Teoría

Democratización

Apuntes para una teoría de la democracia popular (I)

Por:Diego Conno

Primera proposición. La democracia no es solo un régimen político. La democracia es fundamentalmente una forma de vida. Por ello supone también una ética, una estética y una erótica. Como ha sabido decir Diego Tatián, la democracia es una forma de sociedad que activa declaraciones de igual-libertad y un régimen político que realiza esas declaraciones en instituciones hospitalarias a la novedad humana.
Segunda proposición. La democracia conlleva un exceso irreductible. Hay en la democracia algo que es indomesticable, por la cual no se deja reducir a las formas de la ley y el derecho sino que muchas veces la excede. Exceso de lo político frente a lo jurídico, exceso de la justicia frente a lo legal. La democracia es portadora de un escándalo. ¿Cuál es ese escándalo democrático? Para que la democracia pueda seguir existiendo debe ir más allá de sí misma, expandiendo sus límites institucionales, extendiendo el horizonte de igual-libertad, ampliando los límites del demos. Llamémosle a esto producción de nuevas formas de “invención democrática”. Desde esta perspectiva, las políticas de inclusión, tan importantes y necesarias en contextos de desigualdad se vuelven, sin embargo, insuficientes. Ciertamente. inclusión es una palabra equívoca, que no refleja del todo, o que tiene ciertos límites al momento de pensar efectivamente la ampliación del demos. Las políticas de inclusión no pueden ser el único propósito de la democracia, al menos no de una política de democratización de la democracia o de una democracia popular. La política democrática tiene que ocuparse de quienes deben aparecer como “pueblo”, de quiénes cuentan como pueblo y quiénes no. Una política verdaderamente democrática no puede reducirse a la inclusión vía el reconocimiento de cualquier persona en términos de igualdad, sino más bien a la posibilidad de modificar precisamente las fronteras que establecen la relación entre lo reconocible y lo no reconocible. Así, la democratización de la democracia es irreductible al par inclusión-exclusión, debe poder transformar los marcos ontológicos, epistemológicos e institucionales que hacen posible que alguien pueda aparecer como parte del pueblo. Esto implicaría, en primer lugar, sostener la igualdad como principio. Y, en segundo lugar, no hacer del pueblo una entidad ya definida de antemano, tal como se desprende de gran parte de las teorías de la democracia liberal. Antes bien, la política democrática debe tener como tarea la construcción del pueblo como un campo abierto de elaboraciones múltiples.
Tercera proposición. La democracia es una forma de sociedad que se caracteriza por la pérdida de los referentes de certeza y por el espacio del poder como lugar vacío. Este importante señalamiento constituye, según Lefort, la naturaleza misma de la democracia moderna. Como consecuencia de la “revolución democrática” se produce una transformación de la sociedad que es de orden simbólica, y que ha implicado a su vez una nueva forma de institución de lo social. A diferencia de las sociedades del Antiguo Régimen, donde el poder estaba incorporado en la figura del príncipe que era el representante de Dios en la tierra, la sociedad democrática introduce una diferencia radical mediante la cual la escena del poder pasa a ser un lugar vacío y desaparece a su vez la referencia a un garante trascendente, y por lo tanto, la representación de una unidad sustancial de la sociedad. Como consecuencia de esto se produce una radical indeterminación entre las esferas del poder, del saber y de la ley, cuyos fundamentos ya no están asegurados. La democracia es, por este motivo, la única forma de sociedad que se funda en la ausencia de fundamentos. Que la democracia no se funde en un principio externo o trascendente, sea este la naturaleza, la ley o Dios significa que su naturaleza es anárquica. La democracia conlleva pues, una especie de “principio de anarquía”. En la democracia todo está sujeto a polémica, todo puede ser cuestionado. Si no hay una verdad, si todo hecho está sujeto a interpretaciones, el conflicto no es un accidente que se puede eliminar, no es lo otro de política, por el contrario: el conflicto emerge como constitutivo de lo político. De ahí que la democracia sea considerada el régimen filosófico por excelencia. Esta afinidad entre filosofía y democracia devuelve a la filosofía su lugar profano. La filosofía así entendida no es una disciplina académica, un campo especializado o una actividad de filósofos profesionales. La filosofía es una práctica teórica liberada al uso de cualquiera.
