Política en Cuba

¿Por qué se van?

Por: Julio Pernús
“¿Por qué se van tantos cubanos?” Esa pregunta siempre me resulta radioactiva, sobre todo, por el dolor de las familias tras cada partida. No tengo una respuesta precisa, porque padezco el mismo daño antropológico que una buena parte de mi generación:

no ven realizable un proyecto de vida en Cuba.

Hace poco un compañero de la escuela de deportes me dijo: “Julio, cuenta mi historia”. Su nombre es Jaime Quintana; vivía en Cienfuegos y se cansó de romper récords escolares en tiro con arco, incluso fue un atleta que llegó al equipo nacional.
Hoy vive en los Estados Unidos, pero casi toda su juventud estuvo recogiendo sancocho y haciendo inventos para sobrevivir. Cada vez que salía para una competencia internacional vendía de todo. No sé cuántas veces lo regañaron por vender el módulo del equipo Cuba.
Le prometieron una mejora sustancial de su calidad de vida, pero nunca la pudo tocar. Un día se cansó de tantas promesas y se fue. Al arribar a la primera potencia mundial me escribió:

“Tengo deseos de llorar, aquí soy el último de la cola, pero prefiero ser un albañil aquí que un atleta de alto rendimiento en Cuba.”

Los motivos que propiciaron su salida son semejantes a los de la residencia permanente en Estados Unidos de nuestros dos mejores ajedrecistas, Lenier y Bruzón, o a la partida masiva de los hijos de nuestros grandes peloteros. Mi generación ve la educación y la salud como un derecho; por eso esperamos siempre esa “prosperidad que tanto nos debemos”. Somos de los pocos en el mundo que premiamos el talento y la inteligencia con una vida llena de desafíos económicos.

¿Es que acaso hay una política escondida de potenciar la migración en pos del recibimiento de remesas que alivien nuestra eterna situación especial?

Algunos meses antes de que saliera este artículo le pregunté a una amiga de la Iglesia por su novio y me dijo: “Julito, se fue con el hermano para Guyana, de allí reservó para Brasil y luego cruzó la selva hasta llegar a Uruguay; pero en el trayecto perdió al hermano”. Yo me quedé petrificado y le dije: “¿Cómo?”. Ella me miró y afirmó con tristeza: “En uno de los viajes el hermano se extravió y desde hace un mes ya lo dan por muerto”. ¡ Tiene un joven cubano que morir de esa forma para darnos cuenta de que nuestra migración es un signo fehaciente de que algo debe andar mal! Que la gente se va solo por cuestiones económicas, es una etiqueta cómoda para definir un proceso mucho más oscuro que nuestro segundo mercado. Aunque no sé si sirva de respuesta, pienso que para algunos estamentos cubanos la prosperidad parece ser exhibida detrás de la vidriera de una tienda y la llave del establecimiento sólo se la prestan a personas allegadas al dueño y su familia. A Dios le pido por esa Cuba que, como dijo Fernando Ortíz, “es resultado de la emigración con su fuerza o a la fuerza”.

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