñera —prototipo tecnocrático por excelencia— ha sabido cambiar de ropajes con las demandas de la época. Ya en el final de su primer gobierno tuvo que morderse la lengua y sacar a relucir la misma “política de bonos” utilizada por Michelle Bachelet, y criticada por su mismo sector político. El segundo gobierno de Piñera ha demostrado expertiz comunicacional, manejando la agenda cada vez que la temática social se muestra incómoda para el gobierno. Aunque claro, los límites de tal manejo se encuentran en la exclusiva negatividad de una conducción política que solo es capaz de bajar temas que compliquen a su sector, instalando en la ciudadanía otros temas que tocan la sensibilidad social, pero que finalmente no tienen posibilidad de concretarse en políticas institucionales. Esto resulta muy evidente en el último intento desde el ejecutivo por legislar sobre el control preventivo de identidad, tratando de aplicarlo a menores de 14 años. La iniciativa no cuenta con respaldo desde el legislativo para ser aprobada, pero eso es intrascendente, ya que cumple bien su función como “luces de bengala”, útiles para reencausar a la opinión pública, sobre todo cuando los fuegos de artificio son lanzados durante el peak del movimiento feminista, luego del pasado 8 de marzo. También, el uso de la política externa (entiéndase “el caso Venezuela”) como herramienta personalista para acrecentar la popularidad interna del presidente, son formas de hacer política que coinciden mucho más con el populismo que el mismo Piñera desdeñaba, que con los fascismos clásicos estudiados o con la pretendida desideologización tecnocrática proclamada a cada tanto. Detrás del uso (y abuso) de la agenda internacional para beneficio nacional, se encuentra el conocido tecnócrata chileno Cristián Larroulet, fundador de la Universidad del Desarrollo y del Instituto Libertad y Desarrollo.
Entonces, con los antecedentes sobre la mesa, podemos concluir finalmente que, en su cobardía por proponer un proyecto de sociedad alternativo propio, los gobiernos surgidos luego de la crisis liberal no merecen el calificativo de “fascistas”. Por el contrario, la característica más importante de este fascismo millenial —o mejor dicho, este populismo fascistoide— es su retórica extrema; un lenguaje de odio hacia las minorías (sectores sociales que podrían proponer una verdadera salida a la crisis) que sirve de cubierta transitoria mientras que el liberalismo rearma su liderazgo económico-político tras bastidores, dejando el trabajo sucio a este tipo de gobernantes, en caso de que algo salga mal (de que la odiocidad decante en el ejercicio efectivo de la violencia). No debemos subestimar la potencialidad del lenguaje extremo (hasta la Kristallnacht de 1938, el hostigamiento de los nazis hacia los judíos se limitaba al lenguaje de odio y ciertas disposiciones legales discriminatorias), y sobre todo en contextos de crisis donde la asimetría de poder entre el líder y las masas es notoria, pero es nuestro deber desenmascarar la irresponsabilidad de gobiernos que re-ejecutan las viejas máximas del conservadurismo; “cambiar todo para que nada cambie”, mientras alientan el odio hacia masas aturdidas por una época en que la desinformación ha logrado descalificar y reducir la evidencia empírica en su totalidad, a mera ideología. El sujeto político actual se encuentra en una mayor indefensión que aquel de los populismos clásicos (durante el peronismo, el movimiento obrero se construyó como sujeto político mediante décadas de aprendizaje en la lucha política y sindical, erigiéndose como un actor de poder frente al gobierno de Perón). El sujeto político actual se nutre del resentimiento, luego de una coyuntura de crisis económica que ha vapuleado sus esperanzas de ascenso social y sus posibilidades de satisfacción mediante el consumo. No posee capital económico ni cultural para poder transformarse en agente de peso dentro del campo político, ni tiene capacidad para lograr una articulación organizativa que le permita capear de mejor manera la situación de crisis. Se convierten así en instrumento perfecto de líderes desaforados que buscan mantener cuotas de poder, aprovechando las crisis para seguir inclinando la balanza a favor de las elites. La creación de un “contra” como “volador de luces” político-social, permite la tranquilidad de trabajar tras bambalinas, en la búsqueda de la estabilidad y retorno del festín liberal inaugurado a comienzos de los noventas. Estos personajes están jugando con fuego, porque las consabidas “consecuencias no deseadas de la acción” nos pueden llevar, en el peor de los escenarios, al surgimiento de líderes nefastos, que aprovechen el analfabetismo político imperante en beneficio de las mismas elites corruptas que “rompieron el saco” económico, a gobiernos de corte totalitario donde el despliegue sistemático del terror sea la tónica frente al Estado de derecho, o al desenlace fatal de un desastre bélico de connotaciones mundiales. Así de lejos puede llevarnos la irresponsabilidad del dominio del capital, y lo más terrible, es que no estamos inventando nada. La historia debería servir de lección para no volver a repetir el re-surgimiento de los fascismos, y su bataola de destrucción irracional, al servicio del capital.

Tomado de Materia Oscura

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