Opinión

Alguna cosita que alivie a Matanzas

Por: Mauricio Cifuentes Nodarse

Desde que colgaron la fuente de Leda en el Parque de la Libertad, todo parece ser fiesta en la ciudad de Milanés y Plácido. El centro histórico de Matanzas, donde tuve la dicha de crecer, se engalana con la reapertura del Teatro, el Hotel Louvre, el Palacio de Justicia, y la profusión de fachadas recién pintadas y luces blancas, que ha provocado un despertar de imago en esos, que acaban de reparar en ella, como si la hubiesen visto por primera vez. Fotos, flashes y más fotos, son colgadas en Facebook a diario, por esos matanceros que ahora pasean el boulevard de Narváez, cada noche, entre el arrullo del río San Juan, caminando entre esculturas modernas, tarimas de música popular bailable, y mucha, mucha cerveza de pipa. ¡Prodigio, el Junquillo de Matanzas florece! ¡Flores, flores de entre sus ruinas crecen! ¿Ha llegado después de todo, sesenta años después, la magia de la Revolución Cubana a Matanzas?
Yo sé que no es así, lamentablemente. Yo sé que detrás de toda esta fachada se esconde una fechoría económica, tiburón se moja pero salpica: la ciudad fue restaurada por varias empresas privadas de construcción, mal llamada cooperativas. El presupuesto de Matanzas se triplicó al final, en comparación a la expectativa original. Ahí se salpicó todo el mundo, todo el mundo. Hace dos años, en el verano del 2017, pedí una cotización del hueco de una fosa para el zaguán de mi casa, en la calle Milanés y Magdalena, a un par de pasos del Sauto. No fue una propuesta formal, realmente, esa que me hicieron, porque se trataba de viejos conocidos de trabajo y de la escuela de mis padres. Dos mil dólares, por abrirme un hueco en el piso, pretendían cobrarme. No eran acaballadores extraños, arribistas y ávidos de dinero. No, eran ingenieros con más de treinta años de experiencia, los que me hacían esta propuesta, recién salidos de una EMPAI que le pagaba veinte y cinco dólares mensuales por los últimos veinticinco años. Oh, comprendí después de unos segundos, en que me costó apropiarme de la imago. Estas son las nuevas reglas del juego: o les pagas, porque ellos tienen el control del suministro de materiales, que compran al por mayor y con menor nivel de riesgo para el revendedor, que consigue la materia prima de forma ilegal, o se te cae la casa encima. Llegó el jueguito de la oferta y la demanda. Por supuesto, les decliné su propuesta.

Que se caiga la casa: todo lo que iba a darme ya yo lo llevo dentro.

Me resentí, por supuesto. Uno quiere estar por encima de estas cosas, de estos pancismos, estas ansias por llenarse la panza con muchos jamones finos, de los actores de esta época. Pero al mismo tiempo, eran ellos también, los amigos de mis padres, telón de fondo de los días contados del Período Especial, de mi infancia en Matanzas en los años noventa, mi adolescencia a mediados de los dos mil. ¿Habían cambiado tanto ellos? ¿Había cambiado tanto yo? En el 2009, cuando cerraban el Sauto, yo empacaba mis libros de poemas y mis novelas históricas, y Vía Blanca de frente y sin pausa, me refugié en La Habana, la ciudad de al lado. Nada vivo hay aquí, pensé frente al Sauto recién clausurado, por peligro de derrumbe, a mis diecinueve años. Reflexionaba metafóricamente, por supuesto. En Matanzas seguían viviendo un cuarto de millón de habitantes. En 2011, cuando se reabrían las salas de las casas de la calle del Medio, yo me decía, ante la profusión de maletines en el suelo, de ganchos mal coloreados con un spray de cobre, mal colgados unos trapos de spandex de colorines chillones, un chartreuse, un fucsia estridente: se botó la cholandengue, a la furumulla. Sí, era así. Los de Matanzas de toda la vida alquilaban el espacio de la sala de su casa, por cien dólares al mes, a estos nuevos agentes del mercado: los revendedores de pacotillas traídas de Ecuador, los nietos de españoles. En diciembre del 2014, días después de los sucesos del 17D, me desgastaba en una larga fila en el Ten Cent de Matanzas, cargando una pesada cantidad de botellas de sidra. No era aquí el pueblo en rolo y lycra, haciendo la cola para comprar dos paqueticos de picadillo de res, sino unos seres pálidos, asustadizos, con botellas de vodka y latas de jugo, apretadas en el pecho plano: los turistas norteamericanos.

