Onírica

Gramsci y la navidad

Queridísima mamá, ésta será la quinta Navidad que paso privado de mi libertad, y la cuarta en la cárcel. Verdaderamente las condiciones de detenido en las que pasé la Navidad de 1926 en Ustica eran una especie de paraíso de la libertad personal en comparación a las condiciones de encarcelado. Pero no creas que mi serenidad disminuyó. Envejecí por cuatro años, tengo muchos cabellos blancos, perdí los dientes, ya no río con gusto como antes, pero creo haberme vuelto más sabio y haber enriquecido mi experiencia de los hombres y las cosas. Además no he perdido el gusto por la vida; todo me sigue interesando y estoy seguro que aun si ya no puedo zaccurrare sa fae arrostia [‘pelar las habas asadas’, en sardo], no me disgustaría ver y oír a otros pelar habas asadas. Por lo tanto no me he vuelto viejo ¿de acuerdo? Uno envejece cuando comienza a temer a la muerte y cuando le desagrada ver a los demás hacer lo que nosotros ya no podemos hacer. En este sentido estoy seguro de que tú tampoco eres vieja, no obstante tu edad. Con toda certeza estás decidida a vivir mucho tiempo para poder volver a vernos a todos juntos y poder conocer a todos tus nietecitos: Mientras se desee vivir, mientras se siente el gusto de la vida y se quiere alcanzar todavía alguna meta, se resiste a todos los achaques y a todas las enfermedades

Antonio Gramsci, diciembre de 1930, cárcel de Turi.

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