Onírica

Crepúsculos

Por: Norma Normand Cabrera
Siempre le había gustado bañarse en la playa al atardecer. Por eso, en su ya lejana primera cita, mientras hacían el amor dentro del agua, Fausto le dijo que le regalaba la puesta de sol de aquel sábado en Guanabo. Después se volvió una costumbre y cada ocaso que pasaban juntos Melina lo recibía como ofrenda.
Hacía mucho la vida los había separado, o quién sabe si colocado las cosas en su lugar: después de todo los dos eran casados, tenían hijos, responsabilidades familiares. Pero nada de eso le importó entonces a Melina, como tampoco parecía importarle ahora, al enfrentarlo de nuevo, cual bendita aparición. Esta vez era Varadero. Esperaba sentada en la arena la llegada del crepúsculo cuando lo vio avanzar por la orilla, con aquel paso de dueño del mundo que ella tan bien conocía. Se incorporó y caminó a su encuentro. Él, al reconocerla, se apuró para alcanzarla. Sin mediar palabra, entre nerviosos y sorprendidos, se abrazaron con ternura. Al separarse, y como al descuido, se recorrieron con la mirada, complacido cada uno de lo que veía frente a sí.
-¡Melina, esto sí que es una sorpresa!, ¿cuánto tiempo ha pasado?, ¿quince años, veinte?
-No, Fausto, ni quince ni veinte: ¡dieciocho!, no nos veíamos desde el verano del 93, la noche que me llevaste al Salón Rojo del Capri.
– Sí, ahora me acuerdo te encantaba oír a Alberto Herrero cantar Toda la vida y yo quise que lo vieras personalmente. Linda aquella noche.
– Fue una noche de lujo, lástima que fue la última para nosotros, al día siguiente te fuiste de viaje y ¡en fin!, los dos sabemos que no nos volvimos a ver.
– ¡Nos vemos ahora!, el mundo es un pañuelo, y Cuba es larga y estrecha, algún día nos íbamos a encontrar. ¿Estás sola?, en la playa, quiero decir.
– No tengas pena en preguntarme, Fausto. Por la vida ando sola, hace más de quince años que me divorcié; en Varadero estoy desde hace unos días con mi hija y con mi nieta.
– ¡Vaya! Yo también soy abuelo, y también me divorcié. ¿Cuándo te vas?
– El lunes, me quedan tres días en este paraíso.
– Yo me voy esta noche para La Habana. Vine para un evento que terminó hace un rato. Pero antes de coger carretera decidí caminar un poco y darme un chapuzón, me vendrá bien para un resfriado que me tiene bastante molesto. Sabes cómo siempre preferí esta hora para venir a la playa.
– Igual que yo. Todos los días he esperado aquí la puesta del sol; para mí es un momento sublime, tan intenso y a la vez tan fugaz. El amanecer es precioso, pero yo me quedo con la tarde-noche, como se le dice ahora.
– ¡Pues al sol lo despediremos juntos hoy, como hacíamos antes!
No hubo resistencia de la mujer al reclamo masculino. Tomados de las manos caminaron mar adentro y una vez allí el lenguaje de los cuerpos se ocupó de hablar por ambos. La memoria de los sentidos regresaba con fuerza inaudita, sin darle espacio al razonamiento de que eran abuelos, que debían guardar la compostura. Se entregaron de manera casi brutal, como si fuese para los dos su última vez Él la llamó de nuevo por Mesalina y le regaló ese atardecer espléndido que ella le dijo guardaría junto con los otros que atesoraba.
Cuando regresaron a la orilla parecían personas distintas, tal adolescentes cómplices de amores escondidos. Se miraron entre culpables y pícaros, entre imprudentes y simuladores, pero de ningún modo arrepentidos.
Fue Melina quien quebró el silencio que los envolvía.
– Encontrarte ha sido como un sueño, pero ahora tenemos que despedirnos: el sol anda ya por el otro lado del mundo y tú tienes que irte. ¡Ojalá pudiera repetirse!
– ¡Se va a repetir!: te doy mis teléfonos y me llamas en cuanto llegues a La Habana; nos ponemos de acuerdo y yo te recojo, vamos a un lugar más íntimo, ¡tenemos tanto de qué hablar!… Yo localizo dónde está cantando Alberto Herrero y le oyes otra vez Toda la Vida. ¿Qué me dices?
– Que toda la vida pasó ya para nosotros, Fausto. El martes vuelvo a Madrid, vivo allí hace doce años con mi hija y con mi nieta. Quizás la próxima vez nos encontremos por allá…
II
Melina subió al avión de regreso a España sintiéndose cansada y con un ligero malestar: “a lo mejor Fausto me pegó la gripe”.
Durante el despegue, evocaría una vez más aquel episodio veraniego como una travesura que la hizo sentir nuevamente viva. Absorbida por la rutina de los quehaceres domésticos, llevaba años de abstinencia sexual. “Vamos, Melina, la tercera edad puede tener también sus encantos, ya ni tienes la preocupación de un embarazo, y estás en forma todavía, igual que aquel cabrón, al que parece no haberle pasado el tiempo por encima, ¡le cambió el alma al diablo, coño, qué bien puesto tiene el nombre!”.
Abrió la revista que había comprado en el aeropuerto y al hojearla se detuvo en un artículo sobre el VIH/sida. Le llamó la atención lo referido a las posibles primeras señales de infección: “a los pocos días de alojarse el virus en el organismo pueden presentarse síntomas inespecíficos, semejantes a los de cualquier otra patología, como una sepsis urinaria o un catarro común, por ejemplo, a los que no se les suele dar importancia”.
Melina sintió escalofríos. Pensativa y preocupada, miró hacia afuera: en el infinito, las nubes parecían estar al alcance de las manos. El cielo comenzaba a teñirse de dorados. Faltaba poco para que su vuelo interceptara el crepúsculo.

Leer historia anterior

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: