Opinión

Lo irrenunciable

Fotografía: Obra “Abrir la mente”, de Mauricio Cifuentes Nodarse

Por: Mauricio Cifuentes Nodarse

Para muchos cubanos asiduos a las redes sociales, no resultará novedad el incidente ocurrido en el Paseo del Prado de La Habana, cuando fue interrumpida una marcha espontánea por el Orgullo Gay –espontánea a decir de sus organizadores, aunque por alguna razón que aún no ha sido bien aclarada Mariela Castro en representación del CENESEX considera orquestada desde Miami y Matanzas (tampoco se ha dicho por quienes)-. Para ese que no tenga relación directa con un miembro de la comunidad LGTBI en Cuba, o la tenga pero no conozca su historia, todo este asunto de la marcha espontánea y la policía en la calle podrá resultarle quizás un tanto aparatoso. Y es probable que en muchas otras circunstancias lo fuera. Pero tratándose de la comunidad LGBTI en Cuba, este es un hecho grave. Intentaré explicar por qué lo considero así.
Nunca fui a una Conga por la Diversidad, que se han venido haciendo en los últimos años, cada 17 de mayo. La consideraba – quizás con la insolencia intelectual de la juventud más temprana- una curita, un remiendo, al problema de fondo. ¿Marchar, conguear, bailar, agitar banderas? ¿Para qué, con qué fin? ¿Dónde están mis derechos a casarme y adoptar, quien pretende sustituírmelos por un baile y que yo esté conforme con eso? Esto me preguntaba a mis veinte uno, veinte y dos años. Pero al parecer yo estaba equivocado – como lo he estado otras veces con tantas otras cosas- y la Conga sí era necesaria. Porque eso que para mí seguía siendo una nadería, el alfiler de un sombrero, para otros representaba una inmensa conquista: la de poder exhibir su preferencia sexual públicamente, por primera vez para muchos, inclusive homosexuales maduros (sobre todo para ellos, que vivieron los años más grises y oscuros).

Ciertamente en Cuba no se marcha espontáneamente. El que crea eso, o se golpeó duro en la bañera en la mañana, o no conoce un ápice de Historia.

Sin dudas, quien crea que tiene justa causa para hacerlo, todavía necesita de unos justos permisos, que serán dados o no, en dependencia de la capacidad de persuasión de alguien, de algún contacto ¨con los de arriba¨, con la debida sensibilización de quien no tiene por qué estar del todo enterado de por qué alguien querría marchar por el Orgullo Gay. ¿Fue espontánea o no esta marcha? Cómo saberlo hasta que se presenten pruebas concretas. Aún no conozco a nadie en Cuba que tenga las facultades adivinatorias que se le conferían a las del Oráculo de Delfos de la antigüedad – lo del trono y la Buchaca era jarana mía con Templanzo Lenguaetrapo-.
¿Dónde radica entonces el origen de tanto alboroto? ¿Qué encendió la chispa de este acto de protesta? Porque ya se sabe que es lo que fue, y que independientemente de los de Miami o Matanzas que todavía no queda claro quiénes son ni que hicieron, sí asistieron muchos cubanos buenos y con un alto sentido de la justicia social -graduados, integrados y filtrados ya sabemos cómo (y al que no lo sepa se lo puedo explicar bien después en otro artículo)-. Los que marcharon lo hicieron alegando que precisamente este año, después de la fuerte campaña que hicieron los representantes de las iglesias protestantes contra el artículo 68 de la propuesta constitucional – el que abriría paso a la legislación del matrimonio homosexual en Cuba- resultaba injusto que se cancelara la Conga de la Diversidad, en el último minuto.

Y lo que era peor: sin aclarar bien por qué.

Puedo entender la lógica de quien se sintió así, ofendido, por este repentino retroceso de una conquista social ya alcanzada: la de exhibirse públicamente, la de marchar con las banderas, la de participar e integrarse – y restregarle en la cara a todo el mundo también, por qué no, lo que se es, de lo que todos los miembros de la comunidad LGTBI deben sentirse orgullosos de ser-. Se sabe que se hicieron otros eventos relacionados con la Jornada Mundial por la Lucha Contra la Homofobia, incluso a la misma hora de esta marcha espontánea, para disgusto de muchos, que lo consideraron una distracción y un cebo de lo que realmente estaba pasando: que este año, por decisión de alguien, sin disculparse y sin aclararlo bien, los homosexuales y lesbianas cubanas no podrían exhibirse en la calle en su conga. ¿A quien se le ocurre después de todo quitarle una conga a un cubano, si hasta las propiedades norteamericanas se confiscaron bailando – ¡Tinicú, te ñamabas! ¡Fruit Company, te ñamabas! Ti-ti-ri-ti-ti, Ti-ti-ri-ti-ta-? Se debe estar perdiendo ese entendimiento superior de las pasiones nacionales, que tan afilado estuvo en su día.