La aparición de este nuevo marco simbólico junto a la imposibilidad de proporcionar una garantía última o una legitimación definitiva constituyen dos aspectos centrales para una democratización de la democrática, y para lo que aquí estamos intentando mentar en torno a la idea de una democracia popular. Lefort aludió, para caracterizar este elemento constitutivo de la democracia, a la bellísima expresión “democracia salvaje”. Una democracia no domesticada ni domesticable, cuyo principio es anárquico en sentido fuerte: sin orden, sin fundamento, sin arkhé. Y cuyo sentido está dado por la ampliación permanente de derechos y por la puesta en cuestión permanente de la escena del poder. Por lo tanto, la única posibilidad de que haya verdadera democracia es que existan proyectos políticos realmente alternativos. Si no hay proyectos políticos que confronten, no hay verdadera democracia. Ni siquiera hay política en sentido estricto. Hay una especie de forma pos-democrática y pos-política que es propia de la gubernamentalidad neoliberal.
Cuarta proposición. La democratización de la democracia precisa de un espacio público-político. El reconocimiento de la imposibilidad de sostener nuestras convicciones en un fundamento último nos conduce a la necesidad de un espacio público agonista. La democracia delimita así un espacio de controversia o de conflicto o de disenso. Este es uno de los grandes desafíos de las sociedades contemporáneas: la creación y recreación permanente de un espacio público-social, que pueda ir más allá del Estado y del mercado, donde palabras y acciones puedan desenvolverse en un marco de libertad e igualdad. Chantal Mouffe argumenta en contra de una esfera pública sostenida en una argumentación racional en la que pueda alcanzarse un consenso no coercitivo, como surge de las teorías de Habermas o Rawls. Por el contrario, la autora habla de una esfera pública vibrante de lucha agonista, donde puedan confrontarse proyectos hegemónicos alternativos. Este es el único modo de proteger una democracia plural de cualquier intento de cierre totalitario sea bajo una forma autoritaria sea bajo la forma del capital.
Si nosotros aceptamos la idea de que no hay un fundamento último de las cosas, de que todo está sujeto a interrogación, pues entonces la universidad, como también los ámbitos de la ciencia, la educación y el arte ocupan un lugar fundamental que desborda sus marcos tradicionales en su contribución a los grandes debates colectivos. Pero no en su forma más conservadora y reaccionaria, elitista podríamos decir, de legitimación científica del saber. Sino más bien en la forma de lo que siguiendo una tradición de una ilustración popular que el mismo Kant contribuyó a desarrollar podemos nombrar como un “uso público de la razón”. Un uso de la razón que, para decirlo en términos de Foucault, es irreductible a la libertad de conciencia puesto que implica un uso libre, público y universal de la razón.
Quinta proposición. La democratización de la democracia contiene una dimensión performativa. En efecto, hay un elemento de performatividad en toda política que es sumamente relevante para nuestra concepción de la democracia y para una noción íntimamente vinculada con ella que es la de ciudadanía popular. Como es sabido, la noción de performatividad proviene de la teoría de los actos de habla. Son enunciados que implican la realización simultánea de una acción. La idea de performatividad en política se vincula con una dimensión temporal, significa que las transformaciones ya vienen sucediendo en el momento en que luchamos por hacerlas realidad. Pensemos en las declaraciones de derechos, ellas tienen un carácter eminentemente performativo en la medida en que los Estados, o incluso determinados grupos políticos y sociales, se puedan apropiar de dichas declaraciones y desarrollar un conjunto de reclamos, acciones o políticas públicas conforme a ellas.
Judith Butler ha sido la teórica política contemporánea que con más insistencia se ha encargado de poner en el centro de la teoría política feminista la idea de performatividad para dar cuenta de la performatividad del género. Ahora bien: ¿Qué relación hay entre la performatividad del género y la teoría democrática? En los últimos años, Butler llevó la teoría sobre la performatividad un paso más allá en relación a la teoría del discurso, para pensar justamente la performatividad de los cuerpos. Los cuerpos reunidos en asamblea ponen en juego significantes políticos que van más allá del discurso y que son centrales para la comprensión del pueblo como sujeto de la política democrática. Los cuerpos que se alían en las calles en reclamo o apoyo de la institución de determinados derechos producen una subjetividad popular en acto, que no solo reelaboran los marcos de aparición del espacio público sino que constituyen un nuevo cuerpo colectivo: el pueblo.
Sexta proposición. La democratización de la democracia es el nombre de una práctica social de transformación permanente. En tanto práctica la democracia supone o implica la posibilidad y el ejercicio o la acción de democratizar. Esto es, de transformar las instituciones y las relaciones de poder a través de la creación de espacios o zonas de igualdad. De ahí que haya un rasgo constituyente, o un entrelazamiento entre democracia y poder constituyente.