Una invasión, me decía, cuando no podía ni caminar por las aceras, y me los chocaba en cada rincón de la ciudad.

No existe ni remotamente la infraestructura que se necesita para recibir este volumen de turismo. En pocos meses sobrarán ellos, o nosotros, porque no hay suficiente comida para todos. Y creo que la decisión estaba clara de antemano: a pasar hambre, para poder abastecer los restaurantes y hostales.
Se preparaba Matanzas, para este guaquete campesino, este fetecún de bienvenida a los norteamericanos, que tenía a más de uno pasándose la lengua por los labios. Fue así, no me lo contaron, yo lo viví. A mi casa de Milanés fueron varias veces, a ofrecerme negocios. Yo seguía siendo, después de todo, un miembro de la AHS. Sobre mi cabeza seguía flotando un halo, llamémoslo el de la sombrilla Tiffany’s de la meritocracia revolucionaria cubana. En esta atmósfera enrarecida, donde más de uno que se las dio siempre de etéreo, de desconectado de la realidad nacional, estaba gestionando espacios y locales para crear un emprendimiento; digo enrarecido no por el acto, que me parecía más que loable, después de todo, pues no solo de arte o discurso vive el hombre, también hay que llevar el pan a la casa, sino por cómo se procesaba aquella realidad, lo tibio del enfoque de quienes la representaban. Yo iba de vacaciones ya por esa época, en 2015, desde Panamá. Me había mudado a mediados del año anterior, desde La Habana. Lo que me tocó escuchar, en esas semanas posteriores al 17D, desde esos que le gritaban al primo de Miami, por celular, sentados en un banquillo de la piscina del Meliá Cohíba: primo, Obama está aquí ya. Aquí lo que hace falta es estilla, mándame doscientos mil dólares que montamos un negocio ya. Hasta aquellos que en Matanzas hablaban de un florecimiento inmediato de la ciudad, de una reparación simultánea, de un retorno del capitalismo en clave 17D.

Y ocurrió, definitivamente, aquel buen presagio.

A pesar de todo el que se lucró mientras duró el proceso, queda la obra, el resultado. Muchas buenas manos estuvieron involucradas, las conozco de trato muy cercano a la mayoría de ellos. Ningún paisaje genuinamente hermoso puede ser blanco y negro: se necesita de la magia de los matices. Mientras todo lo malo ha estado ocurriendo, lo bueno también ha permanecido. Cómo, por qué, qué hace que persistan esos buenos profesionales, esos ciudadanos comprometidos con el bienestar de su sociedad. Hay muchas explicaciones para todas estas preguntas, ciertamente. Pero digamos que parte de la respuesta también recae en un elemento espiritual, esencial, que constituye el alma del cubano. Esa también estuvo ahí, cada día, en cada arquitecto, restaurador, historiador, ingeniero, e inclusive obrero, involucrado en la restauración de la ciudad por su 325 Aniversario. No me lo contaron, yo también estuve ahí, mientras levantaban las calles y cerraban los locales, en el 2017. Sin embargo, esos que pusieron toda la inteligencia y el esfuerzo, fueron los peores pagados.
Poco tardaron en saltar las primeras voces, las comprometidas, a aguar la fiesta del chivo, la de los retratados en la fuente de Leda y el boulevard de Narváez. Alguien pintó un corazón de grafiti, con un par de símbolos y faltas de ortografía, en el muro del Palacio de Junco. De inmediato los artistas protestaron: que poco nos duró la belleza, ya viene la chusma, los incivilizados. Me pregunto, ¿Cómo ayudan esas expresiones públicas de odio a educar a la ciudadanía? ¿Atalayas, barricadas, en serio, a estas alturas? ¿Hacemos un congreso para leernos nuestras biografías? Que tire la primera piedra, aquel que sienta que no contribuyó a este descalabro. ¿Se acuerdan cuando éramos rockeros, y permitimos que se lanzara al río San Juan la estatua del Parque de los Chivos? ¿Protestamos ante este acto vandálico, la destrucción del patrimonio colectivo que donó un escultor? ¿No es que esta ciudad era un hueso mortal, una tremenda pinga? Pues sí, ahora alguien deja un pañal con excreciones de bebé en el banquito de madera estilo europeo de la Calle del Medio. Karma it’s a bitch.
Matanzas era en definitiva para mí, y por sobre todas las cosas, la ciudad de mis abuelos. Ellos intentaron llevar la Revolución a la ciudad de Matanzas, en los años sesenta, un poco como Víctor Hugo a las colonias francesas del Caribe, en la novela de Carpentier.

