Opinión

Ganado-res

Por: Jorge Fernández Era
En menos de tres semanas, igual número de reportajes televisivos y dos mesas redondas (volátiles) dedicadas a la proteína, esa sustancia fundamental que forma parte de las células animales y que el diccionario define soluble en agua, no sustituible por esta o por refresco gaseado.
El primer material versó sobre Rosafé, un toro con nombre afeminado que legó un semen que todavía se-menta. El segundo rindió homenaje a Ubre Blanca, una hembra que poco faltó recibiera el carné de federada y que mantuvo en vilo a una nación que buscaba a diario en primera plana del Granma cuántos litros de leche entregaba a la historia su maravillosa ubre. El tercero —con música de Lecuona— habló de los múltiples proyectos genéticos desarrollados durante sesenta años para crear razas vacunas como Taíno, Mambí y Siboney, esta última «un linaje autóctono en el que el país [ese eufemismo que nos coloca en un segundo plano] ha centrado sus esperanzas». A juzgar por la cantidad de leche y carne que consumimos, Taíno, Mambí y Siboney son más ensamblables como marcas de radios.
Uno se pregunta, cual si estuviera harto tras pantagruélica cena, cómo después de tantas décadas comiendo hierba, los vacunos nuestros no sean considerados, socialistamente hablando, un medio de producción en manos de aquellos que los engordan: el campesino y el obrero agrícola. Pero estos no pueden disponer de una sola articulación del animal so pena de ser pasto de la articulación del código penal. Y su excelente carne ni intentar venderla como excedente. Y entonces nos acordamos de que el tributo existe desde mucho antes de fundarse La Habana, pero los señores feudales no llevaban tan recio a la plebe, y al menos una vaquita cantaba el mu sostenido distinguiendo el cuchillo de su dueño.
Y claro que si al final la carne —menos importante que el carné— no regresa a sus legítimos productores, siempre habrá «mambises» de raza que machete en mano nutran los expedientes de hurto y sacrificio que ceban los archivos policiales. Hurto porque están hartos de sufrir los precios de la exigua carne vacuna que llega al mercado. Sacrificio de no poder comerla.
¿Dónde el ganado? ¿Do está la res? El periodismo futurista de la televisión cubana —he aquí la «vacuna»— funde las dos palabras y anuncia que somos ganado-res de una batalla que ha dado como fruto ese rebaño genéticamente invicto que se pasea de un lado a otro de la pantalla y que posee como única debilidad hereditaria el que un clip del mando (televisivo) los hurte definitivamente de nuestra vista.

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