Política en Cuba

La iglesia es de todos

Por: Julio Pernús

Durante los funerales del cardenal Jaime Ortega, a un grupo de personas le fue negado el acceso a la catedral por las autoridades. Soy testigo también de las múltiples miradas de desconfianza que ha sufrido dentro de algún grupo de Iglesia uno de mis amigos cada vez que menciona su compromiso con el Partido Comunista. Con estas dos historias que les narro a continuación deseo hacer un llamado a no dejar que entre en la fraternidad la fobia contra el que piensa diferente. Así, nos estaríamos apartando del llamado del Papa Francisco a construir en Cuba una verdadera amistad social.
En la década del noventa, un católico electro-médico esperaba fuera del salón de operaciones de un hospital en La Habana; sus compañeros le habían recomendado irse a casa, pues su jornada laboral ya había concluido y su mujer e hijos pequeños lo necesitaban. Este joven adulto había tomado su bicicleta china varias veces en la mano, pero su conciencia no lo dejaba abandonar el recinto hasta no estar seguro de que todo había salido bien con los equipos. Solo Dios sabe los inventos hechos por él para echar a andar esas máquinas con los escasos recursos que le quedaban en el almacén de la institución. Solo cuando el doctor salía y le decía: Oswaldo, ya se puede ir; hemos concluido, emprendía su viaje de regreso. Esa persona había optado por fundar en la década de los ochenta un movimiento cristiano de liberación y luego escribió el proyecto Varela. Sus ideas políticas lo llevaban a estar un poco distante
del sueño defendido por mi abuelo.

Mi abuela tiene aún en la casa fotos de cuando mi abuelo se encontraba peleando por Remedios junto a varios compañeros del movimiento 26 de julio. Para él, que había encontrado en Dios un amor irresistible, la Revolución fue el proceso que pudo materializar las esperanzas de los sectores más pobres y vulnerables del país; por eso la defendió con su juventud y acción católica durante toda su vida. Por ella sufrió torturas y amenazas reales de muerte, que no se cumplieron solo por milagro de Dios encarnado en personas concretas. Nunca dejó de ser católico, a pesar de las limitaciones personales y discriminaciones laborales que esto le costó en la época dura del conflicto, cuando hasta estuvo preso por sus creencias. Tampoco dejó de creer en esa Revolución que apoyó hasta su muerte. Los dos hombres de mi relato fueron buenos católicos durante toda su vida y se sentaron juntos varias veces en la catedral de La
Habana. A pesar de sus diferencias ideológicas, ambos trataban de aportar lo mejor de sí a esa construcción de la Casa Cuba, donde podían convivir personas con diferentes ideologías que
tenían en común el deseo de hacer el bien. El cardenal Jaime los saludaba y conversaba con los dos por igual, aunque quizás esas amistades le pudieran costar ciertas miradas incómodas. Con esa disposición al diálogo, refrendaba el criterio de que la Iglesia es de todos.

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