Hace algunas décadas yo era un niño: seguro menos niño que otros niños, pero fui niño también.

Todavía a mediados de los años noventa era común escuchar en Matanzas determinados términos: flojito, contra natura, capricho de la naturaleza, pajarito. Con rostro preocupado las seños del Círculo Infantil Soldadito de Chocolate – adonde yo asistía- hicieron que mis padres me llevaran a un psicólogo, a la edad de cuatro años. La causa: pasaba más tiempo conversando con niñas que con varones. Una vez en la consulta, un psicólogo de unos cuarenta años – bigotudo y con enormes espejuelos cuadrados de fondo de botella- me entregó dos hojas de papel en blanco – más bien amarillentas, que esto que aquí narro ocurrió en 1993 y no puedo cometer la licencia poética de hacerle creer a alguien que en una consulta de psicología infantil había papel bond-. Acto seguido me pidió que pintara a un hombre y una mujer en ellos.
El niño no tan niño de cuatro años que fui se sintió entonces acorralado, frente a ese buró de formica. Entendía ya que por más que lo intentara esconder, el fallo estaba dictado de antemano:

yo sería declarado pajarito por ese psicólogo

– ¿Por qué estaba allí si no, pintando aquellos cuerpos humanos? -. Manifestando un profundo desprecio hacia esa figura patriarcal – el psicólogo hombre y bonachón, cuyos ojos hablaban mucho más que su boca, sin que me gustara mucho lo que tenían que decirme-, y gracias a mis tempranas dotes plásticas, pinté intencionalmente un hombre muy sencillo, con pantalón, guayabera y botas, en la primera hoja, con unos pocos trazos. Entonces, en la segunda, me recreé pintando por veinte minutos a una mujer despampanante: sombrero de plumas, guantes de cabritilla, falda redonda y parada a la Dior. El psicólogo frunció el ceño, visiblemente ofendido. Sí, compañero psicólogo: nací con ese miedo casi nulo a la autoridad que siente el que ya lleva dentro una vocación artística. ¿Pensaba que se iba a salir con la suya y me pondría a llorar avergonzado, cuando le comentaras a mis padres sus impresiones sobre mis dibujos? Se equivocó de niño: no era tan buen psicólogo después de todo.
Lamentablemente, el ciclo de vida de todos nosotros es mucho más largo que una simple anécdota victoriosa – que por supuesto no me iba a privar de contar, para lustre de mis semejantes-. Pasaron los años y llegaron las burlas de los varones de mi aula, crecieron mis complejos, se intensificaron las segregaciones. ¿De cuántas casas de estudio me privaban de pertenecer con alguna excusa boba, simplemente porque las madres decentes, revolucionarias e integradas de Matanzas no querían recibirme en sus impolutos y heteronormativos hogares? Me dolía el estómago cada vez que me tocaba hacer educación física: no soportaba los gritos y ofensas de las profesoras y demás estudiantes, cada vez que me ponían a jugar pelota a la manito. Vete a jugar con las niñas, insistían siempre, con ojos brillantes y la boca muy abierta -descarada, desencajada-.

La crueldad de los simples y menos educados, de ese entorno docente cubano que resultó ser mucho menos respetuoso y equitativo, de lo que mostraban los libros de textos de Lectura y de Historia.

Se sumaron a mí ya bastante reprimida y traumada psique preadolescente las leyendas homofóbicas locales, cada una más tétrica que la otra: dos varones habían sido agarrados tocándose y haciendo el chupi-chupi en un baño de la escuela al Campo, y fueron regañados luego ante toda la escuela, y sus padres. La del Tasador de la Vocacional – ese que palpaba calzoncillos a los becados durmientes a principios de los dos mil- que había sido agarrado in fraganti por uno de los de la guardia nocturna, que de inmediato prendió la luz, y despertó a todos a gritos, informando de lo que ocurría. Se reunieron entonces los varones de ese año de mi antigua escuela cual manada de la novela Las Moscas, tomaron al Tasador por los hombros y lo lanzaron del balcón de un tercer piso del albergue de Matanzas, quebrándole la columna. La varonía había tomado la justicia por sus manos, defendiendo su honor y su derecho a que sus miembros no fueran tasados por ¨ese pervertido¨. Ninguno fue castigado. Encima, le pusieron un nombrete y los que contaban la historia -que era vox populi en Matanzas- se reían con desparpajo.

