Política

Latinoamérica entre imperios y antiimperialismos

Por: José Gabriel Barrenechea
¿Hay al presente en Latinoamérica una lucha entre la derecha y la izquierda?
No. En toda la región lo que ocurre es una lucha entre dos Imperios, entre el Hegemón Mundial hasta ayer mismo, y el que hoy le disputa el puesto: entre el Consenso de Washington y el Consenso de Beijing, y esas dos posiciones políticas, derecha e izquierda, lo único que hacen es servirle de agentes internos a los colosos contendientes.
Que en Latinoamérica las oligarquías le apuesten al Viejo Imperio, por tal de mantener los privilegios que obtuvieron de esa relación, a la vez que las desigualdades ancestrales que les permiten singularizarse dentro de la gran masa nacional, mientras los redistribucionistas lo hacen con el Nuevo, puede que nos lleve emocionalmente a dar a los segundos nuestro apoyo. Mas, el análisis racional nos deja ver que ni unos ni otros conducen a ninguna otra parte que a una nueva redistribución del Mundo en la que, por enésima vez, se nos excluya gracias a nuestra miopía ancestral, al tiempo que a una nueva redistribución interna entre privilegiados y excluidos. Ya antes ha ocurrido esto más de una vez, cuando se pasó de la hegemonía española a la británica, y nuevamente cuando a esta última la reemplazó la americana.
En las condiciones actuales, de completo apiñamiento planetario, el modelo de los Chicago Boys que nos propone la derecha ya no es aplicable. El Capitalismo desregulado solo funciona a la manera en que aquellos muchachos nos lo presentaban, de manera idílica, cuando no existen límites ante la economía y el individuo. Por ello los EEUU con sus enormes territorios vírgenes, con su última frontera, fue su paradigma. En las actuales condiciones, en que hemos alcanzado los límites del planeta, y en que en las supuestas economías desreguladas se regula hasta cómo usted hará su casa, el Capitalismo ya no puede funcionar a la manera en que los utopistas como Hayek nos proponen. En realidad la utopía de los mercados de competencia perfecta, que regulan no solo nuestra producción y consumo de manera ideal, sino toda la vida humana, solo funciona hoy como justificación para el imperio de las mega-corporaciones y de los mercado de competencia inexistente controlados por ellos.
Por su parte, el modelo que nos proponen los redistribucionistas no es otro que el de convertirnos en proveedores de materias primas con escaso o ningún valor agregado, solo que ahora de China. Para redistribuir luego las ganancias entre la población hasta ahora más desfavorecida culturalmente, y a la que en realidad muy pocos empleos reales se les pueden encontrar en un modelo extractivo, de escasa o nula industrialización. Mas, si esta idea tenía algún sentido cuando China todavía no era más que una potencia secundaria, que pugnaba por entrar en la OMC, cuando por tanto no podía imponer precios o un modelo de intercambio desigual de tipo Norte-Sur, ahora que ha crecido tanto que ya compite con el Viejo Hegemón no es así. Beijing impone una relación para nada simétrica, totalmente favorable a los intereses de sus mandarines-multimillonarios.
No son estas elucubraciones de café, los datos demuestran que incluso a las economías latinoamericanas con un mayor grado de industrialización, como la Argentina, la relación con China ha tendido a re-primarizarlas. Argentina, que en los noventa exportaba a China un alto por ciento de mercancías con alto valor agregado, en el periodo 2010-2014 exportó hacia allí en lo principal petróleo crudo y granos de soya sin transformar, para un 83% de esos envíos, mientras que en lo restante más del 50% fue aceite de soya.
Venezuela, por otra parte, ilustra de manera ideal el surgimiento de la nueva élite, de la oligarquía del nuevo siglo latinoamericano. Esta ha surgido a resultas de las facilidades que para el robo de cuello blanco, ha traído el que el estado venezolano administre las ingentes cantidades de dinero que deja la venta del petróleo en un proyecto redistribucionista alucinante y descentralizado. Los pantagruélicos programas redistribucionistas del Chavismo, incoherentes, desorganizados e imposibles de someter a algún control, en una nación en que como en cualquier otra de la región la ciudadanía posee una cuestionable cultura cívica, y predomina una visión popular del puesto público como de una finca a explotar económicamente, han conducido a increíbles niveles de corrupción en un estado de siempre muy débil. De esa explotación del cargo público, o político, ha surgido esta nueva oligarquía, que si grita a voz en cuello con Maduro que la anterior entregaba sus países a Washington, ya no puede negar que ella hace lo mismo con Beijing, y en menor medida con Moscú. Capital contemporánea de un derecha que recuerda.
