Política en Cuba

Nuestro sistema: ¿democracia sin partidos o partidos sin democracia? I

Por: Willian Sánchez

Por estos días se respiran aires electorales en el Continente. Algunas muy serias como las chilenas, otras como las hondureñas, un franco desastre… No obstante existe un patrón que se suele repetir: hay un contexto pluripartidista en el que los distintos Partidos nominan candidatos para elegir ya a un alcalde, ya al presidente de la Nación. Este modelo se reproduce en toda América Latina, salvo en Cuba… Cuando observo las dinámicas continentales y las propias de nuestro país, llego a preguntarme hasta qué punto encajamos en el Continente, y la arista electoral es solo uno de los aspectos en cuestión.
El modelo cubano sigue desafiando abiertamente lo que parecería ser ya un fenómeno irreversible: el pluripartidismo. Se suele plantear que sin este no hay democracia, pero ¿es tan así? ¿es realmente el pluripartidismo el epítome de todos los logros y buenos valores de los que se enorgullece la Sociedad Occidental?

Tanto en Harvard como en la Universidad de La Habana los más excelsos catedráticos suelen invocar con admiración las antiguas sociedades que proliferaron en la polis ateniense y en la civitas romana; y ciertamente no es para menos: Atenas, aunque con una concepción distinta a la actual, trajo la palabra “Democracia” al mundo y la Roma Antigua, sobre todo es su etapa republicana, concibió y puso en práctica instituciones que aún en pleno siglo XXI el civilizado Occidente no es capaz de imitar. Desde el punto de vista que abordamos llama la atención lo siguiente: los Partidos políticos tal y como los conocemos hoy no existían.

Fue el modelo romano el que mayor desarrollo logró alcanzar, los romanos no entendieron acerca de la Tripartición de Poderes ni de muchas otras instituciones hoy indispensable para la Democracia, según el actual discurso occidental. El modelo romano sirvió de inspiración al filósofo Jean Jacob Rousseau, el cual avizoró un Estado moderno que se erigiera sobre los mismos basamentos que la Antigua Roma (es decir, la unidad de poderes), sus postulados quedarían relegados por el de Montesquieu, defensor y padre de la Teoría de la Tripartición de Poderes.

 

No fue sino a raíz de los sucesos acaecidos en 1917 en Rusia, que se retoma el discurso russoniano como un potencial basamento teórico para erigir el nuevo Estado socialista que se intentaba construir.

En nuestro país la experiencia pluripartidista en la etapa de la república neocolonial dejó mucho que desear, sobre todo durante la primera treintena, en que las principales figuras políticas del escenario nacional pasaban de un Partido a otro sin importar el trasfondo ideológico de los mismos, lo importante era estar en el poder. Todo ello es señal de la existencia de un sistema político inmaduro y corrompido por personas cuya integridad personal, en muchos casos, resultaba cuestionable.

No obstante, no ha sido solo la izquierda la única que ha cuestionado el modelo pluripartidista, de hecho la caída del Campo Socialista provocó un nuevo cuestionamiento del mismo cuando algunos teóricos occidentales anunciaron el ingreso de la humanidad a una “segunda modernidad” esgrimiendo la Teoría del “fin de los tiempos”. La filósofa y politóloga belga Chantal Mouffe, desde una perspectiva crítica resume el discurso diciendo: El “mundo libre” ha triunfado sobre el comunismo y, con el debilitamiento de las identidades colectivas, resulta ahora posible un mundo “sin enemigos”. Los conflictos partisanos pertenecen al pasado, y el consenso puede ahora obtenerse a través del diálogo. Gracias a la globalización y a la universalización de la democracia liberal, podemos anticipar un futuro cosmopolita que traiga paz, prosperidad y la implementación de los derechos humanos en todo el mundo.[1]

 La precitada autora reprocha este discurso, considerando que el mismo denota ausencia de comprensión del fenómeno político. No obstante, valdría la pena preguntarse ¿por qué las sociedades se escinden en Partidos políticos? ¿Quién lo ordenó en primer lugar?

La política como ciencia y fenómeno social resulta en extremo confusa, su normal funcionamiento está reñido con la concepción de unanimidades sostenidas de manera constante. Parafraseando a uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos diría que se puede estar de acuerdo en todo parte del tiempo, o se puede estar de acuerdo en parte todo el tiempo, pero no se puede estar de acuerdo en todo, todo el tiempo.

