Marximo en Cuba,  Marxismo

Sobre la breve historia de la ciencia

En respuesta al artículo “Una breve historia sobre la Ciencia”

Por: Iramís Rosique

Miguel:

En esta ocasión vengo a hablarte sobre cierto artículo que acaban de publicar con el modesto título de “Una breve historia sobre la Ciencia”, de la mano del camarada René Portuondo. No había forma de que no leyera tal cosa, en tanto esa es una de mis regiones de interés en este negocio nuestro del pensamiento marxista. No obstante, otra vez voy a compartir contigo algunas observaciones pesadas sobre el texto. Y sí, has conocido a uno de los matanceros más impertinentes que ha llegado a La Habana; pero eso no quita el sueño: después de todo, ya alguien catalogaba hace poco a Marx cariñosamente como el mayor aguafiestas de la historia.
Para ser un texto de marxistas para marxistas, el camarada René nos trata un poco como a niños con un cuento veloz y demasiado ligero sobre un tema tan largo y grave como es la historia de la ciencia. Incluso cuando fuera a buscar brevedad, creo que las preguntas fundamentales merecían un trato más serio: ¿cómo y por qué surge la ciencia? ¿cómo cambia en el tiempo? ¿cuál es su relación con otras formas de la conciencia social? Y lo más importante, pero ausente en el documento: ¿qué es la ciencia? Porque no se puede explicar la historia de un fenómeno desconocido y oscuro.
Cuando René aborda el origen de la ciencia, incurre en varias imprecisiones que no son triviales. “Desde el surgimiento del hombre como especie, el deseo de explicarse los disímiles fenómenos (…) le impulsaron a pensar en los en los mismos como parte de su propio desarrollo”, dice. Primeramente, existe una diferencia importante entre el momento en que surge el hombre como especie —es decir el Homo sapiens—, y otro posterior en el que este se convierte en un ser social, cuando comienza su apropiación consiente del mundo, cuando —como dirías tú— comienza a producir socialmente su realidad; estos representan dos etapas de la “historia natural” del ser humano. Obviando este momento del Génesis y una vez hombre tenemos otro tema: el hombre no posee tal cosa como un deseo de explicarse el mundo anterior a la necesidad objetiva de explicárselo para poder producir su vida. Por último, ¿qué se supone que significa pensar los fenómenos “como parte de su propio desarrollo”? Oscuridad, al menos para mí.
Más adelante se enfrenta Portuondo a la época en que verdaderamente surge la ciencia, o la primera Ciencia. “En un primer momento predominaron sobre la razón y las ciencias, las explicaciones teológicas del mundo (…)”, comienza el siguiente párrafo. Aquí cabría preguntarse, ¿sobre qué razón y ciencia priman estas explicaciones? ¿Sobre la “razón pura”? No existía en los pueblos pre-científicos tal tensión. La racionalidad es un fenómeno que posee carácter histórico, que se nutre de muchos saberes y sobre el cual operan distintas dimensiones de la conciencia social; y, aunque no nos guste, nació —no podía ser de otro modo— preñada del mito. Por cierto, aquí viene mi segunda discrepancia: las primera explicaciones no son teológicas, ni siquiera religiosas: son míticas. El mito es la primera forma en la que el hombre se explica la realidad, mucha antes incluso de que —como resultado de la progresiva división social del trabajo— se separe del mito un cuerpo organizado que pasa a ser la religión. Y aquí ni hablar de teología que es una forma más desarrollada y organizada aún: la teología no puede confundirse con la religión sistematizada: la teología es pensar la religión, investigar la naturaleza de lo divino: es, a su modo, una “imitación”, un saber “parecido” —al menos en aspecto— a la ciencia.
“Aún en estas condiciones algunos pueblos de la antigüedad (griegos, romanos, egipcios, mesopotámicos, fenicios, etc.) realizaron descomunales avances científicos que impulsaron el desarrollo del hombre primitivo y lo colocaron como sujeto activo y transformador ante la naturaleza”. Aquí se evidencia claramente la necesidad de tener claro el concepto de ciencia; si no, se corre el riesgo de incurrir en errores como el del autor: confundir la ciencia con la técnica. Es la técnica, que nació en el instante en que el primer hombre creo y usó una herramienta de trabajo, la que coloca a la humanidad como sujeto activo y trasformador de la naturaleza. La ciencia puede contribuir o no a este proceso de empoderamiento: de hecho, el período histórico de la ciencia en que esta es realmente un elemento vital del progreso de las fuerzas productivas es el que ocurre a partir del surgimiento del capitalismo. La Ciencia, o la primera ciencia, madre de la ciencia moderna, no surge en cualquier pueblo de la antigüedad, sino exclusivamente en Grecia. ¿Por qué? Porque dadas las condiciones geográficas e históricas del Egeo, constantemente