El muchacho terminó suicidándose. No lo culpo: yo hubiera hecho lo mismo con esa edad.

Para que engañarme creyéndome que era más fuerte que mi circunstancia cuando en el fondo nadie lo era. ¿Empiezan a entender por donde voy?
Para los que no, les contaré entonces mi propia experiencia en la Vocacional de Matanzas, Carlos Marx. Cada día, a las diez de la noche, apagaban la luz del albergue. X salía entonces, cada noche, a leer al pasillo del albergue: yo ya estaba allí. Nos prestábamos libros, comentábamos las lecturas. No había una silla en ese pasillo: leíamos contra el frío suelo, la espalda reclinada contra el también frío muro de celosías. No había mucho más interesante que hacer en aquella escuela que leer, al menos para los que como X y como yo, teníamos la intención de formarnos bien. Después de todo para eso nos habían dicho que uno iba a una Vocacional cubana: para ser la vanguardia instruida de la Revolución.

Una de esas tantas noches de mi décimo grado, X se cansa de la postura incómoda que tenía que adoptar para leer. Le ofrezco mi pierna para que recueste la cabeza, por primera y única vez. La acepta, sin chistar, en un acto inocente y de camaradería adolescente, como otros tantos que se vivían cada día – préstamos de chancletas, cucharas, calzoncillos, jabones, además de la consabida y permanente desnudez de todos los que allí convivíamos, en bolas y al fresco la mayoría del tiempo para sobrellevar el calor-. Seduje a muchos hombres después, dormí con muchos hombres después.

Sin embargo, ese día de mis dieciséis años, cuando todavía tenía ¨novia fija con la chaperona de la mamá incluida¨ – como se seguía diciendo y haciendo en algunas casas de Matanzas- no hubo ninguna intención erótica en mi ofrecimiento. No es que no me atrajeran los hombres: es que todavía ni me atrevía a preguntarme si a un hombre le podía gustar otro hombre – ¨entre tu y yo siempre se opone por mucho que intentemos ocultarlo esa vieja costumbre que dispone: todo extraño escozor hay que acallarlo¨ dijo Arenas y nadie ha sabido decirlo mejor, pienso yo-. Leer era verdaderamente incómodo. Prestarle mi pierna a X fue un simple acto de reafirmación intelectual: no te rindas, sigue cultivándote, sigue leyendo.

Yo puedo aguantar mejor el dolor en la espalda que tú. Carpentier es necesario: ¨en el reino de los cielos no hay grandeza que conquistar puesto que todo es ya jerarquía establecida, incógnita despejada, reposo y deleite¨.
Entonces llegó de sorpresa el director de mi unidad. Llevaba una linterna en la mano, que lo acompañaba siempre en sus rondas imprevistas para asegurarse que no estuviera pasando nada raro en los albergues. Frunció el ceño de inmediato. Nos mandó a dormir sin dar más explicaciones. No le presté atención al asunto: el pecado está en la mente y yo sabía que no estaba haciendo nada malo, que X sabía perfectamente que no había ningún doblez ni maledicencia en mi ofrecimiento de la pierna donde reposar su cabeza, y que precisamente por eso la había aceptado. Éramos socios, camaradas, en un país donde el roce físico entre hombres ya no era extraño – nos saludábamos todos con efusivos abrazos, besitos en la cara, pellizquitos de nalga y pezones adolescentes incluidos-.
La tarde siguiente me encuentro entonces con X, en la escalera de la entrada al albergue. Venía con el rostro blanco: tartamudeaba. ¨Tengo que hablar contigo. Es muy serio¨, me dijo. Con la quijada zafada terminé de escuchar su historia. El director lo había llamado hacia unos momentos a la dirección de la unidad, de donde ahora regresaba. En una especie de consejo disciplinario a puerta cerrada, junto a otros dos profesores, lo interrogaron duramente, obligándole a confesar que yo era homosexual. X lo negó todo. X fue el héroe de ese día. Dijo la verdad, se aferró a su verdad. No creyó en amenazas, no se dejó intimidar. Esto es un gran malentendido, les repetía X. No, no, sabemos que no, insistía el director. Sabemos que Mauricio es un rockero, un antisocial, uno que no está con el proceso. Sabemos que es homosexual. Confiésalo todo. X no lo hizo y lo dejaron ir.
No pasaron muchos días antes que me encontrara con Y, mi amiga de la adolescencia. Traía el mismo rostro blanco: la habían interrogado también. Exigían que aceptara que hacía tríos conmigo y otro varón de mi albergue, lo cual lógicamente también era falso. Después en mi época de la Universidad hice tríos, cuartetos y hasta orgías.

