Opinión

Das más

Fotografía: Wendy Pérez Bereijo

Por: Julio Pernús

Como bien lo expresó Buena Fe, múltiples excusas y pretextos han navegado en mi barco existencial durante estas 30 vueltas completas al sol. A veces pienso que la vida en esta isla que amo visceralmente, se parece mucho a la descripción de la profesora y politóloga española, Soledad Becerril, sobre la semejanza entre la vida clandestina de Ana Frank y la de algunos estamentos de la sociedad civil: “Viven en un lugar sin poder utilizar la calle como espacio social, sobreviven con las pocas cosas que se pueden llevar consigo, sin poder siquiera asomarse al balcón para comprender que, ahí afuera, pueden tener 13, 30 o 60 años y no entienden nada de lo que les sucede.”

Entonces uno, que ya no es niño, pero tampoco tiene la sapiencia del anciano, se dice: ¿Qué nos pasó, cuando todos teníamos fe en poder vivir con una mayor calidad de vida? ¿Cuándo podremos salir hacia rumbos más prósperos? Y los demás vecinos, ¿también viven como yo? Esas preguntas se las hizo Ana Frank (1929-1945, asesinada en Auschwitz), en los tiempos de reclusión en su casa y las estampó en su diario; pero, al menos a mí, me han atrapado desde que trato de comprender el complexus universo que me rodea.

Entre estos avatares cotidianos, un grupo de jóvenes se interpeló sobre cómo emplear su tiempo libre en favor de los desguarecidos. De su deseo surgió el proyecto “Das Más”. Su configuración plantea la posibilidad de realizar un voluntariado de servicio con acciones tangibles que mejoren la realidad vivencial de esos ancianos que ya no tienen herramientas para luchar. En algunos lugares se colaboró con la Iglesia en la atención a las personas con discapacidad y el esparcimiento infantil, así como apoyando la limpieza ecológica de algunas zonas urbanas.

La idea inicial surgió en aquella Semana Santa que coincidió con las vacaciones de la Semana de la Victoria, pero, con el tiempo, se ha ido enriqueciendo hasta desarrollarse en diferentes etapas del año, con variadas estructuras y nombres. Una vez un amigo de la Pastoral Juvenil me comentó que, entrando a la antigua sede de la Edad de Oro, vio a Monseñor Juan con un cubo de agua, presto a colaborar con la limpieza del local, a lo mi amigo replicó, “Monseñor, por favor deme eso, que yo puedo hacerlo”. El Arzobispo lo miró y con su lenguaje particular le dijo, “Ocúpate tú de otra tarea, que a mí nadie me quita este cubo y este trapeador”. Una monjita que estaba cerca le comentó al muchacho, “No cojas lucha, que para Monseñor eso no es nuevo, es algo que hace cada viernes”.

Ojalá que estos mensajes, transmitidos desde el ejemplo, nos ayuden a comprender que, no por vivir en nuestra “batalla cotidiana”, estamos exentos de fijarnos en el otro que sufre sin voz. Quizás esta Semana Santa sea la oportunidad ideal para impulsar en nuestra cotidianidad acciones de servicio que no conlleven utilidades económicas, porque aunque no lo creas, tú-Das-Más.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: