Política en Cuba

Demografía vs. nuevos revolucionarios

Por: José Gabriel Barrenechea
Los nuevos revolucionarios cubanos de hoy pretenden derribar al gobierno mediante una revolución, apoyados en las presiones económico-financieras que contra la Isla han conseguido que dicte la actual administración americana de Donald Trump.
El plan es provocar que el cubano promedio, agobiado por la falta de alimentos, medicinas o de transporte, se tire a la calle; para desde allí exigirle al gobierno que tome la evolución democrática que ellos, los nuevos revolucionarios, ponen como condición para comenzar a levantar el sistema de sanciones económico-financieras, de antaño y de hogaño, dictadas por los EEUU. Sanciones y medidas tomadas dizque contra el palacio de la Revolución, pero en realidad contra el cubano promedio, ya que es muy poco probable que a los inquilinos de esa mole les falte alguna vez el papel sanitario para sus deposiciones intestinales.
No me someteré aquí a analizar lo ético de esta propuesta, revolucionaria, ni tampoco su conveniencia política. Me concentraré solo en el realismo demográfico o no, de la famosa propuesta de sacar a las calles al cubano promedio por medio del desabastecimiento.
Sociológicamente es bien sabido que las sociedades tienden más a las explosiones sociales revolucionarias mientras más joven es su población. Existe una relación entre la edad promedio de un país, y la probabilidad estadística de que por cualquier razón en el mismo la gente se tire para la calle. En general puede plantearse la siguiente relación: a mayor edad promedio, caerá exponencialmente la capacidad revolucionaria de una sociedad; a menor edad, esa capacidad aumentará de la misma manera hasta los niveles que llegó a tener en Europa entre 1789 y 1848 (coincidentemente la Época Dorada del revolucionarismo europeo).
Claro, hago notar que solo nos interesa aquí la capacidad revolucionaria relacionada con las insurrecciones populares generalizadas. La menor edad promedio no implica que necesariamente estas insurrecciones deban suceder. La ocurrencia de las mismas depende además de otro conjunto de condiciones, por sobre todo de las barreras que el gobierno de la sociedad en cuestión le pone o no a esa capacidad juvenil revolucionaria de expresarse por otros medios menos violentos que la insurrección popular. Si existe una saludable movilidad social, sea a resultas de un fluido traspaso de poderes entre una generación y otra, o simplemente ante la juventud se abren posibilidades realistas de emigrar hacia otros horizontes más atractivos. Esa capacidad juvenil no alterará el orden social (fue lo que sucedió en Europa a posteriori de 1848, cuando se abrió la llave de la emigración a los EEUU; en no poca medida ahora en Cuba, cuando esa llave no se ha podido cerrar).
Aceptado esto, no cabe más que dar pocas probabilidades de que en algún momento los cubanos nos lancemos a las calles a reclamarle al gobierno la democratización que nos “quitará de encima el dedo de una potencia extranjera”. No solo por como se ve, lo embarazoso de ese pedido para una mentalidad, la cubana, tan afectada históricamente por el nacionalismo, y hasta el chovinismo (salir a la calle para en definitiva hacer lo que quiere una potencia extranjera, no importa si manipulada por los intereses de los emigrados).

También hay razones demográficas. Cuba es hoy una sociedad muy envejecida. Es de hecho, la más envejecida de todas las Américas, si en lugar de solo fijarnos en el por ciento de su población con 60 años o más, concentramos nuestra atención en su edad promedio. En Cuba esta supera los 40 años, algo que solo ocurre también en Canadá (aunque la tendencia al envejecimiento promedio es allí algo más lenta).
Cuba, con un por ciento de ancianidad comparable al de Uruguay, supera en varios años a ese país en cuanto a la edad promedio de sus habitantes (39). O lo que es lo mismo, en nuestro país el cubano promedio es ya un cuarentón, casi doce años mayor que el latinoamericano promedio, ahora en sus lozanos treinta.
Comparemos, a propósito, a Cuba con otra sociedad latinoamericana en que hoy las manifestaciones callejeras amenazan al anterior orden institucional: Chile. Mientras el cubano promedio es un cuarentón de 42 años, casi 43, el chileno promedio tiene 32. Por cierto, en el ecuatoriano promedio no alcanza los 30, y el boliviano no llega a los 25.
Si sabemos que en toda Latinoamérica la capacidad revolucionaria ha disminuido, y que el malestar chileno en su relativamente juvenil sociedad, ante la enorme desigualdad allí imperante, ha debido esperar años antes de llegar a manifestarse a la manera de una insurrección popular: ¿Qué esperar en el caso cubano? ¿Acaso que la gente se tire para la calle cuando ya la edad promedio, en rápido aumento, alcance los cincuenta?
No creo que alguien pueda imaginar una revolución de cincuentones, más, en el caso cubano, donde tener cuarenta es ya padecer los achaques físicos y espirituales que un canadiense no sufrirá más que al aproximarse a los sesenta, donde la tendencia a encerrarse en un pequeño cachito de mundo que se defiende con uñas y dientes, a aislarse con lo poco que se ha alcanzado a reunir, se da más rápido que en ninguna otra sociedad del mundo en desarrollo.
La conclusión es: es muy poco probable que una población con semejante edad promedio se aventure a hacer lo mismo que la chilena de hoy. Pero es aún menos probable si tenemos en cuenta la estructuración del gobierno cubano, con un eficiente sistema de control.
Incluso si una parte de la población cubana, ese escaso 10% que vive la década revolucionaria, entre los 14 y 24 años, se lanzara a la calle, ¿qué efecto real podría tener en obligar al gobierno a entrar en un proceso democratizador? Si en Venezuela, con una edad promedio casi 15 años menor (28), una población en la mencionada década que se acerca al 20%, y un sistema de control y menos efectivo que el cubano, no se ha logrado nada: ¿Qué conseguiría en Cuba un movimiento semejante?
Salvo que se juego en realidad a obligar a una intervención americana en Cuba, a nada.
Pero hay más: por tradición histórica la sociedad cubana no ha sido nunca revolucionaria en el sentido de grandes movimientos de insurrección popular, de tirarse a la calle. Las revoluciones independentistas fueron llevadas adelante por ejércitos libertadores que nunca superaron el 3% de la población isleña, y la de Fidel Castro fue la obra de unos cuantos miles escasos de jóvenes. En Cuba la gente se tira para la calle más bien después que ya una minoría, los famosos grupos de siempre, no solo de ahora, ha logrado hacer la Revolución, no antes.
Incluso la única vez en que un movimiento popular derribó a un gobierno en Cuba, en el verano de 1933. Las circunstancias del hecho no hacen más que apoyarnos en nuestra desconfianza de que una insurrección general vaya a mejorar el asunto.