Las dos perspectivas clásicas del poder constituyente -la de la ciencia jurídica y la del constitucionalismo- deben ser puestas en cuestión. Desde la perspectiva de la ciencia jurídica, el poder constituyente es definido como la fuente de producción de normas constitucionales, como el poder de hacer una constitución o de instaurar un nuevo ordenamiento jurídico. Es el poder de regular las relaciones jurídicas al interior de una comunidad o de un Estado. Desde el punto de vista del constitucionalismo, el poder constituyente aparece como el límite de los actos de gobierno. El constitucionalismo es la teoría y práctica del gobierno limitado. Desde la perspectiva constitucionalista, el poder constituyente debe legitimarse en un procedimiento legal.
En este caso se trata de contraponer una perspectiva crítica, que surja de la imbricación entre democracia y poder constituyente. Así, el poder constituyente queda unido a la idea de democratización de la democracia. Desde esta perspectiva, la democracia en tanto poder constituyente adquiere una función ontológica de producción de un nuevo ser, de construcción de un nuevo mundo. Digamos que en el contexto actual la democracia no puede no ser revolucionaria. Y sin embargo, decir esto requiere un comentario especial. Y es que toda transformación democrática de un sistema político o de un sistema económico no puede producirse por procedimientos o medios que no sean democráticos. Un movimiento o una fuerza política solo puede democratizar una sociedad si ese movimiento o esa fuerza es más democrático que el sistema al cual se opone. El poder constituyente es así el verdadero sujeto de la democracia.
Séptima proposición. Una política de democratización de la democracia debe tener como principio la imposible realización de la democracia, o que una verdadera democracia se encuentra siempre por venir. Hay en la democracia algo que es del orden de lo ilimitado, sin límite, sin fin. Una especie de futuralidad de los derechos que hace de la democracia un proceso de expansión infinita, siempre inacabado, precario, incompleto. Esta incompletitud no es un límite de la democracia, una falta o una falla a resolver, por el contrario es una dimensión constitutiva; su carácter precario la hace abrirse a la contingencia de sus fundamentos. Digamos que aquí reaparece el vínculo secreto que la liga con aquello que Marx nombraba con la palabra “comunismo”. El comunismo, como ya hemos anticipado, como el movimiento expansivo de la democracia. En términos temporales, porque no sabemos qué derechos nuevos debamos proclamar en un futuro; en términos espaciales puesto que la democracia requiere también una “hospitalidad” hacia los recién llegados, hacia los nuevos seres que van llegando al mundo.
Octava proposición. La democratización de la democracia se vincula de manera ineludible a una dimensión de lo común. Un común que no significa una cosa común, tampoco una esencia, una sustancia o una naturaleza de lo común, sino más bien una construcción política de lo común. Decir que lo común es político alude a un modo de concebir la política en términos de una acción en común. Significa concebir la institución de los poderes en la sociedad en términos de autogobierno del pueblo. Lo común así entendido es un principio en el sentido clásico de arkhé, comienzo pero también fundamento que orienta o rige la sociedad. Decimos autogobierno y no autogestión. Institución democrática de la política, la economía, la cultura, la sociedad. Por eso toda política de lo común debe ser siempre transversal allí donde los hombres actúan, viven y trabajan. De modo que hablar de la educación o de la universidad como un común es ir un paso más allá de la gramática de los derechos. Esto es, no como una cosa o un bien, sino como principio que rige la sociedad en su modo de auto-institución. Común también como laboratorio de otros comunes.
Novena proposición. Si la democracia mantiene una relación íntima con lo común, ésta debe por lo tanto tener una relación crítica con el derecho de propiedad. No puede haber democracia de los comunes o institución de lo común bajo la hegemonía del derecho de propiedad. Esto no significa abolir el derecho de propiedad privada, sino subordinar el derecho de propiedad, es decir, el dominium absoluto del propietario sobre la tierra, el capital o la patente, al derecho de uso de lo común. Esto hace que pierda su carácter absoluto. Tampoco es la ampliación del derecho de propiedad sino la oposición al derecho de propiedad sea privado o estatal. El uso no es un derecho sino algo exterior al derecho. Para decirlo de otra manera, la democratización de la democracia debe sostenerse en una filosofía y en una política de los derechos, pero a su vez debe poder ir “más allá” del lenguaje los derechos hacia la posibilidad de transformación social.
Décima proposición. En el momento actual de disputa entre democracia y neoliberalismo, una teoría política democrática popular no puede ser un límite normativo a la acción sino más bien una praxis, una fuerza de pensamiento y acción que genere formas más libres e igualitarias de la vida en común.

Publicado originalmente en Relámpagos

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto:
Ir a la barra de herramientas