No soy un puritano, y quien lo sea, no me interesa particularmente que me lea.

Pero a mis dieciséis años no hice ningún trío con Y y otro varón de mi albergue. Eso también era una mentira del director de mi unidad, que estaba empeñado al parecer en encontrar alguna justa causa para expulsarme de la Vocacional -porque sí, el castigo que me hubiese correspondido era ese, con espectáculo delante de mis padres incluido (¡figúrense si iba a pensar yo en algún extraño escozor, y en roce erótico con otro ser que no fuera mi novia pedida y enchaperonada!)- Aferrada a su verdad, mi amiga Y rebatió todos sus argumentos, se defendió como gata boca arriba, y también logró salir ilesa -habíamos aprendido tan temprano todos a defendernos de ciertas injusticias-.
Gracias a la integridad moral de esos amigos, no fui expulsado de la Vocacional en mi décimo grado, logré graduarme dos años después, y con mi expediente de notas abrirme las puertas a estudiar en la Universidad de La Habana – ¡a la Poma, la gran Poma de los intelectuales cubanos! -. Otros jóvenes homosexuales de mi albergue – todavía ocultos en esa época -, no soportaron la presión de ese primer curso y renunciaron a una mejor educación en la Vocacional, por otra menos espléndida, pero sin tantos controles morales -no, esta anécdota no es inspirada en la película Fresa y Chocolate, fue mi vida, lo juro por la Constitución de Guáimaro y la bandera de Carlos Manuel de Céspedes-. Cuando terminaron su doce grado en esas otras escuelas, no alcanzaron por razones obvias un buen expediente, ni pudieron ir a la Universidad de La Habana. Esto ocurrió no en los años sesenta de Arenas, ni en los setenta del cuento de Senel Paz, sino en pleno siglo XXI, en el 2005 para ser más preciso. No fueron fanáticos protestantes quienes se comportaron con ese nivel de oscurantismo feudal, sino la dirección de un preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas – marxista, leninista y martiano-.
En 2008 me fui entonces a La Habana, a estudiar Derecho. Aunque ya nadie era expulsado de esta institución, tras juicio colectivo y sumario – con toda la humillación y el trauma familiar y social que aparejaba- por practicar la homosexualidad, éramos solos cinco varones los que nos reconocíamos abiertamente homosexuales, en toda la facultad de Derecho. ¡Cinco! ¿Eran tan varoniles entonces los futuros juristas que me rodeaban? Permítanme carcajearme, para ahorrarme un chiste mordaz con el que terminaré ofendiendo a alguna novia, que no tiene la culpa.

No eran los miembros de iglesias protestantes esos compañeros míos de la facultad.

