Política en Cuba

Los mitos de la autonomía universitaria

Por: Ariel Pierucci

Los reclamos por la autonomía universitaria han vuelto a escena. Ocurre cada cierto tiempo y además de no dejar nada claro; despierta morbos, levanta comentarios y exalta pasiones.
Llama la atención a todo el que considera que tiene algo que decir, y el debate se llena de estudiantes optimistas pragmáticos investigadores que piensan en las quiméricas y prácticas maneras de llevarla a cabo. Tanta disposición emociona a quienes sostienen el sueño, hasta el que los oye se contagia, y ambos se llenan de una euforia tal, que ninguno se hace la gran pregunta: ¿qué es la autonomía universitaria?
Imaginarla, cualquiera puede, saber qué implica, todos deben. Y a lo que es la autonomía y sus implicaciones estará dedicado este texto. A ver si de una buena vez los cubanos nos empezamos a enterar de lo que pedimos. Pues autonomía universitaria es algo más que el estereotipo de “la policía no puede entrar a la Universidad.
En mis conversaciones sobre este asunto, lo que escucho es solo la palabra. Pero lo que lleva la palabra, casi nadie me lo dice. Y es que la autonomía universitaria depende de un único factor: que la universidad en cuestión se mantenga a sí misma. Sí, una vez más, la clave está en el dinero. En la variante autonómica, un centro de altos estudios no es mantenido por nadie. En pocas palabras, si de pronto se les diera a las universidades tal estatus, el Estado saldría de la escena. Se iría papá, así que habría que mantenerse por uno mismo. Pero bueno, queríamos ser independientes así que basta de quejas y a asumir. ¿Cómo se mantendría una universidad autónoma? Hay varias opciones. Analicémoslas.
En primer lugar, están las donaciones, tanto de instituciones como de particulares. En esta variante, algo o alguien muy afecto donaría dinero al centro y lo beneficiaría. Bien. Pero las donaciones no son lo que se dice una entrada fija, hoy las tenemos y mañana no, eso sin mencionar que dependen del poder adquisitivo del que las hace. Lo mismo se donan diez pesos que diez millones. A esto se debe sumar lo complicado que resulta en nuestro país donar un simple centavo, pues a medio sistema institucional hay que pedirle permiso. En una Cuba con universidades autónomas, estas y el Ministerio de Comercio Exterior, más el de Finanzas y Precios y los que para la materia de seguro se crearían, se conocerían mucho. En fin, entre burócratas y falta de regularidad, las universidades no podrían sostenerse sólo en donaciones. ¿Qué más haría falta?
Cobrar, habría que cobrar. ¿Cuánto? Caro. De mil dólares no bajaría. Sí, así funcionan las universidades autónomas, las matrículas cuestan porque constituyen la principal fuente de ingreso. Y los costos no paran ahí. Las rematrículas se cobran, más los libros de texto, los cursos electivos, los cursos de intercambio, los posgrados, en fin, que la educación superior y su mítica autonomía le cuestan bastante al autónomo universitario. Lo anterior, por supuesto, nos resulta inaceptable a los cubanos de forma unánime. No solo porque nos hayamos acostumbrado a la educación gratuita, sino que somos conscientes de lo justo de su aplicación. Por tanto, no aceptaríamos costo y cobro algunos. Pero como seguimos empeñados en ser autónomos, alguna otra forma de ponerla en práctica nos debe quedar.
Resta el mito que más se ha empezado a transmitir en los tiempos recientes: la autogestión. Elegante tecnicismo para decir algo que no es otra cosa que autonomía pero que tiene el don de caerle bien a los economistas. ¿En qué se basa este nuevo concepto salvador? En el misterio de los ingresos universitarios. Se apoya en otro mito, que afirma la existencia de manantiales de riqueza que se acumulan en las universidades por vía de convenios internacionales, proyectos investigativos con respaldo también internacional, impartición de cursos y conferencias en el extranjero por parte de profesores e investigadores, y la oferta de cursos y becas a estudiantes foráneos. En pocas palabras, para este pensamiento, las ganancias por la suma de todas las variantes anteriores han dotado a la universidad de posibilidades de acumulación suficientes para que se mantengan, o, mejor dicho, se autogestione.
Esta última opción, que bien podría ser válida, lleva antes de asumirla por entero, una serie de acotaciones. Para empezar, el concepto como tal, algo difuso se hace. Bien se le debería dividir al proceso en dos partes: autofinanciamiento y autogestión. El primero, permitiría que los centros de enseñanza superior no dependieran económicamente de ningún otro organismo; mediante el segundo, podrían administrar las finanzas según sus necesidades. Ahí estaría la clave, en contar con ambos de manera simultánea y sin intromisiones de factor externo alguno. De más está decir que la aplicación de las dos variantes implicaría transparencia en cuanto a las fuentes de ingreso, y la competencia por parte de los gestores de la autogestión.
Sin embargo, del mito, falta por cubrir otro misterio, ese del que ya Marx habló: el trabajo. ¿Quiénes generan las enormes y autogestoras fuentes de ganancias? Los profesores e investigadores que crean el conocimiento que se oferta en el mercado académico internacional. Sí, se trata de puro y simple valor que los profesores e investigadores crean como un obrero más. Por ello, el que desee conseguir la autonomía-autogestión, no debe olvidar el justo reclamo que hacen los profesionales universitarios de recibir remuneración salarial según las divisas que generan. Y téngase en cuenta, que por remuneración no hablo de recargas a una cuenta de celular, sino a dinero contante y sonante en una proporción que no esté signada por los ridículos no sé cuántos CUC por cada no sé cuántos meses. ¡Qué para algo son los profesores y los investigadores los que investigan y dan clases!
Sin embargo, no solo por profesores está compuesta la universidad, los estudiantes son el otro lado fundamental y quienes tienen el mérito de ser casi siempre quienes presentan el reclamo. Veamos como entran ellos en este problema.
Es más simple de lo que puede parecer. La respuesta es la siguiente: los fondos de la FEU los administra la UJC, o sea, decide cuándo darlos y cuándo no, en qué cantidades, para qué y a quién. Pero esta competencia no está establecida en ninguna parte, sencillamente se ha hecho así durante años y punto. O sea los miembros de la FEU, sólo deben exigir el manejo de sus propios fondos. Si les salieran con alguna ley al respecto, señalar la no existencia de tal ley es más que suficiente. Se acabó. En este sentido, los estudiantes deben reclamar tanto la autonomía universitaria como su autonomía como organización.
Dinero y administración eficaz, trabajadores bien pagados y una FEU sin control externo, son estas las verdaderas bases de la tan soñada autonomía universitaria. Ya conocidas sus implicaciones, queda por lanzar la pregunta fundamental: ¿están dispuestos sus artífices a los desafíos que impondría?

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