Opinión

Un socialismo más participativo

Por: Miguel Alejandro Hayes

Conocí a Marta en La Universidad de La Habana. Ella presentaba para un grupo de estudiantes un documental sobre algunos de los procesos de participación popular realizados en Venezuela durante el gobierno del presidente Chávez.
Me llamaba la atención aquella mujer con tanta energía. Su actitud nos hacía sentir a otros vergüenza; vergüenza por verla hacer tanto, y nosotros -que nos creíamos que hacíamos mucho-, haciendo tan poco.
Cuando se conocen personas así, creo que se nos da una señal, corrientazos que nos avivan el fuego, que nos recuerdan que no venimos a acumular diplomas, que nuestra descendencia de lo que estará orgullosa es de que hayamos venido a este mundo a intentar hacerlo un poquito mejor. Entonces Marta, empezó a entrar en mi vida.
Comencé a leerla. El socialismo del siglo XXI, la planificación participativa, la educación popular, pasaron a ser cuestiones incorporadas a mi manera de pensar. Luego, claro, no podía faltar el debate.
Y es que una discípula de Althusser -el mismo sobre el que he escrito mi desacuerdo-, tenía que entrar en contradicción con un joven aspirante a hegeliano como yo. Pero Marta discutía con mucha humildad. Imagínese, la autora de más de ochenta libros, una larga trayectoria teórica y de premios, con páginas escritas sobre el tema, dialogando en términos de iguales conmigo. Recuerdo que me decía siempre, como para no concluir el tema, “ya hablaremos”. Y es que esa era la Marta que veía: podía expresar mis desacuerdos con confianza, que su respuesta sería siempre la de aquella persona dispuesta a dar y recibir argumentos.
No quiere decir eso que era “la pureza” de la diplomacia que linda con la indiferencia burguesa que intenta quedar bien con todos, lo que la caracterizaba. Ell tenía la firmeza que necesita un revolucionario para hacer valer sus posiciones y defenderlas en medio de la diversidad. Después de todo, era difícil de convencerla de lo contrario de lo que pensaba, -cabezadura, en buen cubano-. Cuando se decidía por la importancia de una idea, no había quien se la quitara. Quizá pudo parecer soñador en algún momento, pero creo que ahí estaba su magia, que era esa pulsión a transformar la realidad que todo marxista tiene. De eso partimos todos, y esa era la esencia de Marta.
Tenía mucha confianza en los jóvenes. Y en este mundo que reproduce criterios de autoridad, verticalidad, tecnocracia, populismos autoritarios, eso es extraño. Hace un año me pidió que fuera el presentador de su último libro, acá en La Habana. ¿Qué iba a decir yo? No sé si ella sabía si yo podía hacerlo bien o no, pero me dio la oportunidad.
Hoy no creo que sea consecuente dedicarse extensamente a hablar de ella, de su obra teórica y política como quien no trasciende los marcos de los formalismos de los rituales artísticos que devienen en homenajes. Marta era praxis, era lucha. No se trata del acto abstracto de que la subjetividad muestre imágenes de su figura, de sus ideas.
Se trata de continuar la lucha. Y no por algo intangible, sino por lo que nos enseñó: intentar conquistar un socialismo más participativo, menos enajenante.

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