Política en Cuba

Y esto no puede ser el final

Por: Rene Portuondo

Para nadie es un secreto que la implantación del modo de producción capitalista, fue en términos efectivos, la implantación de las relaciones de dependencia del trabajo al capital, y su imposición como relación hegemónica que condicionaba todo el funcionamiento de la vida orgánica de una sociedad. Así mismo ha sido ampliamente extendido, la idea en muchos casos distorsionada, que la superación socialista del modo capitalista de producción implica necesariamente la ruptura de dicha relación de subordinación, y la implantación de relaciones económicas fundadas en el trabajo colectivo y orientado al pleno desarrollo del potencial de la especie humana.
Uno de los temas más traídos y llevados que ha centrado la polémica en la construcción del socialismo ha sido el del proceso de socialización socialista de la propiedad. El mismo tiende a comprender el proceso mediante el cual, una vez que ha sido tomado el poder político por parte de la clase trabajadora, se pone en función de los intereses de dicha clase, la estructura productiva de la sociedad. 

En la tradición teórica socialista cubana se ha defendido el hecho de que está socialización se compone de dos partes: una primera formal, en donde la propiedad pasa legalmente a manos del estado como representante de la clase trabajadora; y una segunda fase real, donde se logra la administración de forma coherente de los medios de producción en beneficio de la sociedad. Más allá de las críticas que podría hacérsele a dicha separación metodológica, 

lo cierto es que el proceso de socialización socialista no ha pasa en sus experiencias concretas de una caricatura de lo que del él se esperaba que fuese.

 Y si bien  bajo los sistemas autoproclamados socialistas se han creado -aparentemente-, nuevas relaciones de producción, un factor esencial normalmente queda fuera del análisis de dichas relaciones: la producción del hombre. En relación a este particular producto de las relaciones sociales vale citar a Marx cuando expresa, al referirse al modo de producción capitalista, y a las relaciones de cooperación de los obreros en las industrias manufactureras:

“Por lo demás, la cooperación entre los asalariados no es nada más que un efecto del capital que los emplea simultáneamente. La conexión entre sus funciones, su unidad como cuerpo productivo global, radican fuera de ellos, en el capital, que los reúne y los mantiene cohesionados. La conexión entre sus trabajos se les enfrenta idealmente como plan, prácticamente como autoridad del capitalista, como poder de una voluntad ajena que somete a su objetivo la actividad de ellos”. (Karl Marx, El Capital, T-1, Edición Ciencias Sociales, pág. 403)

Una de las verdades que más claras deja Marx es que el capital produce no solo sus premisas materiales, sino también espirituales para su reproducción. Es el obrero fragmentado y dependiente del capital que no solo vuelve a trabajar cada día para seguir incrementando dicho capital, sino que a la larga termina por defender el propio sistema que los explota.

Es muy fácil entender entonces que una de las tareas de dicho proceso de socialización socialista, es romper con esa relación de dependencia del trabajo al capital, y dar cauce a su conversión a relaciones socialistas de organización de la producción. Producción no solo material, sino producción espiritual del hombre que se encuentra inserto en dicho proceso. 

Si analizamos los procesos de socialización ocurridos en las experiencias del “socialismo real” y derivados (Cuba incluida), la cooperación ocurrida entre los trabajadores asalariados seguía siendo efecto de un agente efectivamente externos a ellos (la empresa estatal, las OSDE, los entes planificadores, etc.) que los empleaba simultáneamente, por lo que su unidad como cuerpo productivo les fue siempre ajena.

El Plan propuesto por un ente central regulador, no dista mucho, desde el punto de vista del obrero individual, del plan de producción realizado por el capitalista en bases de las exigencias del mercado. 

Continúa siendo el poder de una voluntad ajena que los sigue sometiendo a su objetivo. 

Este proceso de producción y apropiación, profundiza la alienación de la clase trabajadora y su extrañamiento del proceso productivo mismo. Romper con este ciclo es tarea fundamental de un verdadero proceso de socialización socialista, tarea que no se ha materializado jamás en ninguna de las múltiples experiencias de construcción socialista.

Tras la fachada discursiva de “propiedad de todo el pueblo” se esconde la dura realidad de que una frase tan abstracta y vacía como “todo el pueblo” no puede significar sino el inicio de una gran contradicción. 

La propiedad abstractamente social que no puede quedar sin poseedor efectivo, termina por degenerar en “propiedad de la burocracia”, del poder fáctico y real que ha raptado a lo largo de la historia socialista el sueño de un verdadero estado obrero. 

La forma estatalizada de la producción social, termina por imponer  todas sus premisas materiales y sus premisas espirituales: un obrero subsumido al orden burocrático

el que trabaja por reproducir cada día el mismo orden social que sustenta mucho de sus dolencias. Y es aquí donde se nos plantea nuevamente la idea de la producción del hombre. Cabe preguntarse ¿Qué tipo de hombre produce nuestras sociedades hoy? Y más importante aún, ¿es ese el hombre con que podemos empezar a construir otro socialismo?

Para los que creemos que esto no puede ser el final, que el socialismo es más que la caricatura deforme del mismo que a lo largo de la historia se nos ha presentado, entendemos que es necesario un cambio que nos permita no solo salvar lo conquistado, sino avanzar hacia nuevas conquistas. Y es justo aquí que nos tiene que volver la idea de que la sociedad no es un conjunto trascendental conformado por seres de otro mundo, la sociedad somos nosotros mismos, y un cambio del estado actual de las cosas, es y solo puede ser resultado de nuestras propias acciones. 

2 Comentarios

  • Antonio Gonzalez

    Muchas veces se deben acomodar los propositos para aliviar la carga a los mas expuestos a las consecuencias de una determinada politica. Por supuesto que acomodar no implica renunciar, pero seria mas justo porque nunca se tiene la absoluta igualdad y serian los de abajo los mas sacrificados como siempre.

    • Hayes Martinez

      Gracias por comentar Antonio.
      Creo que para que los de abajos no seamos los más sacrificados, debemos construir una sociedad menos vertical. Debemos pensar un socialismo diferente de aquel que nos legó el manual soviético, y ello implica, nuevas dinámicas de poder.
      Es una difícil tarea eso, porque implicaría superar muchos de nuestros esquemas mentales, y que en muchos casos no somos conscientes de ellos.
      Apuesto porque el socialismo deba repensarse a si mismo, al menos sus prácticas.
      Saludos

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