Teoría

Democratización

Apuntes para una teoría de la democracia popular (II)

Por:Diego Conno
1. ¿Qué es un pueblo? Pueblo es el nombre de uno de los modos de la subjetivación política, especialmente de la política democrática. Diremos, a su vez, que “lo popular” es, al mismo tiempo, un adjetivo y un sustantivo. Un adjetivo en el sentido que adjetiva, califica o caracteriza una forma de Estado o de gobierno. Es decir, que le da forma al Estado o al gobierno en la medida que orienta o establece la forma y sus fines u objetivos. Un sustantivo porque el carácter popular de un gobierno depende de quienes lleven adelante sus políticas y de a quiénes van dirigidas o a quiénes benefician. Ahora bien: esto nos lleva a una segunda cuestión ¿Quién es el pueblo de un gobierno popular?
Como sabemos, el concepto de pueblo es portador de una cierta ambigüedad. Pueblo designa muchas cosas a la vez. Por un lado, la palabra pueblo nombra una parte de la sociedad, la plebe, los pobres, la parte baja. En efecto, esta idea del pueblo como parte recorre la historia de nuestra tradición de pensamiento político que va de Platón a Maquiavelo. Consideremos la teoría política platónica sobre el mejor régimen. Para Platón el pueblo lo constituyen los trabajadores, artesanos, comerciantes, es decir, aquellos en los que, según Platón, prima la parte más baja del alma, la concupiscencia o el deseo de satisfacer necesidades básicas, y cuya virtud es la templanza o moderación de los apetitos. Sabemos que para Platón un gobierno del pueblo era una mala forma de gobierno, porque implicaba el gobierno de cualquiera. Aristóteles también concibe al pueblo como una parte -los pobres o libres- y a la democracia como el gobierno de esa parte que en general son los muchos. Pero también para Aristóteles la democracia era una forma mala o desviada de gobierno porque implicaba el gobierno de una parte para el bien de esa misma parte y no de todos.
Esta idea del pueblo como parte, decía, llega al menos hasta el renacimiento con Maquiavelo. Consideremos ahora a Maquiavelo: el pueblo es una de las dos partes, humores o deseos, en que se divide toda ciudad: los grandes desean dominar, el pueblo desea no ser dominado y ser libre. Lo interesante de Maquiavelo, para una reflexión como la que a nosotros aquí nos interesa, es que el pueblo no es tanto una entidad reconocible, una identidad o un grupo social delimitado. El pueblo no es una categoría sociológica sino más bien política. El pueblo es el nombre de un deseo: “deseo de no ser dominado y ser libre”. En un pasaje esencial de su obra sobre El Príncipe, se lee: “los grandes desean tener, el pueblo desea ser”.
Con la entrada en los tiempos modernos, a partir de las teorías del contrato social, la palabra pueblo deja de designar solo una parte de la ciudad y pasa a identificarse con todo el cuerpo político, y por lo tanto, establece una relación indisoluble con el Estado-nación. De ahí que el pueblo aparezca como una totalidad homogénea. Tanto para la tradición moderna de la democracia como para la tradición liberal, el pueblo es identificado con la totalidad de la nación.
Digamos que a partir de la modernidad estás dos ideas, el pueblo como parte y el pueblo como todo coexisten, y de hecho su tensión va a constituir una dimensión central de las gramáticas políticas, y que han tenido recientemente en la teoría del populismo de Ernesto Laclau un momento fundamental. Política es, de alguna manera, la representación de una parte que quiere ser todo, o en términos de la teoría del populismo, una plebs que quiere ser populus, aunque ésta siempre sea una relación fallida.
Ahora bien: hay otra valencia del término pueblo, un concepto de pueblo que podemos encontrar, por ejemplo, al interior de la “gran tradición republicana”, que es la idea del pueblo como pluralidad, como heterogeneidad o como composición de múltiples partes. Esto es, un concepto de pueblo internamente dividido, conflictivo, heterogéneo. Quisiera pasar entonces de esta idea de pueblo conflictivo hacia la comprensión de la naturaleza conflictiva de la democracia que aquí quisiéramos pensar en términos de democratización como una dimensión o elemento fundamental para la construcción de una democracia popular.
2. El término democracia está cargado de tradición. Desde sus orígenes en la Antigua Grecia el concepto de democracia ha sido objeto de múltiples transformaciones no del todo compatibles entre sí. En la actualidad existe una variedad de adjetivaciones, “democracia moderna”, “democracia representativa”, “democracia participativa”, “democracia delegativa”, que dan cuenta de esta diversidad de conceptualizaciones y de usos. Sin embargo, a pesar de esta pluralidad de significaciones es posible delimitar, al interior de nuestra tradición de pensamiento político, dos formas predominantes de comprender la democracia. Por un lado, la democracia ha estado asociada a la idea de una forma de constitución del cuerpo político, es decir, a un modo de organizar las relaciones de poder y jerarquía al interior de una sociedad. Por otro lado, la