Onírica

Mi pecera

Por: Anckla

Si seguimos la historia como la cuentan los vencedores , la luz de la pecera fue dorada e impoluta. Los peces eran verdes todos, y esperábamos el alimento que, cual maná, caía del cielo rojo y despejado.

No me explico por qué varios peces verdes, y algunos rojos cambiados a voluntad, se quedan el alimento valiéndose de los agresivos y tontos azules creados por conveniencia, para cual parásitos, pegar su lengua en aquellos que intentan tocar superficie.
Hoy la pecera es opaca, turbia. Algunos colores nuevos no adornan sino que deprimen el ambiente. La idea del cielo cambió de ubicación cardinal.
En el principio del cambio, los desarrollados en blanco mantenían saludables a los otros por mera conciencia marina, hasta que utilizados como moneda, los llevaron impulsados a otros cielos. Primero obligados, y luego se obligaron a sí mismos, dejando la conciencia entre las rocas del fondo. Ahí los transparentes la devoraron. Estos últimos, toman los colores a voluntad siempre que puedan tocar el cielo, o al menos respirar en la superficie. A veces, al contrario, se decoloran desde arriba para depredar mejor en el fondo.
Mi pecera es apretada por tanto espacio, y holgada en su parte estrecha. Se nada con recelo del pez que nada a tu lado. No se fían del color, sino de las burbujas que dejan, y casi siempre son azules.

Los peces grises, siempre en el fondo, se mantienen entre ellos e incluso, merodean a los otros esperando devorarlos. Entre rojos y verdes se combinan los grises, aunque no duran mucho.
Los corales de mí pecera se deterioran o derrumban a cada rato.

Los del fondo, entiendan, que existen barreras de corales muy vistosas, pero rojos y verdes los dominan. Incluso las esponjas y pólipos de aquellos peces de paseo en mí pecera, igual tienen sus colores.

La barrera más temida es de coral de fuego, cien veces más resistente, y su puerta ostenta una aldaba que repele a muchos peces.
Aunque tiene muchas otras puertas y muchísimas más ventanas, es impensable relacionarse con visitantes en mi pecera. Podemos agredirnos entre nosotros, ley del más adaptado; pero si es con esos peces dorados y albinos, amenaza la aldaba.
Existen peces muy viejos, pero no abundan los alevines. Cada vez es mas difícil procrear en mi pecera. Nuestras mejores hembras cazan a los dorados, y hasta algunos machos cazan a los albinos, bajo el riesgo del coral de fuego.
Según la historia contada por los vencedores, mi pecera es un paraíso. Hoy el verde no significa esperanza, y hemos aprendido que adaptarse es sinónimo de transparencia. Ser transparente permite cambiar de color por necesidad.
La luz de mi pecera es dorada e impoluta, como cuentan la historia.

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