Onírica

Heredero

Por: Norma Normand Cabrera
– Profesora, ¿puedo hablar un momento con usted?
La pregunta me hizo abandonar la lectura que me mantenía absorta, mientras disfrutaba la inusual tranquilidad que reinaba esa tarde en la biblioteca. Quien así me distrajo fue uno de mis alumnos dilectos del curso anterior: Tomás. A la vez inteligente e ingenuo, respetuoso y audaz, formal y divertido.
Aquel joven parecía estar hecho de contrastes, de ahí que resultara tan atractivo. Y era también comprensivo y solidario con los problemas ajenos. Por eso desconcertó su intransigencia desmesurada cuando meses atrás me tocó explicar en su grupo la teoría malthusiana: …” tiene el nombre de su creador, el economista británico Thomas Malthus, quien en 1798 publicó el Ensayo sobre el principio de la población. Su tesis raigal sostiene que el ritmo de crecimiento poblacional se comporta en progresión geométrica, en tanto el aumento de los recursos necesarios a la supervivencia lo hace en progresión aritmética. La teoría de Malthus contradecía la creencia optimista prevaleciente en el siglo XIX, de acuerdo con la cual la fertilidad de una sociedad acarrea su progreso económico. Ha sido muchas veces utilizada como argumento en contra de los esfuerzos que pretenden mejorar las condiciones de los pobres”…

-¡Permiso, profesora!
– Dime, Tomás.
– ¿Eso significa que la especie humana podría estar destinada a desaparecer?

-Lo estaría, según Malthus, de no producirse guerras, o hambrunas, o grandes epidemias, eventos actuantes como agentes de contención de ese fenómeno, al que se ha dado en llamar “catástrofe malthusiana”.
-¿Una selección natural a escala social?: ¡pues eso me parece una genialidad!, en la historia se han sucedido desastres que a la postre han servido de reguladores de las explosiones demográficas. Ahora mismo pasa con el sida…
Por unos instantes el silencio pareció cortar el aliento de todos los que estábamos en el aula. Y cuando estallaron las réplicas de los demás alumnos a tan ultraconservador juicio poco pude hacer para restablecer el orden y continuar la clase.
Luego supe que la discusión, cada vez más subida de tono, siguió por varios días en los pasillos. A Tomás llegaron a bautizarlo con apellidos de tan siniestra recordación como Hitler, Stalin, Truman, o Torquemada. Asumía ribetes dramáticos cuando lo apodaban Tomás Maltús, castellanización liberal del nombre del célebre economista. Era obvio que aquel muchacho, quien hasta entonces se había mostrado sensible y sensato, encontró en la retrógrada teoría una justificación a su real modelo de pensamiento. Defendía a ultranza el criterio de que el sida había surgido por una necesidad de reordenamiento poblacional. Decía que era inútil, por tanto, usar protección en las prácticas sexuales: cual guadaña de la contemporaneidad, el sida estaba llamado a escoger a los más débiles, en una suerte de limpieza demográfica de donde emergerían saludables los individuos más fuertes.
Tomás había devenido una caricatura postmoderna y tropicalizada de su tocayo británico nacido en el siglo XVIII. Y aun cuando nuestra relación alumno-profesora continuó de manera afable, según correspondía, no niego que en el orden personal los méritos del otrora querido discípulo se depreciaron ante mis ojos y me cuestionaba la razón de su insólita conducta. Por eso, la solicitud de Tomás me tomó por sorpresa aquella fría tarde de febrero, en medio de la paz de la biblioteca. Dispuesta a escucharlo, le pedí que se sentara a mi lado. Con la cabeza baja, me susurró apenas: -Mi novia está embarazada… dio positiva al VIH… ¿usted cree que el bebé pueda salvarse, profesora?

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