¿Estaría orgulloso mi abuelo Nodarse, primer neurocirujano de la ciudad de Matanzas, después de la Revolución, con el estado actual de las cosas?

No tengo que colocar vasos espirituales ni rosarios para responderme a esa pregunta. Mi abuelo murió en el año 2005, llevaba entonces quince años ya, bastante decepcionado, del estado deplorable que habían tomado las cosas, del oscuro abismo en que se asomaba la ciudad de Matanzas, el país completo, desde el comienzo del Período Especial. No necesitaba las cartas del Tarot ni las monedas al aire para saber que pensaba mi abuela Gálvez, quien fuera directora del Policlínico Especialidades de Matanzas, antes de que la llamaran el Hospital Almejeiras de La Habana, para ejercer la especialidad de médico hiperbarista. Ahí sigue, en un pueblito de Colombia, a los setenta y cuatro años, luchándose su propio retiro, el que el Ministerio de Salud Cubano no le supo procurar.
Quedan todavía otro par de abuelitos, los paternos, que siguen viviendo en la casita de los años cincuenta, en la calle de los flamboyanes, que llamaron en la época de la colonia la de Domingo Mujica, esa que desemboca en la Ermita de Monserrate. A sus ochenta años, mi abuelito Toto Cifuentes se desgataba en un eterno padecimiento de Alzheimer. Con su pensión de doscientos pesos cubanos, apenas si alcanzaba para cubrirle las medicinas. Una vez al año, le gestionaban a mi abuela, por la asistencia social, un paquete de pañales de adulto, de mala calidad. Mi papá se había ido a la emigración, para mantenerlos. Religiosos llegaban por Western Unión, cada mes, esos doscientos dólares para mi abuelita Mirtha, que con más de setenta años, cuidaba a mi abuelito Toto, en la casita de la calle de los flamboyanes.

Ahora que se levante el que quiera y me diga que me estoy haciéndome pasar por Yoani, ablandando las emociones del público: allá el que juegue con estas cosas, porque para mí son serias, muy serias.

