Política en Cuba

Sobrevivir en Cuba

Por: Julio Pernús

La corrupción es como un animal que nos ataca todos los días y estoy seguro de que nos ha mordido alguna vez. Hace unos meses, mientras esperaban su turno en el puesto de guardia de un hospital, algunas personas vieron llegar a un hombre de unos 53 años con un anciano encima de una carretilla de albañil. Un médico que pasaba cerca, casi asustado le recriminó: “¿Qué cosa es esto? Por favor, rápido, una camilla para el abuelo.”

Al momento aparecieron dos camilleros y se llevaron a ese hombre que, sin dudas, sufría. Un joven comunicador, que acompañaba a su abuela, le preguntó contrariado al diestro socorrista: “¿Ese que se llevaron los camilleros a urgencia es su papá, verdad?” El hombre sin pensarlo mucho contestó con un dolor inexpresable: “Es mi viejo”. Todo esto pasó en cuestión de segundos; quizás por eso, el improvisado carretillero, como para no dejar dudas, decidió aclarar, al ver la cara de su perplejo interrogador, lo del rústico medio de transporte: “El problema es que mi papá padece del corazón y se sentía muy mal, llamé a urgencias y me dijeron que no me preocupara que pronto vendría una ambulancia; pero, pasadas dos horas, no llegó nada y decidí traerlo con el único medio disponible. Hace siete días pasé por lo mismo y pude resolver enseguida el transporte porque ayudé a los ambulancieros con 10 cuc; si no, ya mi viejo se hubiera muerto.” El muchacho, casi que para confirmar un presentimiento, le dijo: “¿Usted trabaja como albañil, verdad?” El hombre lo miró, sonrío y le contestó: “No, soy graduado de ingeniero automático y ejerzo mi carrera, pero no gano como para gastar 20 cuc en transporte en dos semanas.”

Hace un tiempo al salir de casa de mi novia para esperar el ómnibus, entablé varias veces conversación con un carnicero que, al parecer, sufría los mismos síntomas del amor. Casi siempre hablábamos de lo mismo, sobre lo difícil que está “la cosa.” Él, que conocía mi fe, me comentó un día: “Chama, tú sabes que yo soy tremenda gente; mira, nunca le robo a ningún anciano; puedo estarme muriendo de hambre, que le doy hasta la última onza que le corresponda a cualquiera de la tercera edad.” Yo, por curiosidad, le pregunté casi como quien no quiere saber: “¿y con los menores de 60 qué haces?” El hombre de unos 40 años pensó un tilín su respuesta y luego me dijo sin prejuicio: “Apretaste, mi sangre; no me asfixies que también tengo que vivir. Les tumbo unas libritas por aquí y otras por allá, porque yo tengo familia y sobrevive de mi lucha. Nada, que no voy a ser yo el último eslabón de la cadena alimenticia.” Una vez, al despedirse, el carnicero me aclaró (porque yo siempre le hablaba de que aún no perdía la esperanza de ver mejorías): “Oye, espabílate, que esto no cumple 6 décadas por gusto y tienes que aprender mucho, para sobre-vivir en Cuba.”

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