Opinión

Celebration

Por: Norma Normand Cabrera

Se conocieron en Miami, donde residen desde su salida definitiva de Cuba, ella hace veinte años, él más de treinta. Hace quince se casaron. Pasando la cuarentena, han logrado consolidar una relación amorosa y estable en esa etapa existencial que antecede a la madurez. Su trabajo les ha posibilitado abrirse paso en la vida y disfrutan de un cierto desahogo económico que les permite proporcionarse algunos lujos y hasta pequeñas extravagancias.
Por eso, pocos veranos atrás viajaron a Cuba, con el propósito de celebrar aquí su aniversario de bodas. En el aeropuerto alquilaron un carro y comenzaron a buscar un hotel donde hospedarse solo por esa noche para festejar la ocasión, ya que al día siguiente se irían para casa de sus familiares a pasar el resto de las vacaciones.

La odisea

Ahí empezó la odisea: en el Habana Libre les pedían más de doscientos dólares; en un hotel de la Villa Panamericana, que más bien recordaba una beca, les cobraban casi cien.

Fueron entonces al Hotel Colina, que abajo lucía bien, mas al entrar al ascensor, con letreritos en las paredes del tipo Fulanita y Menganito del 2000 al cielo, o Aquí estuvieron Yeya y Papo, les pareció aterrizar en una película de Buñuel.

Cuando les mostraron el cuarto disponible la impresión que recibieron fue una mezcla de incredulidad y desencanto; para empezar, no había agua corriente, la habitación estaba sucia y el inodoro sin descargar. Daba grima aquella estancia: era tan pequeña que, o se abría la puerta de entrada, o se abría la del baño, pues ambas no se podían abrir al mismo tiempo. La iluminaba la escasa claridad proveniente de una mísera ventanita y de un bombillo apropiado para interrogatorios; tenía las paredes húmedas, la pintura descascarada, las camas gritaban su incomodidad y aun así les pedían sesenta y tantos dólares. Ellos no podían creer que fuese una habitación del Hotel Colina, en el centro del Vedado, en el corazón del turismo en La Habana, ¡era horrible y, para colmo, una estafa total! Claro que desistieron de quedarse allí, pero no de continuar la búsqueda ni de celebrar su aniversario. Querían darse ese gusto, después de todo era la primera vez que venían de visita al país que los vio nacer y ninguno de los dos se había hospedado nunca en un hotel en Cuba.
Terminaron su recorrido en el Ambos Mundos y optaron por alquilar en éste una habitación -aunque sin fundas ni toallas, pues les dijeron que la lavandería estaba rota- al precio de ochenta dólares la noche, pero les agradó el lugar, la alcoba estaba limpia, resultaba muy acogedora, y hasta tenía un balconcito que daba a la calle en un lugar que les encantaba. Era como un clásico nido de amor, perfecto para sus planes.

Se registraron, pagaron y partieron para casa de una tía de ella, quien les dio fundas y toallas limpias (tan olorosas como solo suelen ser en Cuba las lavadas en casa), no sin antes pedirles una docena de veces que se quedasen allí, pero como lo que la pareja quería era vivir la soñada experiencia, regresaron al hotel, pasearon por el Malecón, comieron en un restaurante del Barrio Chino y al filo de la madrugada habanera subieron a su refugio, dispuestos a una noche de pasión desenfrenada. Tomaron un baño y cayeron los dos en la cama, rendidos de sueño.

Luego de un viaje Miami-Habana y de hacer todo aquel periplo, pagaron ochenta dólares solo para dormir en una mínima pieza, no en una pieza colosal, no country, no high life, no tenis y no jazz… en un hotel del Centro Histórico de La Habana Vieja.

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