en intercambio con culturas disímiles, ya por el comercio, ya por la guerra, el componente mítico-religioso de la explicación del mundo se debilita, lo que permite que ocurra un proceso único conocido como “el paso del mito al logos” mediante el cual el pensamiento —la racionalidad— se desmitifica progresivamente: esto da espacio para que surjan los primeros naturalistas de la historia: los sabios milesios, que ya no buscan un poema o un dios el origen del mundo, sino en elemento de la realidad concreto-sensible: el agua, el fuego, el aire… Ahí nace la primera Ciencia que no es en lo absoluto lo que conocemos ahora, sino una mezcla de saberes sobre el mundo (filosofía, política, física, matemática, medicina…). No debe confundirse el saber de los chinos sobre la fundición de metales con el estudio de los metales realizado por Aristóteles en su Física; o el domino de la medición que poseían los agrimensores egipcios con la reflexión abstracta sobre las figuras de los geómetras pitagóricos. De hecho, la ciencia griega a los efectos del desarrollo de las fuerzas productivas significó muy poco, a pesar de la luminosidad que todos le reconocemos, por el simple hecho de que, para el griego pensador y naturalmente aristócrata, la producción, el trabajo, eran actividades inferiores e indignas propias de esclavos: ahí radica la razón del abismo entre teoría y práctica en Grecia. Fíjate que incluso el griego crea una institución mediante la cual realizar actividades físicas completamente ajenas al trabajo: el deporte. A ningún pueblo antiguo se le ocurrió jamás tal cosa; siempre la actividad física estuvo ligada o al trabajo o a la guerra; los griegos inventaron el deporte, exclusivo de la aristocracia, para separarla de una vez por todas.
Entonces qué es lo que distingue a la ciencia de otros saberes y prácticas intelectuales: la ciencia podría definirse —y lo digo con modestia, aunque no parezca— como la actividad mediante la cual el hombre se apropia de la esencia de la realidad objetiva mediante el uso de la razón, y es además el cuerpo de saberes que obtiene de este modo. Esto no quiere decir que la ciencia sea infalible, en tanto la razón posee carácter histórico y está influida por otras esferas de la conciencia social.
No reproduciré los que a continuación se dice sobre la ciencia en el medioevo, porque solo amerita un calificativo: panfletario. Si se estudia con un mínimo de seriedad el pensamiento medieval comprenderemos que en la época ni se dejó de intentar explicar el mundo, ni se dejó tampoco de filosofar. Lo que ocurre en la Edad Media es un cambio radical del contenido de la racionalidad que vuelve a mitificarse y ya no se desmitificaría más hasta el siglo XVII: la razón medieval es religiosa. Incluso el buen Bruno, mencionado por nuestro camarada, no arde en la hoguera por negar a Dios, sino por afirmar que, como la Tierra, existían allá afuera infinitos mundo en los cuales también había hombre que adoraban a Dios. No obstante, fue más de lo que la Iglesia pudo soportar. En cualquier caso, el desarrollo más intenso del pensamiento siguió ocurriendo durante el medioevo en el mundo árabe, tierra de inventores y filósofos. Y en Occidente recordemos a los maestros de Oxford como Guillermo de Occam y Duns Escoto que aprendieron de Avicena, Averroes y otros árabes ilustres los rudimentos de lo que sería luego la nueva Ciencia Moderna, tales como la experimentación.
Hay verdadera belleza en el proceso mediante el cual el pensamiento medieval comienza a terrenal izarse progresivamente con el fin de la escolástica tardía de la mano de, por ejemplo, los maestros de Oxford y los libros árabes. Hay una gradualidad sutil pero ascendente que nos trae directamente a hoy, con momentos fundamentales, pero Rene prefirió ponérnoslo al modo soviético, con la regla del hacha y el machete. El párrafo profundamente ideológico en que entra en la escena de la ciencia la burguesía está también plagado de irregularidades. Primero, la Ciencia moderna surgió, naturalmente, con la Modernidad, el Renacimiento, período que cubre desde el surgimiento del capitalismo hasta más o menos su afianzamiento con las revoluciones burguesas, por lo que estas no influyeron en lo absoluto al nacimiento de la Ciencia Moderna. Segundo, la burguesía en efecto impulsa el desarrollo de la ciencia, pero hace esto desde mucho antes de ser una clase dominante, cosa que solo logra luego de las antes mencionadas revoluciones. Además, la burguesía no buscó conscientemente la liberación de la ciencia, desarrolló esta y punto; como decía, la desmitificación del pensamiento —la ciencia incluida pero no exclusiva— es un proceso paralelo que se no atiende a una participación consiente, activa y ordenado de la burguesía hasta el movimiento de la Ilustración en vísperas de las tan mentadas revoluciones.