En primer lugar, la gente no se tiró a la calle, solo se encerró en sus casas, en una huelga nacional de brazos caídos. A lo cual solo se llegó, por demás, cuando un considerable por ciento de la población no tenía literalmente más que harina de maíz para comer. Nl hubo un acto masivo de resistencia hasta que ya no quedaba para comer más que una comida que no hacía ni cincuenta años no comían los esclavos, porque a estos se les daba, sí, pero con abundante tasajo y manteca, no con azúcar.
Y a esta reacción tan poco común del cubano promedio se llegó cuando la edad de este rondaba por los 20 años. O sea, que la vez de mayor alcance en que a la gente le dio por tirarse para la calle, la edad promedio del país andaba casi 23 años por debajo de la de ahora, cuando casi un 25% de la población tenía entre 14 y 24 años de edad.
Pretender que mediante presiones de una potencia extranjera la población cubana se lance a la calle para obligar al régimen a comenzar un proceso democratizador no es solo éticamente reprobable, y políticamente contraproducente, es también un esfuerzo condenado al fracaso.

5 Comentarios

  • Ramón García Guerra

    Pienso que el aplicar la variable de la edad es importante, pero no decisivo. Faltaría por incluir en el análisis otras variables, como la tradición, las circunstancias, la coyuntura, los actores y las agencias, el orden institucional, etc. que hacen parte del proceso. Luego, se habla de algo que está por suceder en Cuba y se obvia lo que sucede hoy mismo.

    • Hayes Martinez

      Sin dudas Ramón, la demografía es apenas una variable, y si me preguntas a mí, este análisis de Gabriel es pura comparación. Sin embargo creo que la intención de Gabriel es decir, que hasta desde el punto de vista demográfico, carexe de sentido la tesis opositora de la salida para las calles

  • Ramón García Guerra

    Sugiero se tenga en cuenta lo sucedido en Cuba en las últimas tres décadas. Particularmente, hablo de la transición de una sociedad cerrada a otra abierta al mundo (1989-2012). Después toca hacer otro análisis de lo sucedido en los 2000, que sería la fase inicial de una sociedad-otra que cumple su ciclo histórico y que ha llegado a su clímax (2019-2021).
    Convendría, además, hacer un énfasis en el juego de fuerzas que sostienen hoy al régimen cubano. Hablo de aplicar un enfoque clasista a la política en Cuba. Integrados y desconectados. La masa del precariado, las clases medias (vieja y nueva), las élites políticas…
    Entonces se verá que estamos en medio de una revolución que viene desde abajo y desde adentro. Precisamente por eso hablo de dar un giro comunitario radical a la sociedad, dotando de sentido de comunidad cada espacio y momento de la misma. Sucede que los anteojos que usamos no nos dejan ver la realidad.

  • Ramón García Guerra

    Coincido con el autor en que resulta un absurdo el creer que se lograría inducir una revuelta en Cuba al aplicar una política de presión que ha fallado por seis décadas.
    Ciertamente, las cifras de la economía de remesas son superiores a los ingresos netos del Estado cubano. Pero son sólo eso, cifras. Porque hay una exitosa economía no-estatal y un comercio de fronteras que maneja fondos que superan a las remesas.
    Sucede que dicha economía no-estatal se enfrenta a dos enemigos: uno interno, el Estado, y otro externo, los anticastristas radicales.
    La política económica del PC y el Estado cubanos es hacer de la empresa estatal la clave de la economía nacional y del sector no-estatal un complemento de la misma. Pero una mayor disponibilidad de fondos ha alterado los ritmos de desarrollo que habían sido previstos.
    La política del Gobierno ha sido entonces la de bloquear el avance del sector no-estatal y tratar de mantener a flote a la empresa estatal a capa y espada.
    Precisamente, esta es la política que adoptan hoy los anticastristas radicales en contra de la economía no-estatal o autónoma.
    Felizmente, este ataque llega fuera de fecha y con sello de caducidad. Sucede que existe en Cuba una economía social autónoma que goza de buena salud y que se sostiene por sí misma.

    • Hayes Martinez

      Ramón, eso lo me conduce a pensar como la visión gubernamental se ha quedado atrapada en dilemas tan superados como el de mercado – planificación, o de cuál propiedad es más eficiente. Crisis xe la razón surgida en la guerra fria

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