Opinión

Lunes

Por: Miguel Alejandro Hayes

Me eche a reír cuando supe la noticia del meteorito. En realidad no reía de corazón, era solo la fachada asincrónica del miedo que sentí. Era miedo, incertidumbre (esa que amenaza la inteligencia humana).
Me atormentó la idea de no saber qué pasa en Cuba en estos días. Todo esto supera mi ateísmo convencido, y me pone al borde de las deidades, de lo supraterrenal, de algo que sea más que la voluntad de los hombres de hacer un mundo mejor.
Por si fuera poco, en un año en que el mundo de los humanos nos golpea, viene la naturaleza y da su puñetazo sobre la mesa. ¿Quiere decirnos algo? ¿Qué? ¿Es una señal de que vamos mal y hay que cambiar de rumbo? ¿Es un castigo, o es que no está poniendo a prueba?
Y los que pagamos somos nosotros, los de abajo. Los azotes del Imperio, la soberbia de la burocracia, y ahora la naturaleza. Todo se combina contra nosotros.
No sé qué es, pero algo pasa. Este río está sonando, aunque no sepamos que piedras trae. No hablo de lo divino. Lo divino por lo divino no importa; si después de todo, fue una invención del hombre para adornar y endulzar su existencia. Hablo de nosotros.
Es evidente que no somos el mismo país, es decir, la misma gente. Y este apocalíptico escenario deja descubiertas muchas cosas; sobre todo, a esos centros que fomentan divisiones entre cubanos, ya sea desde la política o desde la religión.
Justo la existencia de varios centros de producción de espiritualidad -aunque la mayoría no sea más que el mismo perro sectario pero con diferente collar-, dice cómo se resquebraja la unidad, al menos, la percepción del interés común (aunque solo sea discrepancia respecto a métodos de la gestión del país).
Siento aire de inconformidad, y no precisamente el de vídeos dudosos sobre rebeldía. Es otra inconformidad, una que puedo advertir, aunque no pueda medir sus dimensiones (pero es lo que veo a mi alrededor). Seguro se me dirá que es mi experiencia personal, que las cosas no están así. Pero me atrevo a inferir que no puedo ser parte del único segmento de Cuba donde hay inconformidad. Temo que mi muestra sea resentativa, que lo que palpo sea real; que silenciosamente se está desmoronando el sistema de signos sobre el que se levantan las subjetividades que han dominado en la historia reciente.
La forma repetida por tantos años, se está vaciando y conviertiéndose en solo eso -forma-, en la autofagia discursiva que solo con esa característica puede existir. Eso nos está pasando factura.
Hoy no percibo el mismo clima de las época en que un uniforme azul me acompañaba. Carece de sentido distinguir si lo que siento que cambia es el mundo en mi cabeza -ahora diferente al de los tiempos del uniforme azul-, o es que cambia el mundo donde estoy. No sé si es un cambio del cristal, o el del mundo.
Lo cierto es que puedo sentirlo. Y yo no soy Sergio. No vivo en lo elevado de un privilegiado edificio de la Habana, ni tengo el dinero para solo dedicarme a mirar.
No soy Sergio, y es lunes.

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