Hasta ahora, parece la gente explota lo mismo bajo los gobiernos de derecha que de izquierda y puede que ninguno de los dos modelos propuestos por los bandos políticos lleven a ninguna parte. Que ni el utopismo mercadolátrico de las derechas, ahora entreverado con los famosos temas de Dios, Familia, Patria… Milicos, ni el redistribucionismo, que a la larga solo los convertirá en los nuevos siervos de la gleba de una nueva oligarquía con sus amos en Beijing y Moscú, ofrecen soluciones ya no a futuro, sino del ahora.
¿Qué hacer entonces?
Es evidente, en primer lugar, que los problemas del Hombre ya no pueden resolverse en el marco de limitados espacios nacionales, y ni tan siquiera regionales.
Por otra parte, la solución global no puede provenir originalmente de Latinoamérica, porque simplemente la cultura que aquí predomina no se presta para sustentar las sociedades democráticas, con un alto grado de complejidad, diversidad, y a la vez de orden, que demandan los desafíos de un futuro que no consista en el regreso a las formas autocráticas, sustentadas sobre castas, que predominaron antes de la llegada al Capitalismo; formas de las cuales las élites de Beijing y Moscú son sin duda sus abanderados actuales.
Se trata de superar al Capitalismo, no de regresar a cierta imaginada Arcadia floreciente anterior al mismo; algo que si bien tenían muy claro Marx y Engels en su Manifiesto Comunista de 1848, a sus supuestos sucesores más “ortodoxos” no parece que hicieron mucho caso. De adaptar al Capitalismo a los nuevos tiempos de apiñamiento global, de convertirlo en una democracia social a la nórdica, para facilitar la más democrática convivencia posible en las nuevas condiciones de la Humanidad cuando se han alcanzado los límites del planeta, a la vez que para permitir la concentración de recursos imprescindibles a la conquista del espacio extra planetario cercano. Conquista que muy probablemente, al aumentar el espacio vital humano como Colón el europeo en 1492, permita el regreso de los mercados desregulados que hoy son simplemente imposibles.
El impulso global solo puede venir por tanto de sociedades más avanzadas culturalmente.
En este sentido, el cambio generacional en los EEUU, en que las nuevas generaciones prefieren la Democracia Social al Capitalismo desregulado, el cual hace ya mucho solo existe en la cabeza de los muchos a quienes las corporaciones engañan con los embelecos de sus intelectuales de plantilla, nos anuncia un cambio radical en este mundo: Washington podría estar por convertirse en el centro de un nuevo Consenso, no ya basado en un neoliberalismo que no pasa de una utopía al presente, sino en el de las democracias sociales basadas primariamente más que en los inexistentes mercados de competencia perfecta, en el respeto de los Derechos Humanos, y en la apuesta al progreso humano como extensión constante de las fronteras de lo humano.
Las verdaderas fuerzas progresistas en Latinoamérica, que nada tienen que ver con los autoritarismos castrista, chavista o peronista, deben entender que deben aproximarse a las nuevas fuerzas que surgen en los EEUU. Como AMLO deben insistir en proponer un nuevo tipo de relación a Washington, que si bien ahora no puede funcionar por haberse convertido la Casa Blanca en el hogar de un Payaso, Míster Donald Clown, encontrará oídos receptivos cuando las nuevas generaciones de aquel país accedan más y más a las posiciones claves de gobierno. Los Nuevos EEUU, en que predominara la cultura política de Vermont y no la Texas, necesitaran un área de seguridad en este hemisferio, a la cual tanto por la naturaleza de su opción democrática, tanto como por su incapacidad para imponerle un monopolio total, se verán obligados a ayudar en su avance, tanto cultural como material.
En esa situación, por cierto, ninguna otra nación del Hemisferio puede ser más favorecida que Cuba.
Sin dudas hay más posibilidades de futuro en el nuevo Occidente que se perfila ante el desafío de los nuevos poderes globales, y ante el de la limitación planetaria, que en las cúpulas doradas de los nuevos Zares, o en los Imperios Celestiales de los Mandarines, dizque comunistas. Allí solo reinan las fuerzas más anti-progresistas y enemigas de la gran aventura iniciada por el hombre a fines del siglo XVIII.

Un Comentario

  • Hayes Martinez

    José Gabriel, gracias por su texto.
    Me gustaría comentarle que la competencia perfecta es un supuesto metodológico. Una de las ideas que contiene, es que los productores no tienen ganacias. Tal vez, està trastocando competencia perfecta con libre mercado.

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