Política en Cuba

Es necesaria la memoria histórica

A propósito de Sueños al Pairo

Por: Mauricio de Miranda Parrondo

El documental de los jóvenes realizadores José Luis Aparicio y Fernando Fraguela nos devolvió la figura de Mike Porcel a quienes por una u otra razón le habíamos perdido la pista.

Con todo respeto, considero que Aparicio y Fraguela no debieron hacerle caso a quienes les dijeron que el documental estaba “muy largo”. El documental nos devuelve a Porcel pero no necesariamente a su obra, más allá de algunas canciones. Para mi sería mucho más valioso y contundente si, sin quitar nada de lo que está, hubiera aportado más sobre su obra, sobre todo para aquellos quienes no le conocieron.

Yo recuerdo a Mike, lo recuerdo de los Dada (aunque yo era muy niño entonces) y recuerdo que en aquella época del grupo Síntesis era uno de los nombres que más sonaba. Luego, desapareció de la escena y solo supe que se había ido del país y no supe más.

Se ha formado un gran revuelo con este documental y los responsables de eso no son otros que los censores cubanos, esos personajes grises que ven fantasmas por donde quiera y que, de buena gana, taparían el sol con un dedo. Al prohibir su exhibición y luego suspender la Muestra de Cine Joven, los censores azotaron el avispero y lo peor para ellos es que no han podido impedir que se vea. Muchos lo hemos visto por YouTube, otros porque se pasa de una a otra persona a través de las redes sociales, y no me cabe duda que pasará en USB de mano a mano dentro de Cuba. El fracaso de los censores es apabullante, una vez más.

La otra cuestión que resulta importante en el documental, en mi opinión, es el triste episodio del Mariel y los mítines de repudio, los cuales desataron lo peor de la naturaleza humana. En varias ocasiones he dicho que en Cuba necesitamos arrepentimientos. Tenemos que hacer una profunda reflexión autocrítica que nos permita sanar como Nación. El Mariel fue una muestra más de la promoción y la permisibilidad autorizada por las más altas autoridades políticas del país del odio como mecanismo para dividir a la Nación entre “buenos y malos”, entre “ustedes y nosotros”, lo que implicó no solo la negación “del otro” sino la represión sobre “el otro”.

Estábamos tan imbuidos en el “espíritu revolucionario” que realmente nos creíamos aquellas arengas y en muchas ocasiones o cometimos injusticias o simplemente callamos. Pero eso no nos justifica ni nos exculpa. Es por eso que tenemos que arrepentirnos.

Yo creía en la Revolución. Aun sigo creyendo en los valores que la inspiraron en sus orígenes aunque para mí, digan lo que digan y quienes lo digan, ya no es una Revolución. Y además, todo lo que ocurre está muy lejos de esos ideales por los que lucharon y se sacrificaron mis padres y muchos de su generación y de las siguientes.

En aquellos años yo era Presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) de la Universidad de La Habana. Y como tal tuve que enfrentar el llamado “Proceso de Profundización de la Conciencia Revolucionaria” que significaban interminables reuniones al mejor estilo maoísta de los tiempos de la Revolución Cultural.

El proceso fue lanzado por la más alta dirección del Partido, y especialmente por Fidel Castro, bajo la consigna de “la Universidad es para los revolucionarios”. Entonces, se invitó a denunciar a quienes no lo fueran y ello, en la práctica, no significaba denunciar a espías ni a nada que se le parezca sino a quienes tenían “actitudes burguesas”, a quienes resultaban “amanerados” o a quienes se sospechaba o se tenía evidencia de que eran homosexuales, o a quienes a veces en broma hacían chistes que en aquel contexto resultaron “contrarrevolucionarios” a los ojos de la Seguridad del Estado o de los extremistas de turno.

Las acusaciones en las asambleas podían incluir como expresión “burguesa” a quienes se vestían a la moda (o como dijo Fidel “en actitudes elvispreslianas”) y lo podían hacer porque alguien de su familia viajaba y le traía ropa, porque de otra forma era casi imposible. Cuando no aparecían suficientes denuncias entonces venía la Seguridad del Estado con la información a “los factores”. Los “factores” eran, a nivel de la Universidad, el Rector, el secretario del Partido, el secretario de la UJC, el presidente de la FEU y el secretario del Sindicato. A nivel de las Facultades, los equivalentes. Y lo peor es que la palabra de la Seguridad era “sacrosanta” (en el peor estilo estalinista).

Las asambleas se realizaban por grupos y allí se planteaban “los casos”. Las asambleas votaban si el acusado merecía una amonestación o si debía ser separado temporalmente de la Universidad o expulsado definitivamente. Los casos de “separación” o “expulsión” eran sometidos al Secretariado de la FEU, al Buró de la UJC y luego pasaban por el Comité del Partido y finalmente por el Consejo Universitario que actuaba como un Tribunal Disciplinario porque al final la decisión de separación o expulsión era una resolución rectoral.

