Teoría

La inercia de la palabra

Por: Carlos Ávila Villamar

Los conceptos son abstracciones de la realidad sensorial, cosas separadas que a golpe de costumbre se identifican, es decir, consiguen pensarse como una sola. El gavilán, una especie de pájaro, es a la vez la mancha que se ve en el cielo, la sombra inseparable que recorre la planicie, el grito que lanza antes de atacar a su presa, el dibujo desteñido de una enciclopedia, el gavilán engendrado por el sueño, la palabra misma, que no es más que una sucesión de gruñidos humanos, nuestro pensamiento identifica bajo el nombre la percepción de incontables fragmentos de realidad que entre más uno lo piensa menos relación guardan entre sí.

Y eso que la palabra gavilán es lo que llamamos un sustantivo concreto, los abstractos constituyen abstracciones de abstracciones, entes cuya existencia se deduce de nuestro conocimiento sensorial y perceptivo. Un sustantivo abstracto es producto de la sustracción, así como uno concreto lo es de la suma de elementos dispares. La palabra invierno identifica bajo un mismo nombre una serie de causas misteriosas, la del descenso de la temperatura, la de la duración excesiva de las noches, la de la hibernación de ciertos animales. Los sustantivos abstractos no explican en sí la realidad, pero al unificar preguntas implícitas en fragmentos de la misma, contribuyen, si bien no a un mejor entendimiento, pues a un mejor orden interpretativo. La clasificación es el primer conocimiento, y el lenguaje es en buena medida clasificación.

La palabra invierno propone una causa raíz para una serie de fenómenos que suceden una vez al año. Un nuevo sustantivo abstracto equivale a encontrar un nuevo orden en las cosas, y mientras persista y persista en su sentido original, en algún punto estará perpetuando una forma de pensar. El lenguaje que usamos nos fue entregado sin nuestro consentimiento. La mayoría de las grandes lenguas del planeta no son en el fondo modos distintos de pensar, sino modos distintos de llamar a las mismas cosas: puesto que la realidad de los franceses no difiere tanto de la de los rusos o los vietnamitas, no debería extrañarnos que la diferencia entre los lenguajes de estos pueblos sea superficial, en su mayor parte. Para probarlo basta encontrar con tanta facilidad el homólogo de un vocablo francés dentro del ruso o el vietnamita.

No debe por esto pensar el lector que instintivamente construimos siempre los mismos conceptos abstractos o la misma lógica gramatical, como propuso con valentía Chomsky: lo que sucede es que las grandes lenguas forman parte ya en nuestros días de una misma experiencia civilizatoria, para encontrar lo divergente es necesario remontarse a poblaciones en extremo aisladas de la misma. Hay pueblos apartados en nuestro planeta que no tienen conceptos que nos parecen imprescindibles, tales como la noción de derecha e izquierda, la de pasado y futuro, o la de singularidad y pluralidad. Hasta épocas recientes se pensaba que el lenguaje de los piranhã carecía de números, y solo conservaba un adjetivo para expresar singularidad y otro para pluralidad. Investigaciones recientes hacen pensar que ni siquiera eso: no entienden que los forasteros tengan esas extrañas palabras que igualan frutas, objetos, personas o días, entes sin ninguna relación obvia. Como no poseen astronomía o comercio, no hay una necesidad en su vida cotidiana que demande el pensamiento de los números. Sería como si un extraño nos convidara a imaginar una palabra que identificara la suela de todos los zapatos izquierdos, o una palabra que identificara el olor de la pintura fresca con el color del mar. Incluso si conseguimos hacerlo, la olvidaríamos al día siguiente, de no encontrarle un uso.

Incontables asociaciones rebuscadas y extravagantes han atravesado la mente de los hombres, pero solo han sobrevivido aquellas que hayan sido inmortalizadas con un nombre, y que hayan conservado alguna utilidad. La herencia cultural del lenguaje constituye uno de los fenómenos más asombrosos de la especie humana. Desconozco si los sonidos que ciertos animales utilizan para comunicarse se emiten por instinto o por imitación, lo cierto es que sin duda la complejidad de las lenguas humanas hubiera costado millones y millones de años para quedar impregnada en los genes, en el instinto. Me siento tentado a imaginar una humanidad en la que los niños nacieran con el conocimiento de las palabras, y que por tanto las mismas constituyeran objetos inmutables y sagrados. Tal vez fuera esta una limitante y no una ventaja para la especie, pero confieso que carezco de la capacidad necesaria para emitir un criterio de peso al respecto. Nuestra humanidad habla por imitación, y por tanto piensa fundamentalmente por imitación. Así como las hormigas caminan en línea recta a causa del rastro de olor que dejan las exploradoras, la humanidad piensa en base a las abstracciones de nuestros antepasados. Pensar, de momento, nos parece imposible.

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