Onírica

Pundonor

Por: Norma Normand Cabrera
Eliseo, el respetable comerciante descendiente de rancios inmigrantes españoles, “vio nacer” a Ketty, hija menor de la joven pareja que desde su casamiento, más de ocho años atrás, vivía en la casa aledaña. A partir de entonces entablaron excelentes relaciones de vecindad y hasta llegaron a ser buenos amigos entre sí, en particular las mujeres. Por eso, la esposa del viejo, amable y generosa, en representación de la madrina oficial, llevó a la niña a la iglesia el día del bautizo, y como la acunó en su regazo durante toda la ceremonia religiosa pasó a ser llamada su “madrina de brazos”.
La pequeña crecía linda e inteligente, graciosa y locuaz. Poco a poco se fue convirtiendo en la consentida de aquella especie de hogar alternativo, donde a diario pasaba las tardes jugando con la hija adolescente del matrimonio, muchacha acomplejada por el color de su piel, muy oscura para su gusto, quien idealizaba a Ketty como la hermanita blanca que tanto hubiera querido tener de no haber escogido el padre a una negra para traerla al mundo.
Encaminados los quehaceres domésticos, la madre de Ketty iba a buscarla, casi siempre en ese momento en que el día languidece y se torna propicio para sentarse unos minutos, charlar trivialidades, relajar tensiones. Caridad, la dueña de la casa, disfrutaba también ese tiempo de descanso antes de continuar con la rutina culinaria de toda jornada.
– ¡Pasa, Lina! Ahora mismo te traigo café…Ketty anda por allá adentro con Clarisa… Hoy preparé una natilla de chocolate que le encantó. Te voy a dar para que le lleves al niño.
Pero Ketty no andaba “por allá adentro con Clarisa”: la joven se bañaba en ese horario, mientras la niña era retenida por Eliseo, con cualquier pretexto o sin él, en algún rincón solitario de la casa, para manosearla a su antojo.
– ¿Te gusta esto?…¿te gusta? ¿Y estas teticas tan ricas? ¿Y este bollito? Ay, qué nalguitas más sabrosas! ¡Chica, no pongas esa cara de mierda ni vayas a llorar, acuérdate que tu mamá se muere si tú abres esa boquita!, ¿me oíste? Vete ahora, que te están llamando, ¡pero mañana ven otra vez si no quieres que tu mamá se muera!

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