Política en Cuba

“Sueños al pairo”: censura y una nueva ética

Por: Ulises Padrón Suárez
Quería escribir un texto largo y razonado sobre el efecto de la censura y el fenómeno provocado a raíz de la prohibición de Sueños al pairo, de José Luis Aparicio Ferrera y Fernando Fraguela Fosado, pero la brevedad me ahorrará decir otros elementos que elocuentemente han abordado Carlos Lechuga, Norge Espinosa y Dean Luis Reyes, entre otros.
La Muestra de Joven Realizador es un campo de batalla ideológico. Hace dos años la opera prima Quiero hacer una película (QHUP), de Yimmit Ramírez, jugaba similar suerte, a pesar de que su director la retirase ante el inconveniente de limitarse su proyección. El tratamiento a la figura de José Martí “vapuleada” por uno de los personajes contribuía a enardecer a los martianos ortodoxos contra aquellos que preferían otras interpretaciones más librescas del Apóstol. Lo interesante de la polémica era delimitar quiénes poseían el capital político e intelectual para hablar de Martí, y si las nuevas generaciones contendrían una imagen propia o heredada. Además de que se generó un cisma entre la dirección del ICAIC y el comité de la Muestra.
Sueños al pairo ha sido bendecida con la censura cabal de la dirección de la institución, a la vez que posponían el certamen. Como si no bastara, se les prohibió a los realizadores utilizar imágenes de archivos que componen el audiovisual. Pareciera un chiste si no fuese verdad. Tanta intransigencia, es decir, poco diálogo (intelectual) ha generado reubicar freudianamente a la figura del compositor Mike Porcel y al éxodo de El Mariel en el imaginario colectivo del cubano en el presente. El viejo proverbio de que nadie se va sin deber nada, resuena entre los cubanos que vivieron los ochenta y conocieron al artista con tal fuerza que nadie ha quedado indiferente. Para mi generación palpar estos episodios de la historia convenientemente sepultados en el inconsciente restituye una capacidad no antes experimentada que amplían la dimensión de lo cubano, poético y cívicamente hablando.
Con la censura convivimos desde la cotidianidad. Da igual la causa, siempre hay una suspicacia interna en nuestra actuación desenvuelta de manera orgánica.

En breve historia de la censura en Cuba, Rafael Rojas alega que, a raíz de Palabras a los intelectuales de Fidel Castro, “1) la censura es un derecho del Estado; 2) el gobierno y sus dirigentes tienen el deber de clasificar a los escritores y artistas en revolucionarios, no revolucionarios y contrarrevolucionarios; 3) los límites de la libertad de contenido, trazados por el Estado, se aplican a todos los intelectuales, incluidos los revolucionarios.”

A partir de esta lógica, poco o nada ha cambiado desde la década del sesenta. Las instituciones, y con más peso el ICAIC, siguen reproduciendo las mismas reglas del juego con que fueron fundadas.
Sin embargo, el escenario social ha cambiado y los realizadores con ellos. La interrogante sería, pues, cuán dispuesto estaría el ICAIC a construir un espacio común que restituya su autoridad cultural en la medida que provea libertad de creación a las jóvenes generaciones.

