Política en Cuba

Para callarte mejor

Por: Jorge Fernández Era
El cuento ha cambiado, ahora es fábula. En el bosque es escasa la cobertura, el lobo se conecta a duras penas y estira su paquete. Caperucita —que aunque crea lo contrario ya no es roja— tiene todos los megas del mundo para conectarse con él, pero utiliza la televisión para meterle miedo, para decirle que salir en defensa del leñador —expulsado de la carpintería por hacer lo suyo: dar leña— es «sumarse a campañas de descrédito y desaliento, de dimes y diretes, esas que tratan de empeñar a toda costa y a todo costo el esfuerzo de un país e intentan desviar la atención como cortina de humo de las luchas cotidianas, de nuestras celebraciones».
Y la muchacha —que se llama Talía y se ha hecho célebe por tirar la caperuza sobre cualquier llamita so pretexto de proteger el bosque— se cuida de mencionar al leñador, mucho menos tocar el tema que los guardabosques silencian. Y recurre a vilipendiar, habla de «contrarrevolución», de «seguidores de la derecha de Miami». Y para afincar sus acusaciones acude a una jugada sucia y magistral: los emparenta con dos hijos de mala madre que osaron manchar la imagen del más elevado símbolo de dignidad, el mismo que expresó que «cuando se tiene algo que decir, se dice sea cualquiera el juicio que forme de ello la gente mal intencionada o el daño que nos venga de decirlo».
El perjuicio de arriesgarse a defender al leñador puede incluir, en el mejor de los casos, que Caperucita te incluya en el morral de «la amenaza de subversión, avalancha de seudocultura y marginalidad», ese que le lleva a su abuelita para convencerla de que reírse, pasarla bien y reflexionar con los chistes del leñador puede ser muy dañino para su existencia. Con ojos muy grandes le dice que para eso está ella, elegida para «propiciar el debate objetivo en los más diversos espacios donde la manipulación, el pesimismo y el odio no ocupen el lugar de un país que trabaja sin descanso para salir adelante». Se lo impone desde la rama más alta de un árbol, ese que impide ver el bosque.
Pero la abuelita, aburrida de tal cantaleta desde mucho antes de que le arrancaran de la televisión a uno de sus personajes favoritos —en un programa que era centro de sus «celebraciones», «cortina de humo de las luchas cotidianas»—, mira por la ventana de la choza como pidiéndole al lobo que siga rabiando mientras las redes no tiendan su trampa.

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