Política en Cuba

Mis razones

Por: Leonardo Martínez Quintana

El día que se publicó el primer proyecto constitucional, lo leí con avidez. Me sentí muy entusiasmado, pues la lectura preliminar puso de manifiesto un grupo de medidas que mucho antes un grupo de amigos habíamos avizorado como oportunas: la unión en la misma persona de los cargos de presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular y su Consejo de Estado, y consecuentemente la separación de los cargos de presidente del Consejo de Estado y el de Gobierno; la creación de un órgano electoral permanente e independiente; la necesidad imperativa del reconocimiento constitucional de la propiedad privada como un actor económico existente en la realidad, hasta ahora en un total marco de “alegalidad”, por no decir algo peor –quiero dejar bien claro que ideológicamente aborrezco la propiedad privada, aunque tácticamente entiendo que la economía cubana no puede prescindir de ella en estos momentos–; la apuesta por el municipalismo y la descentralización del gobierno; el reforzamiento de la dogmática sobre los derechos y la necesidad de una vía contenciosa para garantizarlos; la revolución en la esfera de las familias –que se nos había quedado tan atrasada– que replanteara completamente el significado del matrimonio, que eliminaba, de paso, una horrible fuente de discriminación.
Me resultó casi increíble, que luego de ocho años, desde que empecé a pensar sistemáticamente en mi realidad, desde un punto de vista crítico, marxista, enfocado en los humildes y en la protección de las conquistas de la Revolución, haber dado en el clavo en un grupo de ideas, que nuestro gobierno, aparentemente de repente, impulsaría en la nueva Constitución.

Incluso que se atreviera a ir mucho más lejos en otros campos que no me había parado a pensar.

Esas incontables horas de debate con buenos amigos y enemigos –ideológicos–, se sintieron retribuidas. Los estudios de una carrera universitaria se sintieron bien adquiridos. Sentí, por sobre todas las cosas, orgullo de mi país. Orgulloso de vivir en un país profundamente revolucionario.
Los días corrieron, y nuevamente empezaron los debates informales con los amigos. Comenzamos a leer cuanto se publicaba en las redes sobre el proyecto, tanto crítico como elogioso. Me surgieron inconformidades, y sin dejar de reconocer las muchas virtudes,

entendí que existían importantes faltas en el proyecto, ausencias imperdonables.

Se debatió en la Asamblea, se escuchó a los diputados y a los miembros de la comisión redactora. Se llevó al pueblo. Millones opinaron. Tuve también la oportunidad de aportar mis modestos criterios en una sencilla asamblea y sugerir algún cambio. Volvía a reflejar las ideas construidas junto a los amigos en intensos análisis y discusiones. Hablé de la omisión más injustificada:

tal parecía que renunciábamos al ideal de avanzar en la construcción de la sociedad comunista, que nos conformaríamos con el socialismo.

Critiqué el método de nombramiento del Gobernador. Alerté sobre los riesgos de desproteger la educación de posgrado. Milité junto a Mariela en el perfeccionamiento de la definición del matrimonio. Y mostré mi insatisfacción por la forma en la que se reguló el control de la concentración de la propiedad.
Y contra los pronósticos más virulentos de los enemigos del proceso, los resultados fueron, en mi opinión, aún más satisfactorios.

Como nunca antes la comisión redactora se ganó mi respeto como ciudadano.

Una vez más se demostró el carácter democrático de nuestro sistema: que Cuba es de los cubanos, que Cuba pertenece a los justos.

Sin dudas la nueva Constitución no es perfecta; pero es el resumen de un fecundo e inclusivo proceso constituyente, donde obtener una nueva, moderna, y mejor Constitución, es solo el primero, pero no el único resultado. Ha sido una buena oportunidad para remover la conciencia social y poner a miles en función de profundizar su conciencia jurídica, esfera en la que nos estábamos quedando dormidos.

La dirección de la Revolución ha dado importantes muestras de cómo trabaja un gobierno revolucionario y ha ganado importantes cuotas de legitimidad.

Además, la Constitución, se traduce en un importante impulso para toda una labor legislativa que vendrá a continuación y que mantendrá el espíritu de cambio y renovación, que exigirá profundizar la conciencia política y jurídica de los cubanos, que significará debates y participación popular, siempre tan necesarios en un país en Revolución.
Por todo lo dicho, el 24 de febrero yo diré: sí a la nueva Constitución.

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