 

La existencia de Partidos políticos es la consecuencia lógica de la escisión que vivieron las distintas sociedades occidentales con respecto a la política al arribar a la modernidad. Si un factor resulta común a todas las sociedades ese es el conflicto, el desacuerdo, o mejor aún: la pluralidad de intereses y criterios en torno a cualquier fenómeno  que alcance relevancia política. En algunas sociedades el mismo se intenta sepultar, en otras se expone a la palestra pública con mayor transparencia. La trascendencia del tratamiento que se le de es indiscutible. La historia nos ha ofrecido innumerables ejemplos en que el primer tipo social termina desplomándose por su propio peso mientras que en las segundas, la transparencia y el pluralismo han demostrado fortalecerlas.

La cuestión no es sencilla, no basta con escoger el modelo más agradable a los sentidos y punto. La sociedad en que se pretenda implementar debe estar lista para ello. Estoy pensando en la Europa Oriental posterior a la I Guerra Mundial. En ese espacio las antiguas monarquías, de la noche a la mañana se vieron sustituidas por endebles Repúblicas o nuevas monarquías que intentaban imitar las instituciones representativas de Occidente. La mayoría de los experimentos fracasaron y terminaron siendo sustituidas por Dictaduras. La gran excepción fue Checoslovaquia, pero ¿por qué?

La respuesta al “milagro checoslovaco” se debe a que ya bajo el Imperio austrohúngaro instituciones de corte parlamentario habían sentado cierta tradición democrática. Desde otra arista, el haber heredado ricos centros industriales en las regiones de Bohemia y Moravia le dieron una estabilidad económica al Estado checoslovaco que no tuvieron la mayoría de sus vecinos.

El caso europeo oriental en esta época demuestra que el éxito de un sistema no siempre radica en las virtudes que el mismo pueda tener, sino en la capacidad de las sociedades de recepcionar el mismo y ponerlo en práctica.

Incluso cuando pienso en ejemplos como el anterior, que a nosotros como cubanos nos pueden parecer más que remotos, termino pensando en nuestra pequeña Isla caribeña y me pregunto qué nos convendrá más o si simplemente estamos haciendo las cosas lo mejor que podemos.

Desde Vivir del cuento hasta en las guaguas de la Capital puede verse reflejada una opinión pública que con mayor o menor sutileza se muestra cada vez más escéptica a la institucionalidad cubana. ¿Por qué? ¿Es que acaso los cubanos hemos dejado de identificarnos con los “aprobado por unanimidad” que tanto abundan en nuestros días? Sea cual sea la respuesta hay un fenómeno en ascenso que realmente me inquieta: la apatía. Uno esperaría que la población del primer país libre de analfabetismo en América fuera políticamente más culta.

Reflexionemos en torno a lo siguiente, buenos cubanos que están leyendo: ¿cuántas veces al día no vemos noticias en TeleSur que hacen referencia por ejemplo a la Constitución de tal o más cuál país? ¿Cuántas veces no vemos a ciudadanos de otros países emitiendo valoraciones no ya de figuras tan mediáticas como los presidentes, sino hasta de jueces? ¡Incluso valoran críticamente fallos judiciales!

Ahora bien, miremos el escenario cubano, ¿algo semejante se aprecia? Podemos empezar un debate muy interesante y necesariamente multidisciplinario buscando la explicación del problema. A mi juicio lo más preocupante no es que en los medios de difusión masiva se traten estos aspectos tan pobremente, sino que al ciudadano cubano no le importe.

Si a una persona no le importa el sistema, es decisión de ese individuo, pero si a los individuos no les importa el sistema, este debe ser repensado. Miremos hacia fuera pero también hacia dentro en busca de una respuesta. A cualquier intento de calcar un sistema foráneo e insertarlo tal cual en nuestra sociedad, sin tomar en cuenta nuestras particularidades, no le auguro el mejor de los desenlaces. Cualquier solución que adoptemos debe concebir un modelo que se parezca a nosotros.

[1] En torno a lo político. (2007) Madrid: Fondo de Cultura Económica.

 

Tomado del Blog La Luz Nocturna.

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