Recuerdo el día de la asamblea de mi propio año de la Facultad de Economía, la cual no dirigía yo sino la delegada de la Brigada de la FEU (no mencionaré nombre alguno para no involucrar a quienes no desean ser involucrados). Uno de los casos presentados por la “seguridad” era el de un compañero que se pasaba la vida haciendo chistes fuertes sobre la realidad del país y que la seguridad consideraba contrarrevolucionarios. Usaron a algunos a quienes les decían que debían plantear “los casos”. Y cuando comenzaron a exponer las “evidencias” varios de los dirigentes de la FEU que estábamos allí comenzamos a mirarnos las caras ¡No había evidencias!Sus chistes eran pura “jodedera”, dicho en buen cubano. Le pasé una nota a la dirigente del Partido que estaba en la reunión y que estaba forzando, con sus intervenciones, la condena. Le pedí que hiciéramos un receso porque aquello era una injusticia. Me pasó una nota de respuesta: “la Revolución no se equivoca” y aquello me horrorizó. Entonces, tomé la decisión de usar “mi poder” (que absurdo e irreal suena eso pero entonces yo creía que eso era poder) y en contra de la decisión de aquella funcionaria-profesora le pedí a quien presidía la reunión que hiciéramos un receso (era más de medianoche y el ambiente estaba muy caldeado). Nos reunimos en una sala contigua, los dirigentes de la FEU de la Universidad y la Facultad que estábamos presentes, junto a la miembro del Buró del Partido que quería que se sancionara al compañero a toda costa porque “la Revolución nunca se equivoca”. Pero, como todos sabemos, los seres humanos sí que nos equivocamos.

En aquella reunión en el receso que pedí, todos los dirigentes de la FEU apoyábamos al compañero pero la funcionaria del Partido quería la expulsión. Cuando me di cuenta de que no habría un consenso le dije: “Bueno, estas asambleas las dirige la FEU y los dirigentes de la FEU no creemos que “Fulano” sea un contrarrevolucionario, así es que se queda en la Universidad y se desestima esta acusación”. Yo pude hacerlo en ese momento y evité una injusticia. ¿Cuántas otras injusticias no pude evitar o no fui consciente de que eran injusticias? Y por ello, me arrepiento. Me arrepiento de no haber visto en aquel entonces que lo injusto era todo el proceso en sí mismo porque solo bajo un régimen totalitario es un delito pensar diferente, con lo cual una parte de la sociedad termina oprimiendo a la otra.

En otra ocasión, la Facultad de Filología presentó para expulsión a un estudiante judío al cual acusaban de “sionista” porque le habían visto dibujada en su libreta de notas la estrella de Israel. Cuando escuché aquello me asombré y le dije a la secretaria del Partido de la Facultad que la estrella de Israel no era el símbolo del sionismo sino del judaísmo y que también era el símbolo de los judíos que exterminaron en los campos de concentración nazis. El consejo universitario me apoyó, sobre todo porque me apoyó el secretario del Partido de la Universidad en aquel entonces. El estudiante no fue expulsado pero terminó dejando los estudios por la presión política y psicológica que recibió. Nunca más supe de él.

Y vuelvo a repetir ¿cuántas otras injusticias no pude evitar o no supe evitar o no fui consciente de que fueran injusticias?

Una última anécdota en la que sí mencionaré un nombre. En medio del fragor de aquel proceso en el que entre reuniones y el estudio casi no dormía, recibo una llamada de Luis Orlando Domínguez, entonces Primer secretario del Comité Nacional de la UJC para que fuera a su oficina al día siguiente. Cuando llegué allí me dijo: “Mauricio, qué es lo que está pasando en la UH que se está frenando el proceso”. Yo le pregunté por qué decía eso y me respondió: “Es la universidad más grande del país y la de menor tasa de expulsiones. ¿Qué es lo que está pasando? ¿No será que el Partido en la UH está frenando la combatividad de los jóvenes?” Entonces, le dije: “Luis Orlando, en la UH hemos preferido actuar con justicia y no nos dejamos llevar por metas de expulsión” (hoy creo que no fue suficiente). Luis Orlando me dijo que si el Partido, la Juventud y la FEU de la UH no eran capaces de cumplir con la tarea de la Revolución, entonces actuarían la UJC y la FEU nacionales. Ese día le dije que si él consideraba que yo no era la persona adecuada para dirigir la FEU de la UH (había sido electo por votación de la mayor parte del estudiantado de la UH) que me destituyeran. Luego supe que Luis Orlando quería cobrar una vieja disputa con el entonces secretario del Partido de la UH y quiso usarme en esa “vendetta” pero no lo consiguió y tampoco consiguió poner a la UH en la picota. Luego a Luis Orlando le llegaría su final político cuando se descubrió una trama de corrupción y apropiación ilícita de divisas del erario público.

Cuando veo a Fidel en el documental, hablando en la Plaza y diciendo “no los queremos, no los necesitamos” siento un profundo dolor por mi Nación, por el odio que esas palabras expresan. Cuando recuerdo las bochornosas escenas de los mítines de repudio o los momentos del Proceso de Profundización que vino después, siento un profundo dolor por nuestro país. Cuando veo a las turbas actuales siento un profundo dolor por nuestro país y por el daño antropológico que se le ha causado a la Nación completa.

Tenemos que sanar como Nación. Tenemos que arrepentirnos por lo que hayamos hecho mal aunque entonces no fuéramos conscientes de ello. Tenemos que ser capaces también de perdonar a quienes nos han hecho daño, como muy bien dice Mike en el documental. Y no lo digo desde el punto de vista religioso aunque también. Lo digo, sobre todo, del arrepentimiento por hechos lesivos contra la dignidad humana, en su máxima expresión, que han ocurrido por nuestra acción o por nuestra pasividad.

Y también coincido con Mike en que no debemos olvidar porque es necesaria la memoria histórica para evitar que acontecimientos vergonzosos como aquellos se repitan y para que las jóvenes generaciones sean capaces de construir un mejor país.

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