Fotografía: Leidys Lemus Marín
Política en Cuba

¿Existe una política lingüística en Cuba?

Por: Julio Pernús

En ocasiones oímos diálogos, en nuestro entorno físico y existencial, que cuesta trabajo descifrar. En el panorama adolescente de la isla, es normal decirse: “Nos mordemos a tal hora en tu casa,” o que un durako le diga a su enamorada: “Eres una tiza.” Nuestra forma de hablar el español, peculiar y cubanizada, nos vincula más al sur de España que a la región centro-norte de ese país.
Para comprender mejor nuestro idioma, es vital tener el punto de partida de nuestros antepasados. Los aborígenes hablaban lenguas comunes entre ellos y algunos vocablos de sus dialectos se conservan hoy dentro del léxico oriental del país. Cuba significa tierra labrada, tierra cultivada. Al recordar a nuestros aborígenes y su masiva extinción, debemos sentir tristeza, no solo por el genocidio llevado a cabo, sino también por los problemas de representación y las malas interpretaciones de lo que fue su realidad. Por ejemplo, la palabra “Jigüe” se representa como un negro con un bozal, pero se trata de una palabra aborigen, completamente ajena al mundo de la esclavitud de siglos pasados, pues , en ocasiones, la lengua y los medios no trabajan al unísono.
Al español que hablamos hoy en Cuba no podemos negarle el aporte africano; sin él, otra variante sería la nacional. Los primeros africanos en llegar a Cuba fueron esclavos domésticos, nacidos en familias católicas, por lo que, contrario a los que se pudiera suponer, hablaban bastante bien el español. Pero, la realidad socioeconómica exigió un número mayor y se optó por traer africanos nativos para el trabajo duro, y vinieron los bozales. Ellos traían consigo sus creencias y con ella se dio paso a la formación de cuatro nueva religiones en el país, todas entremezcladas en una especie de sincretismo, bajo la tutela de la religión católica. Esto es importante comprenderlo, porque la práctica religiosa también ha sido fuente valiosa de palabras para nuestro idioma.