Se sabe que en Derecho predomina un tipo de estudiante, que no es precisamente muy religioso. De casa de sus papás dirigentes traían esa homofobia solapada – tapada como se dice en jerga de ambiente gay cubano-, mal disimulada incluso en el caso de algunos profesores – que ya eran viejos iniciados en aquello que le gustaba a Kavafis-. Casualmente el Departamento de Civil en pleno (a los que les correspondería empujar la reforma del Código de Familia) tenía ese tufo moralista a corte austro-húngara. Las de los broches de pedrería falsa – que de lejos parecían brillantes- en las chaquetas. El latinísimo que iba a dar conferencias en traje – y qué coincidencia, también tenía novia-. Los mismos a los que nunca les vi abrir sus bocas para defender los derechos civiles de los homosexuales. Quien los interpelara sobre el asunto directa y personalmente– como yo lo hice en alguna ocasión, porque si ya vieron que a los cuatro años me era indiferente la opinión de un psicólogo, figúrense a mis veinte y dos-, entonces le contestaban con una mueca en la boca y alguna fanfarria jurídica. ¨La sociedad no está lista. La sociedad no está lista¨, se repetía en los pasillos de Derecho. Bueno, ni la sociedad, ni los juristas de aquella época, me atrevería a añadir yo ahora, diez años después.
A pesar de estas nociones falangistas de los de Civil, para 2010, la Habana ya era una gran fiesta gay. Lo que el CENESEX organizó y apoyó en esos años – al proyecto Divino y otros similares- sí tuvo un impacto en esa sociedad, que aunque no estaba lista -según los de Derecho- jamás me maltrataron de palabra ni acto alguno, por verme con otro hombre en la calle. Muchas amigas y amigos de mente abierta comenzaron a acompañarme a las fiestas de temática homosexual, colgados del brazo de sus parejas del otro sexo. Comenzaba la integración, el derrumbe de aquel terrible muro de la homofobia – que no me contaron, que yo lo viví en carne propia hasta los veinte años-. Marchó en la Conga quien quiso, y otros como yo se abstuvieron de hacerlo.

Comenzaron ¨las bodas¨ simbólicas entre lesbianas y homosexuales.

Hubo algún que otro pastor cristiano que se llenó de decencia y casó a un par también. Seguíamos esperando – sentados y con mucha calma como estamos acostumbrados en Cuba- que acabaran de modificar el Código de Familia, y que reconocieran al menos la unión de hecho – para abrir paso a la sucesión intestada entre los cónyuges de facto del mismo sexo-. No ha llegado todavía ese día feliz. La sociedad sigue sin estar lista, en teoría. Pero con este rápido paneo intento demostrar que no era la sociedad, precisamente, la que no estaba lista, hace una década. ¿Eso ya cambió, o siguen los mismos de siempre en Civil, los discípulos de la señora del collar de perlas? ¨Vengo repartiendo cascarilla en los piononos, y ellos saben con quien es¨, cantaba el Historiador Delio en los pasillos de Derecho a modo de improvisada copla – otra víctima de la homofobia universitaria, en este caso, la de los tiempos de Juan Marinello (ay sí, era muy revolucionario, pero también muy macho, de no quitarse la pistola, dicen).

Las conquistas sociales deben ser irrevocables. Al menos en Cuba, donde se hizo una Revolución.

La Conga de la Diversidad fue una conquista, y suspenderla este año, un retroceso. El que quiera verlo de otra manera, creo que está equivocado. Y lo que es más triste, que con su error parece faltar el respeto a todos esos: los que sobrevivimos al acoso estudiantil en la enseñanza primaria – se parte, se parte, se le salen las plumas-, reían también las auxiliares docentes-, los que vivimos con el corazón en la boca en las becas – ni se te ocurra ni preguntarte por eso (como lo llamaba Hernández Catá en el Ángel de Sodoma), que el que se entere, ahí mismo te mata- , los que tuvimos que aguantar desplantes y miramientos de otros homosexuales tapados en la Universidad – ¿cómo, derechos civiles, adopción gay, en el país de la siguaraya? ay miji no, ¿y eso? Tumba eso-.

Para atrás ni para coger impulso, debe ser el lema del movimiento LGTBI en Cuba.

Espero que la próxima vez que alguien decida suspender la Conga/marcha, y otros insistan en hacerla por sí mismos, aparezcan de inmediato los permisos. Porque si estas anécdotas que aquí les narro reflejan la mentalidad de un director de Vocacional, de unos teóricos jurídicos de la Universidad Insigne de Cuba, y de unos estudiantes letrados ¿que quedará entonces para esos coroneles que se pararon en Prado, intransigentes, a decir no, no, no, como siempre? No me lo imagino: sé cómo piensan. En Derecho también estudiaron sus hijos homosexuales, abiertos o no. No me lo contaron: dormí con ellos y escuché sus amargas lágrimas, los terrores y heridas de sus crueles crianzas. Exhibir con orgullo la sexualidad diversa en Cuba tiene que ser ya un derecho irrenunciable. Si alguien no encuentra otra razón de más peso, piensen entonces que con el único fin de que nunca más, ninguna seño de Círculo Infantil vuelva a forzar a unos padres a llevar a su hijo al psicólogo bigotudo a pintar mamás y papás, por preferir hablar con niñas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: