Opinión

El discurso del método

Un modelo para el intelectual contemporáneo

Por: Miguel Alejandro Hayes Martínez

Entre los actores que pueden concebirse en el seno o desenvolviendo de cualquier revolución están los intelectuales. Estos han sido caracterizados de diversas formas, que van desde atribuirle un rol protagónico, pensarlos como seres egoístas y poco comprometidos, o simplemente como indiferentes ante la revolución. Sin embargo, a pesar de todo eso, no se puede negar que en cualquiera de las grandes revoluciones ha habido un espacio especial para intelectuales, tanto en las burguesas, como la independentistas o las anti-imperialistas; prueba de ello, son, desde mi Cuba, Martí, Che y Fidel.

Dada tal situación, se hace necesario valorar o pensar el papel de los intelectuales y quizá, desde un enfoque diferente a los mencionados hasta ahora. Con el deseo de dar algunas líneas sobre cómo deben ser en la sociedad actual tales personas, sobre todo, los que se dicen revolucionarios, va este artículo.

En la búsqueda de una respuesta, como dijo ya el genio, debe probarse métodos diferentes. Es por ello, que en medio de la inconformidad con ciertos paradigmas y modelos -como en cada momento de la crisis del pensamiento-, acudí a ideas expresadas hace ya varios siglos, incluso en tiempos anteriores a de que todo este tema ocupara la mente de grandes pensadores. Tomando como punto de partida El discurso del método, de Descartes, se ve que hay todo un camino, o una forma para pensar un arquetipo de intelectual.

¿Por qué ese libro? Su autor, marcó un antes y un después en la filosofía, con su superación del renacimiento y dando inicio a la filosofía moderna. De la misma manera que la interpretación de su obra fue una escisión de la filosofía, su papel de iniciador, incluye el primer paso de toda una postura ante el mundo, integrada por hombres surgidos dentro de una sociedad capitalista. Pero más allá de cualquier justificación de por qué buscar en su obra, lo que se diga en ella, al leerla, por sí sola llama a la reflexión. Sobre algunos fragmentos será el recorrido a seguir.

Lo primero que enseña, y es algo que Marx entendió y aplicó bien, es no aceptar verdades: “Y no me precio tampoco de ser el primer inventor de mis opiniones, sino sólo porque la razón me convenció de su verdad.” (Descartes, 2010, p. 96). De seguro, el hombre que dedicó su vida a hacer su propio pensar, entendía que no se puede comenzar tal actividad asumiendo por hecho lo que otros antes -pudiendo estar equivocados o no- dijeron. Por ello, si se sabe que esto nada tiene que ver con el escepticismo, fue esa duda el punto de partida que lo llevó a revolucionar el pensamiento. Y fue precisamente esa misma sensación la que hizo de Kant un hombre que planteó sus dudas sobre la lógica, la que empujó a Hegel a esa sospecha que lo condujo a superar a Kant y armar su sistema y a Marx, a replantearse a este y explicar la sociedad.

Tal espíritu deja Descartes en un mundo actual donde el positivismo se apodera de la intelectualidad sigilosamente, y de la revolucionaria también; donde el recorrido de la bibliografía tiende a hacerse a través de fuentes pasivas; o el tan necesario ensayo como formato se hace por muchos a partir de un entrelazamiento de conocimientos socialmente aceptados y dónde de ese cuestionamiento o dudar incesante de las ideas y lógicas imperantes se difumina.

Su esquema (el de Descartes) no podía derivar en otra alternativa que no fuese la de elaborar un propio método cada pensador, ajustado a sus capacidades. Prueba de lo consecuente que era con esa idea, convencido de que cada cual debía buscar su propio camino intelectual, para su propio caso afirmó: “…me han llevado a ciertas consideraciones y máximas, con las que he formado un método.” (Descartes, 2010, p. 34). Su apuesta racionalista no iba por dejar una lista de mandamientos y verdades a sus posteriores, a diferencia de cómo pueden atribuirle algunos. Y lo señala cuando afirma: “Mis designios no han sido nunca otros que tratar de reformar mis propios pensamientos y edificar sobre un terreno que me pertenece a mí solo. Cada hombre, debe construirse su propio camino del pensamiento, sin acertar dogmas.” (Descartes, 2010, p. 44). Eso lo tenía como principio, porque tal y como dijo: “Si, habiéndome gustado bastante mi obra, os enseño aquí el modelo, no significa esto que quiera yo aconsejar a nadie que me imite.” (Descartes, 2010, p. 44). Su legado no está en el racionalismo que propiamente hizo, sino en exhortar a armarse uno cada cual por sí solo.

Otra de las importantes lecciones dejadas por Descartes es la de la modestia. Él parecía ser uno de esos hombres que iba encontrando cada vez más preguntas, y que sentía que siempre quedaban cosas por descubrir: “…parecía que, procurando instruirme, no había conseguido más provecho que el de descubrir cada vez mejor mi ignorancia.” (Descartes, 2010, pág. 35) Esto aporta mucho, sobre todo ante la presencia de cierto aire de superioridad o complejo de “sabelotodo” que puede proliferar en algunos intelectuales, donde asumen su verdad como la mayúscula. Para revolucionarios, esto es una gran lección, porque no debemos pensarnos nunca como los portadores de una razón acabada o los conocedores del cómo hacer la revolución social.

Para los nacionalismos, esos tan dañinos, que sirven de escudo ideológico a pretensiones y expansiones imperiales y regímenes totalitarios, y a escisiones nacionales en función del capital, a toda esa superioridad o desprecio fundada en la superlativización de un sentido nacional, trasmite: “…saber algo de las costumbres de otros pueblos, para juzgar las del propio con mejor acierto, y no creer que todo lo que sea contrario a nuestras modas es ridículo y opuesto a la razón, como suelen hacer los que no han visto nada” (Descartes, 2010, p. 37); con lo que dejaba claro que su pensamiento no apuntaba hacia un eurocentrismo o otras formas de denigrar a lógicas culturales de otras naciones. Y sobre todo, enseña una máxima de la no discriminación, basada en el diálogo, dado que al comprender su pensamiento que no es superior a los contrarios, niega la condición que da paso a la dominación: pensarse superior al otro. Saberse hoy, no superior a los demás en materia de pensamiento o cultura, sigue siendo una asignatura pendiente de ciertos sectores que ejercen el pensamiento como actividad fundamental.

Quizá, limitado por su tiempo, Descartes apuesta excesivamente por el poder de la idea asociado a lo divino; sin embargo reconoce el lugar del accionar del hombre, al cual, no cree que debe estar guiado por buenas intenciones, sino por la razón y el pensamiento, de ahí que comprenda que hacer las cosas bien se deriven de que así se piensen: “…juzgar bien, para obrar bien” (Descartes, 2010, p. 55), lo que es un mensaje a esa intelectualidad comprometida, militante, de que sus teorías no solo deben querer, sino verdaderamente aportar a la lucha social.

Por otro Uno de los posibles vicios que consumen a nuestra intelectualidad es la de ese deseo o tendencia a la producción intelectual: libros, artículos, eventos y congresos para exhibir sus descubrimientos y tesis. Sin embargo, a nuestro filósofo la idea de estar todo el tiempo escribiendo no le parecía del todo como un estilo de vida y afirmo: “…me ha llevado siempre a odiar el oficio de hacer libros.” (Descartes, 2010, p. 83). Además rechazó ser partícipe de debates teóricos por alejar de su objetivo a la mente.

Criticó fuertemente la instauración de doctrinas a partir de ideas de pensadores anteriores, diciendo sobre estos que son: “…la yedra, que no puede subir más alto que los árboles en que se enreda y muchas veces desciende, después de haber llegado hasta la copa.” (Descartes, 2010, p. 91). Cosa que los marxistas sufrimos mucho con figuras como Lassalle y otros que no mencionaré, que comenzaron a poner en boca de Marx cosas que jamás pensó. Sobre todos aquellos que aceptan maneras de pensar donde se acepta lo dado dijo: “…es comodísima esa manera de filosofar, para quienes poseen ingenios muy medianos.” (Descartes, 2010, pág. 91)

Como todo genio advertía sus límites, y estaba dispuesta a aceptar el hecho de no conocer algo: “…buscando la verdad, que no se descubre sino poco a poco en algunas materias y que, cuando es llegada la ocasión de hablar de otros temas, nos obliga a confesar francamente que los ignoramos”, (Descartes, 2010, pág. 92) dando toda una lección de honestidad intelectual a nuestro contexto, donde en ocasiones los pensadores no aprecian los limites de sus saberes, creándose una falsa concepción de multi-disciplinariedad.

Por último, teniendo en cuenta el mito difundido de que muchos de los filósofos no han asumido lo activo militante en su pensar, dejó un mensaje que sin dudas es un pedestal, donde para él, su compromiso, su deber social era: “…siempre me consideraré más obligado con los que me hagan la merced de ayudarme a gozar de mis ocios, sin tropiezo, que con los que me ofrezcan los más honrosos empleos del mundo”, (Descartes, 2010, pág. 97) donde esos que más lo hagan gozar del ocio son lo de los bajos estratos sociales. Entendió que todo hombre tenía cierto deber con la sociedad en la que vive, a la cual debía ofrecer lo mejor de sus capacidades.

Después de ver lo anterior, se revela un filósofo de tiempos pasados, que aunque ha sido tan asociado a matemáticas y teoremas y discusiones teológicas, se olvida una parte de su legado muy valiosa. Él nos dejó un modelo de intelectual que planteaba sospechar de todo, tener la menor cantidad de verdades dadas posibles, construirse cada cual su propio camino, rechazar los intentos de construir doctrinas, reconocer los límites del pensamiento propio y sobre todo, estar del lado de esos rezagados en la sociedad. 

No será algo muy convencional, pero hay todo un modelo en Descartes si se contextualizan sus ideas y se traen a nuestros días, tanto como intelectual propiamente, como en materia de postura o partidismo político. Espero que su legado sirva de paradigma a ese intelectual revolucionario que tanto necesitamos las izquierdas, y que en su obra se encuentra un llamado a la autocrítica.


Bibliografía

Descartes, R. (2010). El discurso del Método. Madrid: FGS.

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