Entrada de Memento Park vista desde adentro. Foto: Pablo Antonio González López
Opinión

Lidiar con la historia

Por: Pablo Antonio González López

Muchos son los desafíos que un pueblo puede enfrentar, pero no hay ninguno más determinante que el de enfrentar nuestro pasado. Aprendí hace poco que cada nación interactúa con su historia de manera distinta, tal vez por sus características culturales, o tal vez por intereses nacionales; y me chocó muchísimo pues, a pesar de que he visto como se encubren mentiras, nunca presencié cómo encubrir la historia.

“Son 45 euros”.

Ese era el primer castigo para todo aquel que quisiera visitar Memento Park. Situado a 40-60 kilómetros de Budapest, la capital de Hungría, “conservaba” las antiguas estatuas y monumentos de la era comunista. Han pasado 30 años desde que cayó el Muro de Berlín, han pasado 30 años desde que existe Memento Park.
Después del “sablazo” húngaro, y te bajas del taxi, recibes el segundo castigo: aislamiento. No sabes dónde estás, no se oyen carros cerca, todo alrededor es una pequeña plaza rodeada por árboles que impiden la vista tanto hacia al exterior como al revés.
“¿En dónde me he metido?”
Sentí ser víctima de un ostracismo conmensurado orgánicamente por los ciudadanos de Budapest. Cuando el taxi está a lo lejos llega el tercer castigo: silencio. Sonaba como el que se mantiene durante un funeral, pero sin el respeto. Más bien parecía ser el castigo para los vestigios de una era pasada, una era que se ve presente y lejana, más lejana que presente. Aparentaba ser la forma en la cual el pueblo húngaro se vengaba de su historia.

Un monumento se alza frente a la entrada del parque, un monumento dañado del cual sólo quedan unos pies. Es la antigua estatua de Stalin que fue derribada en los disturbios de 1956 por los ciudadanos de Budapest. Un extraño temor recorrió mi cuerpo al ver esos pies, al imaginar el tamaño imperial de aquella estatua, de tenerla frente a mí, con su mano dictadora de órdenes escasas de sabiduría y escrúpulos. Probablemente era el mismo temor que debían de sentir los que antes de 1956 caminaban por delante de aquella estatua.

Las estatuas de Lenin, Marx y Engels flanqueaban la entrada del parque. No empoderaban ni atemorizaban a nadie. Al contrario, sentí tristeza y lástima. Parecían pedir ayuda, no para volver a embellecer alguna plaza o parque, sino para ser destruidas y descansar en paz. Mostraban ser herramientas, víctimas de un engaño, de las estafas y mentiras de hombres manipuladores con ansias de poder ilimitado, con la compañía de una pseudo-conciencia falsamente limpia. Ahora, sufren del odio de otros hombres, odio expresado en el olvido.

Ya al entrar a Memento Park suenan himnos húngaros de la era comunista, himnos que daban la impresión de cantar sobre la gloria. Pero en ese momento, eran más disonantes que todo el merchandising de Lenin y Stalin que vendían en la entrada. Tal vez aquel era otro castigo: hacer quedar ridículos aquellos himnos, en aquel lugar, en esta época.

El parque dentro contenía algunas estatuas de Lenin, de soldados soviéticos liberando la ciudad, de obreros en poses heroicas… Incluso había una estrella roja hecha con flores muy preciosa en el medio del parque. Pero el abandono, el olvido, el silencio,… eran tan latentes que es difícil sentir cualquier otra cosa que no fuera tristeza.

No hay mucho que decir del parque más allá de estas descripciones y las fotos que la acompañan. Sin embargo, deja mucho que pensar sobre el futuro de Cuba, sobre cómo lidiar con sus símbolos, sobre cómo lidiar con la historia.

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