Estoy hablando de mis propios abuelos. Los mismos que llevan desde hace más de treinta años, frente al muro de su casa, el retrato de su hijo Jorge Iván Cifuentes, muerto a los veinticinco años en la guerra de Angola, ocupando el cargo de teniente zapador. ¿En serio creen que quiero jugar con esto?
Unas guajiras, casi tan analfabetas como aquellas por las que se adentró, monte y oscuridad encima, con su chismosa en la mano, mi abuela Gálvez y su madre, María Álvarez, en 1960, son el único apoyo en la casa de mi abuela. Les paga dos dólares, por día de trabajo, les da almuerzo y comida, les regala ropa. No quieren trabajar, no por ese dinero. No alcanza para más. Mi abuela tampoco lo considera justo: si vienen a trabajar el mes completo siguen ganando lo mismo que un médico. De cómo consigue comida esta abuelita mía, da para un refrito de esas novelas de la picaresca española: todas sus gracias sociales, sus argucias de niña bien de Jovellanos, son empleadas en este proceso. Reparte sonrisas, regalos, abrazos, cariños. Todavía le quedan conocidos, gente querida, amigos de toda la vida. Con el dinero solo no es suficiente: ocurre un proceso simbiótico, donde a pesar de Western Union mi abuela sigue dependiendo de la buena voluntad del entorno. De ocurrir alguna catarsis social, una crisis humanitaria, mis abuelitos paternos corren el riesgo de morirse de hambre. No logran acumular suficiente comida, que les dure más de una semana. Lo sé por experiencia propia, pasé cuatro días con ellos, sin luz y sin agua, en el huracán del 17, el que azotó la termoeléctrica Guiteras de Matanzas. Tenía un gato y dos perros en mi casa. Nos las vimos negra, mi hermano y yo, para atender también a mis abuelos. Y eso que teníamos dólares, suficientes dólares, que enviaron mis padres. No era suficiente: se había parado por unos pocos días la maquinaria de la resolvedera de comida en el mercado negro de Matanzas. Sentí un pavor inusual. Que Isla tan pequeña, tan rodeada de agua. Qué frágiles somos todos.

¿Cuántos abuelitos no habrá, en la misma situación de los míos, abandonados por sus hijos y nietos, que partieron a la emigración para mantenerlos?

La sociedad cubana está jugando a algo muy peligroso, que puede tener un final muy terrible. Matanzas, en su 325 Aniversario, no fue más que un reflejo de su entorno y su época. Mi ciudad natal siempre estuvo demasiado pegada a La Habana, primero, y a Varadero, después, para que todo lo que ocurra en ambas ciudades, no se refleje en ella, aunque sea pálidamente. Precisamente, porque todo es más pequeño, cercano, acogedor, es que el ojo crítico puede observar los fenómenos aún más de cerca, esos que quizás se diluyen entre el paisaje variopinto de la ciudad de dos millones de habitantes, que es La Habana. Disfruten de la ciudad, con alegría, con ganas de quererla y de vivir en ella, ustedes, los matanceros de hoy. Tómense menos fotos, publíquenla menos en Facebook, y visiten un poquito más sus museos, los recuerdos de esos otros seres de refinamiento exquisito, provistos de un saber vivir y estar bien, que la habitaron no hace tanto tiempo. Las obras que pensaron, los cuadros que pintaron, los muebles en los que realizaron sus alegres tertulias culteranas. De un huevo yermo jamás nacerá un pollito. Así, los edificios históricos son para llenarlos, en cuerpo y en espíritu, para aprender a habitar en ellos, para escuchar sus anécdotas y lecciones. Comprométanse con más humildad a ese legado que nos antecede, el de Byrne, el de Carilda, y dejen de pensar que pueden inventar el agua tibia, que los enanos sobre hombros de gigantes que somos todos, jamás fuimos pensados sordos, ni ciegos. Miren más al valle, donde se esconden las delicias campesinas, y menos a la cuenta del bar, ni al trapo del otro. Y antes de lanzarse a arremeterse odios por las redes sociales, como si de una sublevación del ingenio de la Escalera se tratase, piensen en los abuelitos. Del otro lado del mundo, un nieto muy disgustado al enterarse de ciertos maltratados, podría tomárselo muy mal. No queremos eso, recuerden. Queremos que la vida sea una fiesta, pero una digna de ser convivida, colectivamente, desde el respeto y la tolerancia mutua.

Un Comentario

  • María C. Galvez

    Un muy buen análisis visto desde la visión de un producto de la robolucion pero que tuvo alguien que le dijo siempre que estudiara y que no se tragara entero todo lo que le decían, he ahí el resultado. Un joven que piensa con su cabeza y que no permite que le digan que es una manzana cuándo en realidad es un plátano. Estoy orgullosa de ti.

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