Opinión,  Política en Cuba

La unidad no significa unanimidad

Por: Carlos Ávila Villamar

 

Motivado por lo que considero una conversación compleja, sincera e inconclusa, he decidido dar forma a ciertas ideas referidas al debate en nuestro país, en su sentido más general. Quisiera hablar sobre la politización instantánea, a veces innecesaria, de muchos debates cuyo origen en realidad está alejado de la política. Desde cierto punto de vista, un vaso o una mesa son objetos políticos, pero no más de lo que son objetos físicos. Rara vez el debate por la ubicación de una mesa en un cuarto trae debates teóricos sobre física, pero en nuestro país, no lo dudemos, la politización de cualquier debate, por mínimo que sea, está siempre a la vuelta de la esquina.

Hay una tendencia subterránea a, cuanto más pronto mejor, declarar cuál lado en una discusión es el de los revolucionarios. Casi a ciegas, de repente nos vemos sumergidos en bandos políticos y se nos insinúa que nuestra opinión con respeto a un problema nos dirigirá automáticamente a uno de los bandos, y en medio de la presión, no pocas veces la razón desconfía de la fe que se nos exige y que se nos pone a prueba. Hasta ahora siempre he tratado de discernir entre lo que es más fácil y lo que es correcto. A veces lo correcto es impopular, a veces es popular. A veces lo correcto coincide con la opinión general del bando al que te sientes ligado, a veces no. Misterioso, escurridizo fantasma es la moral, que se construye de aire: no pesa más que una pluma y es capaz de derribar las torres más altas y de abrir los surcos más profundos en el alma de los pueblos.

El poder revolucionario se legitima mediante dos grandes sistemas axiomáticos, que hasta cierto punto llegan a fundirse. El primero resulta de carácter cultural, la identidad cubana. El segundo, de carácter económico, la superioridad del socialismo. Uno, curiosamente, corresponde al espíritu romántico y todavía ilustrado del siglo diecinueve. El otro, al espíritu emancipador del siglo veinte, el siglo soviético, como hasta cierto punto podría llamársele. Llamaremos revolucionario a lo que sea más coherente con los sistemas que legitiman el poder revolucionario, y el propio poder será revolucionario en tanto sus decisiones sean coherentes con el sistema moral que lo legitima. Sin embargo no debemos subestimar la complejidad que puede implicar encontrar el bando más coherente con los llamados valores revolucionarios. Creo que demasiadas veces se usa la carta del deber revolucionario, de la necesidad de la unión de las filas, para exigir la unanimidad, incluso cuando obviamente un tema ni siquiera ha sido analizado con el detenimiento que requiere.

Creo que a veces las personas seleccionadas como los sacerdotes de lo revolucionario están tan ansiosas por ejercer su labor proselitista, tienen tantos deseos de hablar y tan pocos deseos de escuchar, que determinan antes de discutir cuál es el lado correcto de la discusión, y tildan de contrarrevolucionarios a los que se oponen a él. Quieren convertir sus decisiones de ratón en la postura oficial de un país, invocan nombres de figuras históricas y de intelectuales a los que no han leído, y convencen a sus superiores de que cualquier inconformidad con su gestión personal posee un trasfondo ideológico. Desanimados por las diferencias con los revolucionarios de teatro, no pocos pierden la confianza en la institución, y se internan en los amueblados espacios de la apatía, cuya superpoblación es misteriosamente un misterio para algunos. Las discusiones en sentido general suelen generar más distancia entre los adversarios de lo que generan cercanía entre los simpatizantes, se trata de una ley simple. Aquellos que se meten en todas las discusiones, y probablemente el lector tenga uno en su realidad, crean por cada palabra que dicen más enemigos que amigos, sin importar si tienen o no tienen razón.

Apenas se regula el uso de las palabras revolucionario y contrarrevolucionario, cualquier corrupto o arribista puede convertirlas en su mejor arma, o en una situación más sencilla, cualquier idiota puede echar a perder debido a su idiotez el prestigio que la causa revolucionaria ha conseguido a costa de sangre y sudor. Los consigneros incautos son los peores enemigos de la Revolución, porque dedican sus horas a difundir una involuntaria contrapropaganda. Esto se aplica todavía más al terreno de los intelectuales, donde se espera que el compromiso se traduzca en unidad, y la unidad en unanimidad. Siempre, ya sea para decidir la tipografía de una revista o el color de una pared, se encuentra la forma en la que se deba asumir una postura ante algo, lo que se hace se hace ante algo, hay que estar unidos: así que hay que asumir una postura, la postura ya prevista por alguien. Con honestidad puedo asegurar que pocas veces he estado en un verdadero debate dentro de las filas revolucionarias. Con debate me refiero a un intercambio de opiniones cuyo resultado no sea previsible. Los llamados debates con los jóvenes suelen ser sermones disfrazados. Tengo que decirlo, quizás esté equivocado, pero siento que tengo que decirlo.

El gran problema, dijo Fidel refiriéndose al fracaso soviético, fue pensar que alguien ya sabía cómo construir el socialismo. Incontables farsantes habrán repetido la frase sin aplicarla nunca a su realidad inmediata, sin cuestionar sus propias ideas acerca del socialismo o el lugar del que se sostienen tales ideas. Demasiados papanatas pretenden ganarse la confianza de sus superiores forzando a aquellos bajo su mando a una unanimidad forzada, que no es unidad, sino una calculada y peligrosa hipocresía. Yo abogo por siempre repensarlo todo sin miedo a las palabras de nuestros enemigos, teniéndolas bien en cuenta, de hecho. Aquel que descarta de antemano a sus críticos, sin importar la integridad moral de sus críticos, ha de pensar en el fondo que no tiene la razón. El gran complejo de los necios es que se saben equivocados. Mi tragedia personal es estar en un bando político en el que no pocos se comportan como necios, como si no tuvieran la razón, aunque de hecho la tengan. Pero yo solo no puedo convencer a mis adversarios, y ya bastante difícil es convencer a los necios de mi bando de aquello en lo que dicen creer y en verdad no creen, sin que me consideren su enemigo al intentarlo.

Un Comentario

  • Maño

    Hola Carlos…he descubierto esta trinchera tuya y de otros, les deseo lo mejor, ojalá les vaya muy bien en sus empeños, necesitamos de jóvenes como ustedes.
    A decir lo que piensas y punto, sobre convencer, no es tarea de mortales, solo el tiempo pone notas, no creo que las necesites ahora. Buen viaje, por ahora captaron mi atención y los seguiré leyendo.
    Saludos

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