Los últimos episodios desalientan en un futuro inmediato. El (des)encuentro entre ambos, sobre todo, al separar a la presidente de la Muestra, Carla Valdés León, y poner en su lugar a la vicepresidenta de dicha institución, contiene buena dosis de intolerancia y en rigor una desgastante lucha de contrarios.
El fenómeno mediático, mas no solo de Sueños al pairo, se relaciona con tres elementos que destaco y decidirían a la larga la pertinencia del ICAIC como “productora” del cine cubano. Lo primero que denoto es la crisis por la que atraviesa la institución y la ruptura del lenguaje para acompañar procesos creativos de jóvenes cineastas que serían quienes legitimarían el desempeño cultural del ICAIC. Este distanciamiento no comenzó con los realizadores Aparicio Ferrera y Fraguela Fosado sino que viene sosteniéndose lento pero sistemático entre el industria y los realizadores. Lo segundo lo constituye la visibilidad y reafirmación de generaciones de artistas que exigen expresarse en sus propios términos y por tanto revisitar cuestiones con la libertad propia de quienes miran con asombro. El cine, como cualquier otra manifestación, necesita libertad para crear. Lo tercero y es en lo que creo que mejor ha logrado enfocar este audiovisual, es constituir una “nueva ética.” Al conocerse la disposición de la dirección del ICAIC de censurar la obra. Muchos de los artistas, incluida la presidenta del comité de la Muestra, retiraron sus materiales en franca solidaridad ante la posición institucional. No es solo un acto valiente sino además un modo de detener el exceso de autoritarismo de quienes deberían ser árbitros no inquisidores.
Esta nueva ética de la cual se desprende otras lecturas radicaliza en extremos a sectores entre los que debería germinar el consenso, que no es sin conflictos, pero al menos lazos creativos no coercitivos. No olvidemos que la argumentación del ICAIC para la prohibición fue estrictamente jurídica. El poder pocas veces convence. Necesita autorreflejarse. Lo corroe un narcisismo patológico de reafirmación ritualizante. Una voraz antropofagia que se reinventa, como Saturno con sus hijos, con tal de preservarse. En Cuba además la censura se comporta como un chiste a la inversa; sucede con tal frecuencia que no causa expectación sino pereza.
Retornar a 40 años el éxodo de El Mariel y a casi treinta a de la salida de Mike Porcel quiere decir que hay heridas que no acaban de cicatrizar y solo afrontarlos nos permitirá como cubanos redimirnos. La apuesta fue desde el principio arriesgada. Los entrevistados y el mismo Mike Porcel fueron objetos de un contexto donde el discurso separaba a cubanos de contrarrevolucionarios, con una aritmética simplista y cruel. La carta emitida por el Movimiento de la Nueva Trova, considerada apócrifa por Silvio Rodríguez, era signo de inflexión que lo distanció de los “compañeros” como refiere Amaury Pérez en el documental. Su alienación a la ideología de la Revolución fue el detonante para increparlo como “traidor” de sí mismo y reducir a una “sarta de hipocresías y mentiras” la obra del compositor.
Por otro lado, Porcel abre las compuertas a temas más complejos. El éxodo del Mariel, al igual que las UMAP, sigue siendo un hoyo negro en el subconsciente colectivo y más en las generaciones de los realizadores. Por mucho tiempo se pasó del “susurro” al silencio y del silencio a la negación. Por la bahía de El Mariel partieron miles de cubanos que disentían con la Revolución, como fue también el caso del escritor homosexual Reinaldo Arenas. Como las UMAP se recrudeció la intolerancia, la homofobia y el escarnio público para aquellos que se fueron. Lanzar huevos y organizar mítines de repudio fueron la performance con que la censura propició el terror. Mike Porcel sufrió el silencio por décadas. Solo se mencionaban en algunos círculos o sus canciones recuperadas por artistas como Ivette Cepeda o Pablo Milanés. Sin embargo no es hasta que Aparicio Ferrera y Fraguela Fosado recuperan a un compositor convenientemente olvidado y estos episodios se colocan en el epicentro del debate como sucedió con la Guerrita de los emails y la recuperación del Quinquenio Gris, en el 2007 y 2008.
Como con PM, Sueños al pairo es lo menos importante del debate que se ha producido. En la superficie profunda lo que se encuentra es una agónica lidia por quienes son los que llevan las riendas del discurso y su legitimación. Desgraciadamente, ha sido de la manera más burda y bravuconamente posible. Sin embargo y es incontestable que el ICAIC lleva las de perder sino dialoga con los jóvenes realizadores, sino contribuye a crear espacios de civilidad porque la historia nacional nos pertenece a todos. El abordaje de cada pasaje será con las luces y sombras pero también con las libertades y limitaciones de cada realizador.
La Muestra de Jóvenes Realizadores es una batalla ideológica, reitero. La censura es sin lugar a dudas la acción que más produce ideología en el sentido althusseriano. Es capaz de encantar el objeto de deseo con una pulsión peligrosa pero placentera. Penosa circunstancia la que vive nuestra cultura si vamos resucitando Torquemada, Pavón, Serguera o Buchaca. Lo paradójico es que aviva el fuego de la creación no por lo dialógico sino por el dogma y la judicialización (último reducto del Poder) que suprime cualquier apropiación alejada de la ortodoxia. Cada generación de artistas tiene el deber de construir sus propios mitos y disentir, entablar una apuesta arriesgada y revivir ciertos fantasmas. Sueños al pairo ha trascendido ese diálogo y ha devuelto del silencio y de esos forzosos silencios a uno de los grandes compositores de la Nueva Trova.
Finalmente, habrá que darles las gracias a los censores porque el efecto se revirtió con tal fuerza incalculable. La historia se repite como un (mal) chiste porque la paradoja de la censura es que se convierte en un secreto a voces. Galileo Galilei ante la Santa Inquisición musitó “Eppure si muove”. Aparicio y Fraguera le dicen al ICAIC “se mueve y con qué fuerza.”

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