Hay una frase que me sorprende especialmente: “La supeditación teológica fue rápidamente sustituida por la supeditación ideológica”. ¿No es acaso la religión una forma ideológica de explicar el mundo? No ahondo más ahí porque volveré sobre el tema de la “pureza” de la ciencia.
El análisis del comportamiento de la ciencia durante el período del capitalismo industrial merecía un mayor respeto, en tanto aquí ocurre uno de los cambios más importantes para el funcionamiento de esta institución como la conocemos: la profesionalización de la ciencia, un resultado de, por un lado, la profusa división del trabajo que produce el capitalismo; y por otro, de la estrecha vinculación que se establece entre ciencia-innovación-productividad. También se obvian cuestiones presentes hoy como el compromiso social de la ciencia.
Todas estas imperdonables omisiones cobran sentido en los últimos dos párrafos en los que se evidencia que la verdadera tesis del autor no es sobre la ciencia, sino sobre su relación con la ideología. Antes de ir definitivamente a por esta tesis. Me permito hacer un rodeo sobre una consecuencia de la mencionada profesionalización que le hubiera aclarado mucho al autor. Desde que los científicos dejaron de ser aristócratas autodidactas que realizaban sus experimentos en los salones de sus palacios para divertimento suyo y se convirtieron en obreros asalariados más —independientemente del ropaje sedoso que vistan, y de su autopercepción como alguien superior al obrero fabril—, no son realmente libres en su materia de investigación o, incluso, en la naturaleza de sus resultados. En ciencias naturales se manifiesta en el que nadie investiga lo que desea como aquel investigador utópico que se hace preguntas y desnuda el mundo a su antojo; quien financia la ciencia decide de qué esta se ocupa. Esa es la verdadera y única subordinación que ejerce el capital sobre la ciencia: económica. En el mundo de las jóvenes ciencias sociales —nacidas en el siglo XIX—, el poder del capitalismo no solo se manifiesta sobre la región de estudio sino incluso sobre los resultados del estudio. Nadie olvide que la socialización del conocimiento es un momento fundamental del proceso científico, y ese no está en manos de los investigadores, sino del capital. Lo que ocurrió en la URSS es, a su manera, una forma de esto, donde la ciencia no se subordina al capital, pero sí al poder, adoptando la forma de ideología política —con apellido.
En cuanto a la relación de la ciencia con las demás formas de la conciencia social ideológicas o no, hablemos un tanto. La idea de supuesta liberación de la ciencia, etc., etc., que se insinúa en el texto no es sino una manifestación del enfoque que en filosofía de la ciencia se conoce como internalismo, el cual posee una imagen de la ciencia como cuerpo que puede y debe mantenerse puro de las influencias sociales. Lo que desconocen siempre los internalistas es la ciencia la hacen científicos —y científicas— que son hombres —y mujeres— concretos que existen en un momento histórico determinado y que en el acto de hacer ciencia no pueden despojar de su mente todas sus otras dimensiones espirituales. El caso paradigmático es el de aquel historiador natural inglés que tuvo antes que Darwin frente a sí todos los datos empíricos que luego a Darwin lo llevarían a enunciar la teoría de la evolución por selección natural; sin embargo, el señor era un ferviente cristiano y ni siquiera consideró tal hipótesis. Otros tantos son los teóricos de la superioridad racial, o los primeros criminólogos que pretendían con la forma del cráneo asociar conductas delictivas. En todos estos casos estamos realmente en presencia de hombres serios, hombres de ciencia, y no rufianes; pero sencilla y llanamente no son solo hombres de ciencia, sino también todo lo demás: religiosos, sujetos morales, racistas, etc. Incluso el infame Lysenko amigo de Stalin cuando enunciaba sus ridículas teorías sobre mejoramiento vegetal contrarias a la genética de Mendel, creía que estaba haciéndole un favor al marxismo. Además, debo agregar que esta permeabilidad de la ciencia por otras esferas de lo social no es siempre perniciosa: montones de investigaciones exitosas han comenzado por sueños y corazonadas que más tienen que ver con la religión que con la ciencia, o producto de una toma de conciencia de un problema social concreto como una enfermedad. Te recuerdo a célebre Oparin o a Pávlov o a Vygotsky, a quienes su militancia filosófica en el marxismo orientó sus esfuerzos investigativos, reconocidos en el mundo entero.
La ciencia no puede existir en una torre de marfil por el simple hecho de que la hacen hombres sociales que responden en su actividad, no a un deseo innato de comprender el mundo, sino a una necesidad social de hacerlo.

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