democracia ha estado vinculada a la idea de una técnica de gobierno. Estas dos ideas –la democracia como forma de constitución y la democracia como técnica de gobierno- podrían situarse al interior de los dos grandes paradigmas de pensamiento político: el paradigma político-jurídico y el paradigma económico-gubernamental. Esta ambigüedad presente ya en el mundo griego es inherente a nuestro concepto de democracia y recorre toda la historia del pensamiento político de Occidente. En la modernidad, se expresa en la concepción de la democracia como “forma-Estado” o en la idea de soberanía popular por un lado, y en la democracia como “régimen político” por otro. Quizás sea en el Contrato Social de Jean-Jacques Rousseau donde ambigüedad alcance su formulación más paradigmática, cuando el filósofo que antecede a la revolución francesa establece la clásica separación entre soberanía y gobierno, entre la voluntad general y el poder ejecutivo. Desde luego esto ha tenido importantes efectos sobre nuestras formas de pensamiento y práctica política. La diferencia contemporánea entre legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio encuentra su raíz en esta separación. Ahora bien: ¿estas definiciones agotan todos los sentidos que porta el concepto de democracia? Por su puesto esta no es una cuestión menor, resulta de central importancia para la teoría política pero también para el debate público, y por lo tanto constituye, una de las tareas fundamentales de la democracia por venir.
3. La concepción de la democracia como proceso de democratización no puede ser un ejercicio ex nihilo. De hecho, el término ha sido recientemente utilizado por teóricos bien distintos como Anthony Giddens, Ulrich Beck o Boaventura de Sousa Santos. En la historia argentina y latinoamericana se encuentra asociada a la emergencia de movimientos nacional-populares a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI. El término democratización tiene, sin embargo, un origen más antiguo que se vincula con el origen mismo del concepto de ciudadanía. En el terreno de la teoría política moderna la tradición de realismo político que va de Maquiavelo a Marx pasando por Spinoza ha contribuido a su elaboración. En efecto, en la constelación que estos autores abren hay un conjunto de elementos que nos permiten avanzar hacia una teorización de la democracia en términos de democratización. Si bien Maquiavelo no es partidario de la democracia sino de la república hay elementos de su teoría política que constituyen un valioso aporte a una teoría de la democracia tal como la estamos mentando, por ejemplo, cuando concibe al conflicto como constitutivo de lo político, o cuando entiende que el pueblo es el sujeto central del campo político, y lo es precisamente porque -como ya dijimos-, al tener un deseo de no ser dominado y ser libre es el mejor garante de la libertad. También Spinoza resulta un autor clave para un otro concepto de democracia en el cual adquiere una dimensión fundamental la cuestión de los derechos. Spinoza piensa la institución del campo político a partir de una dinámica expansión y acumulación de derechos que lo lleva a comprender la democracia como el régimen más conforme a la naturaleza de lo político, y por lo tanto como un proceso -desde luego siempre incompleto e inacabado y por eso mismo por venir- de expansión infinita de derechos. En su Tratado Político Spinoza comprende la democracia no como un régimen particular sino más bien como el movimiento por el cual se le otorga poder a la multitud que perturba los regímenes monárquicos o aristocráticos. O también en Spinoza la democracia es definida como la asociación general de los hombres que poseen un derecho absoluto a todo. Finalmente Marx. En sus textos de juventud escribe que “la democracia es la verdad de todas las constituciones”. Y más tarde define al comunismo no solo como régimen o modo de producción sino como el movimiento que destruye el statu quo, como una fuerza que transforma el orden de las cosas, o como una potencia que en su producción de lo común modifica el orden actual de dominación. Estas tres ideas que se desprenden de estos tres autores –conflicto, derechos, comunes- son centrales para la comprensión de la democracia como democratización.
Avancemos un paso más. ¿Qué significa democratización? Significa por lo menos dos cosas íntimamente relacionadas. Por un lado, implica concebir la democracia como un espacio y un tiempo de institución permanente de derechos, y por lo tanto como modo de producción de nuevo sujetos políticos, esto es, de ampliación del demos. Por otro lado, la palabra democratización alude también a la producción de comunidad, esto es, a la producción de comunes o de zonas de igualdad, que no siempre se reducen al ámbito de los derechos, sino que muchas veces lo exceden.
4. Quisiera demorarme entonces en una serie de ideas-fuerza, un conjunto de tesis o proposiciones de fe democráticas que entendemos aquí como tarea para una democracia popular.

Publicado originalmente en Relámpagos

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