Opinión

La religión a todo volumen

Por: Julio Pernús
Los cambios dentro de la Iglesia suelen verse muchas veces con signos negativos en muchas personas:

Variar lo establecido en otras épocas de la Iglesia se acostumbra ver como traición a los valores centrales de la fe y obra del mal espíritu.

Quizás con este texto podamos acercarnos mejor la intervención de determinados grupos religiosos en nuestra realidad cotidiana y continental.
En alguna etapa de mi vida cristiana he sido fundamentalista. Años atrás expulsé a un muchacho del grupo juvenil por tener una preferencia sexual diferente a mis “fundamentos” de fe. Luego el P. Víctor Filella, escolapio, me dijo:

Te entiendo, pero la Iglesia no es el pueblo de los perfectos y muchas veces Dios actúa con un guion distinto al «normal».

Sus palabras me ayudaron a priorizar la humanidad del prójimo.
Aunque muchas veces se identifique el fundamentalismo con un grupo de terroristas musulmanes, su definición es más compleja: en su interior agrupa elementos sociológicos, sociales, culturales, religiosos, políticos y económicos. En Cuba hemos visibilizado recientemente este fenómeno y se le ha estudiado, aunque de manera limitada.
Los católicos, sobre todo a partir de 1959, hemos pasado trabajo para sostener una Iglesia cubana (en tiempos de cambios drásticos). Por eso, estemos atentos en nuestras comunidades para erradicar las características propias de estructuras mentales fundamentalistas. Los laicos no estamos exentos de ellas.
La primera, que el Papa Francisco ha llamado auto-referencialidad, consiste en buscar lo protagónico y prescindir de lo vivido por los demás. Un obispo me comentó que, en sus inicios como presbítero, cada sacerdote oficiaba de espaldas para evitar mostrar en detalle el misterio de Dios a los feligreses. Jesús no quiere eso, me dijo. Él gusta de salir a nuestro paso y llamarnos por igual a seguirlo, a justos y pecadores.
Otro rasgo fundamentalista es el respeto obsesivo a las pautas litúrgicas. Se da toda la importancia a mantener todo rito sin el menor cambio, sin atender al entorno sociocultural, con nostalgia de los ritos anteriores al Concilio Vaticano II. ¡Con el bien que nos hace escuchar y entender la misa en nuestro idioma!
Otros dos elementos propios de esquemas y conductas fundamentalistas son la inamovilidad de lo tradicional y la condena radical de lo moderno, todo esto sustentado en libros sagrados intocables e interpretados literalmente y en el uso de hábitos con el deseo de diferenciar al ministro de las demás personas. Los alineados con estas posturas y prácticas suelen asumir la existencia como una lucha constante entre el bien y el mal. Variar lo establecido en otras épocas de la Iglesia se acostumbra ver como traición a los valores centrales de la fe y obra del mal espíritu. Con estas líneas me gustaría brindar pistas para corregir a tiempo actitudes y prácticas que acallan lo humano, miren lo que sucedió en Bolivia, con el fin de poner la religión a todo volumen.

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