Al hacer un recorrido por nuestra historia lingüística, no podemos obviar a los chinos, que aportaron palabras importante a nuestro español. La variedad cubana del español ha gozado de poco prestigio dentro de los académicos. Se nos acusa de maltratar mucho al idioma de Cervantes.
En Cuba, el español tiene tres zonas lingüísticas, Oriente, Centro y Occidente, teniendo presente las variedades entre los habitantes de estas regiones. Por lo general, en La Habana se suele hablar con más chabacanería, más informalmente; se habla de forma bien rápida, cortando en ocasiones algunas letras que conforman las palabras. El área del centro es la que goza de mayor prestigio en la Isla, mientras que en Oriente tienen un cierto “cantaíto”, dirían algunos jaraneros criollos. En la pronunciación correcta del español, la provincia que va a la cabeza, según datos arrojados por estudios de un muestreo nacional, es Camagüey, tradición que tiende a mantenerse por las buenas prácticas que preservan el uso correcto del español y que resultan beneficiosas para la cultura agramontina. Es casi imperdonable hablar de la lengua en nuestro país y pasar por alto a Esteban Pichardo, un intelectual de la época colonial, cuya obra “Diccionario provincial de vozes cubanas”, con sucesivas reediciones a lo largo del siglo XIX, es de obligada referencia para comprender la historia lingüística de nuestra nación.
En la actualidad existe un gran proyecto de investigación que es el “Atlas de la Literatura y la Lengua en Cuba”, que ha sido publicado en 5 DVD. Para el mismo se aplicaron encuestas en todo el país a fin de saber cómo se hablaba en las diferentes zonas. En Oriente se va más a los indigenismos que en Occidente; la palabra tatagua, que quiere decir mariposa, aún se utiliza en algunas zonas de Guantánamo, con su nombre aborigen. Hay palabras que en Occidente decimos en masculino y en Oriente se dice en femenino; por solo citar un ejemplo, policlínico y policlínica. En la formación de diminutivos, lo que más se usa es ito; como en otros países, nosotros utilizamos con énfasis un pronombre personal que se deriva de las oraciones.
Hoy se está haciendo un gran diccionario digital que pondrá una infinidad de palabras al alcance de los niños, ya que, si pretendemos mejorar el uso del español, las buenas prácticas deben ser adoptadas desde la primera infancia. Independientemente de la diversidad lingüística que hay en el archipiélago cubano, todos hablamos el mismo idioma, y el lenguaje se desarrolla según el contexto en que se hace. El lenguaje surge por una necesidad, la de comunicarse para poder sobrevivir; al igual que la sociedad evoluciona, también lo hace el modo de comunicarnos. A la revolución del lenguaje que vivimos hoy, sobre todo impulsada por el dialecto del ciberespacio, en ocasiones hay que ponerle un freno y para eso está la Real Academia Española (RAE), de donde salen pautas para conservar la unidad del idioma.
Hoy en día, la pronunciación es uno de los aspectos del lenguaje que ha sufrido más por la vulgarización de la lengua y el uso de las nuevas tecnologías. Cuando un niño llega a la escuela ya sabe hablar; tiene entonces vital importancia que se trabaje el perfeccionamiento de la lengua materna desde la familia, esa importante institución social, a fin de que sea gestora de buenas prácticas comunicativas. Una pregunta interesante que debemos hacernos hoy los servidores públicos activos del idioma, en nuestras respectivas profesiones, es el poder reflexionar sobre lo siguiente: ¿es siempre el maestro un modelo lingüístico para el estudiante? Como país, hoy tenemos que afrontar el reto de no tener escrito un trabajo de la norma culta del español, es decir las formas correctas de usarlo en la práctica. Eso constituye una deuda de los estudios lingüísticos, algo que permitiría establecer, desde el sistema educativo, con claridad qué enseñamos a nuestros niños y adolescentes. Pero, al no estar escrito ese diseño de políticas lingüísticas, la mayoría de la población utiliza como la norma del idioma la que imponen los medios, y allí no siempre el español es bien tratado.
El uso correcto del español debe ser una prioridad a nivel de país y de las esferas que trabajan por el diseño de las políticas culturales. ¿Por qué, para obtener un título universitario, hay que tener un nivel de inglés, pero no en nuestra lengua nativa? ¿Por qué no se pone como fundamento legitimarse en unos mínimos de lengua española para poder ser un profesional en Cuba?
Podemos decir que hoy en día existe una realidad en el aula y una otra en la calle. El estudiante tiene un gran conflicto interno porque, si habla el español de forma correcta, parecerá un extraterrestre, por no decir un anormal en su entorno cotidiano. Para algunos de los que abogar por un mayor respeto hacia nuestro idioma, el reguetón conviene a los poderes establecidos en Cuba y fuera del país; es más conveniente una industria cultural hablando de sexo, que haciendo pensar a la gente cómo mejorar su entorno social. Al poder le conviene que la gente se mantenga dispersa y, en ocasiones, que los grupos de la sociedad civil, no bien vistos, hablen “diferentes idiomas”.
Con el crecimiento del feminismo, hoy se hace imposible hablar de la legua y dejar fuera el lenguaje de género. Es bueno detenernos y dar valor al asunto, ya que se invierte una gran cantidad de tinta tratando de provocar -en ocasiones drásticamente- una feminización del lenguaje. En América, hay países expertos en obligar a hablar en femenino; entonces, el tema es: ¿vale más la pronunciación en masculino de una palabra o movilizar fuerzas para que a las mujeres les paguen, por igual trabajo, lo mismo que a los hombres? Se habla de una revolución del lenguaje, pero primero debemos cambiar la sociedad para de ahí sacar nuestro propio dialecto inclusivo.
¿Existe una política lingüística en Cuba? Esa es una pregunta interesante. Si hablamos de un conjunto de normas y leyes, en Cuba sí hay una política lingüística. Pero ojo, porque a un graduado en arte se le obliga a saber inglés, cuando no es la lengua esencial y con tristeza debemos reconocer las deficiencias, muchas veces palpables en ese mismo estudiante, en cuanto a dominio del idioma español, al que no se le da la promoción necesaria.
Para un universitario es más beneficioso saber hablar en la lengua de Shakespeare que en la de Cervantes. La política en Cuba implica que vayamos a un país bilingüe; a los niños se les enseña el español sin mucha exigencia y con faltas de ortografía de por medio, dada la escasez de docentes especializados en la materia, pero en la casa los padres están interesados en pagarles excelentes repasadores de inglés, pensando en su futuro. Hace unos años, al quitar el español a los muchachos que buscaban entrar en un preuniversitario de ciencias exactas, se ratificó la disminución del interés por la promoción de nuestro idioma.
No son pocos los que afirman que los españoles nos lo robaron todo y nos lo dieron todo, sobre todo, un trascendente legado cultural que abarca varias de nuestras realidades cotidianas, como el idioma. Los cubanos somos especialistas en hablar rápido y gesticular mucho, casi podemos dejar confundido a cualquier foráneo que venga de otro país, si no capta rápidamente nuestro ritmo lingüístico.
La Academia de la Lengua está en todos los lugares donde se habla español y su papel, como rectora del idioma, es legitimado por su hacer permanente en función del rescate de la lengua española. Dentro de 10 o 15 años, Estados Unidos será el primer país hispanohablante del mundo; esta noticia no debe extrañarnos, ya que la cultura latina parece crecer por minutos en esa receptora nación; es una pena que los migrantes hispanos sean discriminados por las altas esferas del poder de esa nación.
Los problemas que tenemos en Cuba con la política lingüística, nos urge resolverlos por nosotros mismos; no podemos aspirar a que vengan interlocutores de España a orientarnos acerca de cómo rescatar nuestro idioma. Estamos atravesando una fuerte crisis de papel, lo que ha disminuido la impresión de textos que aún sigue siendo importante para la región, pero con tristeza vemos un decaimiento del interés de las nuevas generaciones por la lectura.
Nuestra zona lingüística tiene tendencia al debilitamiento en cuanto a la pronunciación. Esto se acentúa por la ley del menor esfuerzo y la repetición de malos hábitos, que aún podemos corregir. Urge promover plataformas atractivas para que los comunicadores sociales se acerquen a la Academia de la Lengua; sería un binomio de fuerzas en pos de una mejor práctica del idioma. Un problema grande de nuestros medios masivos es que, en la actualidad hay demasiada permisividad. En cualquier país, si usted no pronuncia bien, no puede pretender llegar a locutor.
Ya no es solo la pobreza del lenguaje: los celulares han acortado las palabras a un punto casi ininteligible, Descifrar un mensaje hoy en las redes sociales puede resultar en ocasiones un verdadero acto de magia. En la sociedad cubana, pervive muchas veces dentro de varias plataformas comunicativas, un lenguaje bélico que no aporta nada, y los discursos multitudinarios tienden a ser muy parecidos; quizás este sea un campo donde se pueda explotar con mayor fuerza el arte de la oratoria desde la creatividad. Los maestros de español debieran recibir, a través de algún mecanismo operacional, actualizaciones al menos anuales que los ayuden en su capacitación docente.
Conclusión
En Cuba debemos abogar por una política lingüística y actores que velen porque esto se ponga en práctica. De lo contrario, seguiremos arrastrando los problemas que hoy presenta nuestro idioma. Por ejemplo, en la planificación física de La Habana, hay una serie de normas que indican el uso correcto del idioma; sólo que falta el mecanismo que haga velar porque esto se cumpla y así evitar carteles con faltas de ortografía en el espacio público.
Esto de rescatar las buenas prácticas de nuestro idioma, se puede ver como un absolutismo de académicos empecinados en querer promover un uso estético del idioma; pero más bien debe verse como una forma de salvar nuestra identidad nacional. Lo más importante es llevar conciencia a los involucrados en nuestro ecosistema educativo; en ellos recae una de las fuentes primarias para el buen empleo hablado de nuestro idioma. La política que se promueva tiene que ser, sobre todo, cultural y estar afincada por campañas comunicativas que la solidifiquen. Es importante que defendamos la lengua como elemento creador de cubanidad.

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